Carlos Sisí - Hades Nebula

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Tras sobrevivir a la devastadora pandemia que ha asolado el mundo y con la esperanza de ahondar en el misterio del Necrosum, el pequeño grupo de supervivientes de Carranque llega finalmente a la Alhambra de Granada, donde el aparato militar ha instalado uno de los últimos bastiones de resistencia de la Humanidad. Sin embargo, una vez allí descubrirán que las cosas no son cómo les habían prometido y los protagonistas deberán afrontar una realidad aún peor que todo lo que habían conocido hasta entonces.
El autor se sirve de los muertos vivientes para describir situaciones de extrema dureza y dramatismo, explorando la complejidad del ser humano cuando se encuentra cara a cara con el terror en un mundo manifiestamente hostil, y lanzando al lector, en definitiva, a una montaña rusa de sensaciones que desemboca en la conclusión final.

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– ¡Gaby! -llamó.

Susana, José y Gabriel llegaron hasta ellos, frenando los caballos a pocos metros. Alba avanzó un poco más, dando pequeños saltos, con los brazos extendidos. Su sonrisa era una oda a la vida.

– ¡Hola, chulita ! -saludó Gabriel.

Descendieron de los caballos y se saludaron con fuertes abrazos. Susana se había cortado el pelo, pero había ganado algunos kilos y el corte le favorecía.

– ¡Eh! -exclamó Isabel-. ¡Te queda bien!

– ¡Gracias! -dijo Susana, sonriendo-. ¿Qué tal estáis?

– ¡Hola, Susi!

– ¡Hola, pequeña! Jesús, ¡cómo te ha crecido el pelo!

Alba rió.

– Y qué mojada estás… ¿has estado nadando?

Alba asintió enérgicamente.

– Gaby, ¿vas a dar de beber a los caballos? -preguntó.

– Claro… -dijo Gabriel-. Venga, llévame.

Salió corriendo de vuelta al río, describiendo pequeños saltos por el camino.

– Ahora venimos -dijo Gabriel, con una sonrisa.

Había cogido las bridas de los tres caballos y se alejó, tirando de ellos. Isabel se quedó mirándole, fascinada con lo mucho que había crecido en el último año. Su rostro se había alargado y había dado un buen estirón. No le cabía duda de que el pequeño Gaby acabaría convirtiéndose en un joven muy apuesto.

– ¿Y bien? -preguntó entonces, volviéndose a sus amigos.

– Y bien… qué -dijo Susana

– Pues ¿qué ha dicho el médico?

Susana rió.

– Lo sé… estaba quedándome contigo.

Isabel la miraba, expectante.

– Pues… ha dicho… -continuó-, ha dicho que más o menos de dos meses y medio.

Isabel soltó un pequeño grito de alegría y se lanzó hacia ella, dándole un fuerte abrazo.

– ¡Oh, Dios mío! ¡Enhorabuena!

– ¡Gracias! -dijo Susana.

– ¡Y a ti también, padrazo! -añadió Isabel.

José tuvo que agachar la cabeza, como si hubiera tenido un súbito acceso de vergüenza. Lo cierto era que se sentía abrumado por la noticia, aunque poco a poco empezaba a asimilarla. Criar un hijo con Susana era mucho más de lo que hubiera esperado de la vida hacía no tanto tiempo.

– Desde luego siempre tuviste una puntería acojonante, pero aquí diste de verdad en el blanco, ¿eh? -añadió Isabel, y todos rieron con ganas.

– Es maravilloso… -dijo Susana.

– Claro que lo es -dijo Isabel-. Ya verás cuando se lo digamos a Alba… las niñas del colegio son todas mayores que ella. Estaba deseando tener a alguien que fuera un poco menor que ella por una vez.

Susana asintió, con la sonrisa perenne en sus labios.

– Pero vamos, he preparado algunas cosas. ¡Tendréis hambre! ¡Ahora debes cuidarte, Susi!

Se sentaron en el mantel y empezaron a picotear un poco de esto y un poco de aquello, aderezado con vino.

– ¿De dónde lo has sacado? -preguntó José-. No es fácil de conseguir, ahora que está todo tan controlado.

– Bueno, conozco gente… que conoce gente.

José asintió.

– Sí, sé cómo va eso.

– ¿Visteis a Dozer? -preguntó entonces.

– No… -respondió José, con cierta pesadumbre-. Es el encargado del Comité de Salvaguarda del Patrimonio Común y está muy liado con eso. Nos dijeron que se había ausentado un par de semanas.

– Oh, no tenía ni idea -dijo Isabel.

– Le va bien. Lo último que supe es que anda como loco detrás de Helen, aunque ya sabes cómo es ella… un poco picaflor.

Isabel rió.

– Oh, sí. Apuesto a que es eso lo que más le gusta de ella.

Susana asintió con vehemencia.

– ¡Es lo que le decía a José!

– Hmmm -añadió Isabel, intentando tragar un trozo de queso-. ¿Y Víctor?

– ¡Ah, Víctor! -soltó José. Se levantó de un salto para sacar una carpeta enorme del interior de la cazadora que llevaba puesta-. Ha terminado de montar su Crónica de los Días del Zombi. Está bastante contento. Dice que harán copias en alguna parte para distribuirlo por ahí. Pero también ha estado ocupado en otra cosa. Toma -le extendió la carpeta y se la entregó-. Dice que le eches un vistazo. Quiere que seas su lectora cero, como él lo llama. Dice que te lo debe, por todo lo que le has ayudado contándole todo lo que ocurrió.

– Y un cuerno -soltó Susana-. A mí me tuvo un mes haciéndome preguntas sobre todo el maldito asunto.

Isabel rió.

– Vaya, ¿qué es?

– No lo sé. No he tenido tiempo de echarle un vistazo.

– Bueno. Lo leeré. Empezaré esta noche, creo. Últimamente no dan nada bueno por la tele.

Rieron de nuevo.

A lo lejos, la risa desternillante de Alba les llamó la atención. A Susana no se le escapó la mirada de felicidad de Isabel.

– Os va muy bien -dijo.

– ¿A nosotras? Sí… Es una niña maravillosa.

– Gabriel también lo es -añadió José-. Me hubiera gustado conocer a sus padres. Tuvieron que ser excelentes personas.

Isabel asintió, pensativa.

– ¿Ha vuelto a…?

– ¿A tener visiones? -preguntó Isabel

Susana asintió despacio.

– No. Ninguna. Y si las ha tenido, se las calla. Pero creo que no me engaña. Está feliz. El otro día me preguntó si creía que ya era normal.

– Entiendo -susurró Susana-. Pobrecita.

– Entonces… ¿las visiones han parado? Qué curioso. Por lo que me contó Gabriel, antes era un cañón.

Permanecieron un rato en silencio, pensativos.

– A veces… -dijo José, en un tono confidencial-, a veces siento que aquí hubo algo más de lo que todos vimos.

Susana se movió incómoda en el mantel.

– Ya sé lo que piensas -dijo José-. Y quiero que quede claro que no estoy diciendo que crea que fuera así. Sólo digo que hay cosas curiosas.

– Pero ¿a qué te refieres?

– Es una gilipollez -dijo Susana

– Puede que sí, y puede que no.

– Bueno, cuéntaselo, y que juzgue ella misma.

Isabel pestañeó, confusa, con una pequeña sonrisa en sus labios pequeños.

– ¿Te acuerdas cuando estuvimos hablando con Moses una noche, en la Alhambra?

La sonrisa desapareció.

– ¿De qué?

– De los poderes de Alba. Moses dijo que había cosas que se hilaban demasiado en la serie de acontecimientos. No sé tú, pero a mí me pareció entender que insinuaba que había un motivo mucho más… elevado para todo esto. Una especie de lucha a niveles que nos vienen… demasiado grandes.

Isabel asintió.

– Hablas de Dios y de Satanás -dijo.

José se encogió de hombros.

– No sé si ésas son las figuras correctas. Ésas son las representaciones bíblicas de dos conceptos que son inherentes a nuestra existencia: el bien y el mal. Pienso en los poderes de Alba, cómo la condujeron continuamente por los caminos adecuados para la resolución de todo. Y en el padre Isidro. Tardé en enterarme de que había resucitado y vuelto a Granada. Cuando Víctor me lo contó me quedé estupefacto. ¿Cómo pudo ocurrir algo así? Y la forma en la que murió… un rayo caído del cielo, ¿qué te parece?

Isabel estaba ahora visiblemente incómoda. Susana lo notó, pero no dijo nada.

– Tenía un pararrayos en la mano -dijo.

– Como quieras, sigue siendo un Deus Ex Machina . Estuve allí y eché un vistazo, y había otros edificios más altos alrededor, como la torre del Parador. Pero el rayo cayó sobre el sacerdote, cuando estaba a punto de atravesar a Dozer. A esas alturas, Dozer era el único que llevaba el Esperantum en la sangre. Sin él, aún seguiríamos escondidos en algún agujero, con la mierda hasta el cuello, como de costumbre.

– Puede ser, pero…

– Espera, déjame terminar. Ahora me dices que los poderes de Alba han terminado. Creo que debió de coincidir más o menos con la época en que Jukkar y los otros científicos aislaron el Esperantum del cuerpo de Dozer, ¿me equivoco?

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