Cuando terminó estaba sudoroso y exhausto, los músculos parecían pulsar con vida propia y sentía retortijones en el estómago producidos por el hambre, pero aún tenía que hacer el trabajo más duro: eliminar a todos los zombis que quedaban dentro. Sentado en una de las milenarias piedras de la Alcazaba y bajo un inesperado y ardiente sol, Dozer se pasó una mano por el pelo húmedo y bufó.
Sabía que, después de la refriega de la noche anterior, la munición sería del todo insuficiente para aquella cantidad de espectros, así que tuvo otra idea. Era escalofriante, pero a esas alturas la idea surgió de forma natural y ni siquiera pensó en su atroz naturaleza. Además, resolvía dos problemas a la vez.
Fue hasta el palacio y tomó una tea ardiendo de uno de los muchos fuegos; después se acercó a uno de los zombis y prendió sus ropas. El espectro continuó andando, ignorante de que sus pantalones empezaban a llamear. El sol estaba ya alto en el cielo y hacía tiempo que había secado sus ropas, así que en poco tiempo, el fuego le envolvió casi completamente.
Dozer lo miró alejarse, hasta que se detuvo, meciéndose suavemente, y cayendo hacia delante lentamente, con las piernas extendidas.
El camino estaba marcado.
Repitió aquella operación veinte, cincuenta y hasta cien veces. El aire se llenó del desagradable olor de la carne abrasada, y cuando miró hacia atrás, vio la calle llena de pequeñas hogueras humeantes que se iban apagando poco a poco.
A las cinco de la tarde, todavía sin probar bocado ni beber un sorbo de agua, Dozer no pudo encontrar ni un solo espectro vivo al que prender fuego. Entonces tiró la tea al suelo, y regresó al Parador.
La noticia de sus trabajos dejó a todos impresionados.
– No puedo garantizar que no quede algún muerto en alguna parte -explicó-. Esos hijos de puta se habían esparcido como cucarachas en la cocina de un bareto de mala muerte. Así que sugiero que, por ahora, vayamos todos juntos. Pero he encontrado comida, grandes cantidades de comida. Deberíamos ir allí y que cada uno traiga lo que pueda cargar.
Aquellas palabras arrancaron vítores y lágrimas entre los pocos supervivientes que quedaban. Para las seis de la tarde, ya de vuelta en el Parador, todo el mundo se entregaba a la tarea de devorar las raciones del ejército. No faltó quien no pudo aguantar la abundancia de alimento en su estómago y terminó vomitando en alguna parte, pero entonces abría otro paquete y volvía a comer.
Fue un banquete digno de reyes, dadas las circunstancias, y muchos de aquellos hombres y mujeres recordarían aquellas salsas ácidas y pesadas y aquellas raciones aborrecibles como uno de los más grandes eventos de toda su vida.
Los días pasaron sin que las cosas cambiaran mucho en la fortaleza árabe. Una de las tareas más desagradables a las que se enfrentaron fue retirar, uno por uno, todos los cadáveres que aún quedaban esparcidos por la Alhambra, en particular en el interior del Parador. Como hicieron ya varias veces en el pasado, éstos se arrojaron en fosas donde se les prendía fuego. El olor desagradable y penetrante de la carne quemada les acompañó en todo momento.
A José, aquellos cúmulos humeantes le trajeron recuerdos de su primera gran victoria en Carranque. Cómo lamentaba no haber ajusticiado al sacerdote cuando pudieron haberlo hecho; Moses seguiría vivo, al menos.
– ¿Te acuerdas cuando Juan salió de Carranque y se paró entre los zombis, completamente desnudo?
Dozer rió.
– Yo no lo vi… estaba en la enfermería. Pero me lo contaron -exclamó, con los ojos llenos de nostalgia-. No sé qué le dio. ¿Qué dijo, cuando lo viste allí?
– ¿Qué dijo? -José soltó una carcajada-. Creía que lo sabías. Me miró muy serio y dijo: «José. Estoy desnudo».
Dozer explotó. Su risa era alta y alegre.
– No me jodas… qué cabronazo…
– Sí… -dijo José, con ojos soñadores.
En realidad no había habido ni un solo cadáver que no hubiera arrastrado hasta las fosas al que no hubiera mirado con cierto temor, esperando reconocer en él a Aranda. Pero su cuerpo no había aparecido todavía, y probablemente ya nunca lo haría. Pensaba que las llamas debían haber acabado con él, y tal vez era mejor así.
Una de las veces, hablaron de las opciones que tenían. La Alhambra no estaba mal, ahora que tenían comida y agua abundante. Dozer había vuelto a componer las viejas unidades del ejército, los generadores, y los habían conectado otra vez. Terminaron por mudarse a la parte occidental del palacio, que aún permanecía intacta, y la moral subió como la espuma. La gente empezaba a encontrarse mejor, gracias a los refuerzos vitamínicos y a la alimentación, y Jukkar recuperó la conciencia, aunque había perdido mucho peso y se sentía débil. A veces canturreaba en finlandés y se quedaba dormido en medio del canto. Pero comía otra vez, y todos sabían que era cuestión de días que volviera a caminar entre ellos.
En cuanto a Isabel, se había convertido en una pálida sombra de lo que fue. Susana sabía que se esforzaba todo lo que podía por parecer todavía alegre, y pasaba todo su tiempo atendiendo a Alba, ya que Gabriel andaba con «los hombres», como decía la pequeña. Pero por las noches la escuchaba llorar en su cama; y cuando se quedaba en una esquina, pensativa y alejada de todos, sus facciones cambiaban y reflejaban una profunda tristeza, tan honda, que se le hacía insoportable mirarla. Pero la dejaba estar. Sabía que ciertas heridas sólo las cura el tiempo.
Una noche, Dozer llegó al gran salón que usaban para comer con los ojos llenos de entusiasmo.
– ¿Qué pasa, tío?
– ¡La radio! -exclamó-. ¡He conseguido que funcione!
– ¿La radio? -preguntó José. Habían visto una en una de las salas del palacio, pero nunca consiguieron arrancarle más que estática, fría y muerta como casi todo en el mundo que habían heredado-. Bueno… ¿y qué hay?
– ¡He contactado con gente, gente de Lérida!
Sombra dio un respingo. Demasiado bien recordaba el fatídico día en que él, Aranda y Jukkar habían contactado con el teniente Romero en los estudios de Canal Sur de Málaga, usando la radio.
– ¡Gente de Lérida! -dijo alguien.
La noticia causó un gran revuelo en el comedor. Todo el mundo se acercó a Dozer para escuchar lo que tenía que decir.
Resultó que en Lérida habían conseguido establecer una próspera comunidad; gente venida de provincias del norte y del sur de Francia se habían hecho fuertes en Térmens, una pequeña población al norte de Lérida, liderados por un tal general Edgardo. Decían que tenían otra vez electricidad, aprovechando la energía hidráulica que obtenían del río Segre, y que comenzaban a organizarse. Al parecer, conocían la base Orestes, y se quedaron muy sorprendidos de saber que toda la fuerza militar de la zona había quedado diezmada. Dozer les contó la historia del padre Isidro, del Necrosum y de su particular condición, y esa noticia les había dejado impresionados.
– Dicen que no han oído hablar de nada similar en todo este tiempo -terminó.
– Guau, tío… -comentó José.
Tras un intenso silencio, todo el mundo empezó a hablar a la vez.
A Sombra le zumbaban los oídos. Aquello era tan similar a lo que habían vivido en Canal Sur que no pudo más que levantarse de su silla y expresar sus temores. Casi todo el mundo estuvo de acuerdo. Los más ancianos decían que ya habían tenido bastante con la experiencia con el ejército, que no querían trasladarse a ningún sitio nuevo.
– ¡Basta! -explotó Susana, dando un golpe sobre la mesa. El silencio cayó sobre la sala.
– Todo lo que quería Aranda era «exportar» de alguna manera lo que Rodríguez descubrió con tanto esfuerzo -continuó diciendo-. No se trata de nosotros. No se trata de que estemos bien, de que tengamos latas de albóndigas y agua abundante, o de que Dozer pueda conseguir más alimentos cuando éstos se nos acaben. Dozer puede ir a Granada y traernos unos columpios, si queremos, pero… ¿es ésa la existencia que queremos llevar, cuando sabemos que ahí fuera hay gente que tiene que enfrentarse a los muertos vivientes todos los malditos días? Hay gente que muere mientras aquí pensamos en instalar una barbacoa para el verano o llenar la piscina del Parador. ¿Es así como vamos a vivir hasta el fin de nuestros días?
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