Carlos Sisí - Necrópolis

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El campamento de Carranque vive momentos dulces. Tras haber sobrevivido el ataque del Padre Isidro y sus enloquecedoras huestes de caminantes, los supervivientes se entregan a ensoñaciones y esperanzas de futuro propiciadas por los descubrimientos del doctor Rodríguez. Juan Aranda, su líder, decide utilizar su nueva condición para explorar la ciudad en busca de otras personas que continúen todavía con vida. Sin embargo, han pasado ya tres meses desde que se iniciara la pandemia zombi que asoló el planeta y sobrevivir es cada día más duro. Su periplo personal, no exento de vicisitudes, le aleja de Carranque, donde mientras tanto inciden nefastos designios que amenazan con convertirlo en una ciudad de muertos: una necrópolis.

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Pero mucho antes de que empezase a perder intensidad, Reza se activó como si fuese un autómata. Empezó a correr hacia el edificio a buena velocidad, siempre buscando el refugio de los pocos vehículos aparcados. Pero no se dirigió hacia el portal, sino que corrió hacia una de las ventanas del primer piso y apuntando con su rifle desde la cadera disparó una única bala.

El disparo, gracias al silenciador y las balas subsónicas, apenas produjo un sonido decepcionante, como el de una lata de Coca-cola al abrirse. El cristal sin embargo, se hizo añicos y cayó al suelo con gran estrépito. Reza se acercó al hueco de la ventana, saltó sobre los dos pies y accedió al recinto dando una estudiada voltereta sobre sí mismo. Todavía había cristales cayendo contra el suelo cuando Reza ya había recuperado la estabilidad y se encontraba apoyado sobre una rodilla cubriendo todos los ángulos con su rifle.

Hizo bajar las gafas con el amplificador de visión y todo se volvió de un color verde fluorescente. Las paredes, la profundidad del pasillo que se abría ante él, cobraron una tridimensionalidad un tanto irreal, como imágenes de render procesadas por un ordenador. El único sonido que le llegaba era el de su propia respiración, no muy alterada, y el del viento que correteaba por los pasillos y habitaciones del edificio.

Pero no había mucho tiempo que perder. Se puso en marcha hacia el pasillo, cubriendo cada nuevo acceso a una nueva sala con rapidez, descartando las habitaciones vacías. Todos los muebles estaban en su sitio y no había porquería ni restos de lucha por ningún lado, así que imaginó que la casa no había sido invadida. Aún así, confiarse era un tren de alta velocidad al otro barrio y avanzó siguiendo todos los protocolos de cautela. La puerta al pasillo aún estaba intacta, pero cuando se asomó fuera vio dos espectros entre él y la escalera que llevaba arriba. Movían la cabeza de un lado a otro, como si buscaran en el aire. Imaginó que habían estado allí mismo durante más tiempo del que se atrevería a decir, y que el sonido de los cristales los había despertado un poco. Siempre era lo mismo.

Reza invirtió dos balas más en terminar con ellos. Disparos limpios, silenciosos, precisos, directos a la cabeza, el colofón de muchos años de experiencia tras el gatillo. Las cabezas se sacudieron como golpeadas por un martillo invisible y ambos cuerpos cayeron inertes al suelo.

Corrió ligeramente acuclillado hacia la escalera y al llegar arriba disparó sin detenerse usando la mirilla del arma. Con las gafas de visión nocturna era imposible saber si los cuerpos a los que disparaba eran de seres humanos o zombis, pero aparte del hecho evidente de que unos supervivientes no estarían plantados en el rellano como flácidas marionetas, le importaba muy poco si eran vivos o no muertos. Estaban en medio, entre él y el pañuelo rojo, y debía apartarlos de la forma más expeditiva posible.

En su cabeza, en un segundo plano, un cronómetro marcaba cada segundo con un sonoro tic-tac. Un minuto veinte. Un minuto veintiuno.

Continuaba subiendo y derribando espectros con implacable precisión. El sonido del silenciador llenaba el aire. No jadeaba, y nunca fallaba un tiro. En el cuarto piso un espectro casi le sorprendió tirándose por el borde de la barandilla hasta donde él estaba, pero Reza se lanzó hacia delante haciendo una elegante finta y lo derribó con un giro rápido. Era un lobo , no había ningún riesgo en lo que hacía.

Cuando llegó al tejado habían pasado apenas cinco minutos. Allí, recorrió la distancia que le separaba del pañuelo y no perdió tiempo siquiera en desatarlo; lo arrancó de un fuerte tirón. Por último, hurgó en su cinturón y extrajo un cilindro de color naranja. Era una bengala, que encendió y levantó en el aire con la mano derecha. Su pose era la de un campeón olímpico. El silenciador del AK74, negro y alargado, humeaba ligeramente al contraste con el frío.

* * *

Desde la carretera lejana, Bluma y Dustin vieron encenderse la bengala; despedía destellos escarlata en contraste con las nubes negras de fondo. Bluma detuvo el cronómetro.

– Cuatro minutos, cuarenta y ocho segundos -dijo con su voz grave. Hablaba alemán, su lengua materna, pero en su boca sonaba como ladridos de un perro encolerizado.

– Qué hijo de puta.

– Sí que lo es -dijo con un brillo en los ojos.

– ¿Cuánto tengo que sacar para superarle? -preguntó Dustin.

Bluma suspiró brevemente y sacó una pequeña cuartilla de papel.

– Veamos, teniendo en cuenta tu pifia en el hotel la semana pasada, tendrás que hacerlo en… -movió los dedos como si llevara una cuenta en la cabeza- un minuto quince, más o menos. -Sonreía como un demonio tras firmar un contrato por el alma de algún infeliz.

– Cabronazo.

– Significa que estás fuera -dijo echándose a reír. Era la suya una risa socarrona y grave que distaba mucho de ser agradable.

– ¿Y los demás?

Miró la lista de nuevo.

– Vaya. Esto es interesante.

– ¿Qué pasa?

– Entre Reza y yo hay un empate.

Dustin dedicó unos segundos a pensar, y por fin le dedicó una sonrisa enigmática.

– Creo que tendremos un gran placer en idear algún fantástico y definitivo juego a la altura de vuestras… habilidades.

La sonrisa de Bluma se congeló un instante, pero luego sus cejas volvieron a combarse hacia abajo, como hacía siempre que sonreía.

– ¡Ja!-espetó.

5. El Álamo

En las pistas de atletismo, los ejercicios de mantenimiento diario habían terminado prácticamente y la hora de comer se acercaba con rapidez. El rumor que habían traído los que se encargaban aquella mañana de la limpieza del porche era que, en las cocinas, se preparaba pasta con atún y tomate, uno de los platos favoritos de Dozer.

– No es justo -musitó Dozer.

Uriguen y José reían con un tono manifiestamente burlón.

– ¿Pero qué ocurre? -preguntó Susana acercándose. Había estado ejercitando los bíceps en una serie de duras flexiones y tenía la camisa empapada en las axilas y el cuello.

– Dozer tiene revisión de seguridad y va a perderse el almuerzo -dijo Uriguen, divertido.

– Bah… -protestó Dozer.

Mientras sus compañeros se alejaban Dozer inspeccionó la bolsa de plástico que le habían traído; un bollo de jengibre con algo de jamón cocido de lata, y uno de esos envases de color rosa que contenían leche con canela. ¿De verdad era leche? Con esa fecha de caducidad proyectada en el tiempo hacia el futuro, empezaba a dudarlo. ¿Y qué coño era un jengibre, de todas maneras? Dozer echaba de menos el pan. Pan crujiente de harina de trigo horneado como Dios manda. Qué proceso tan básico y sencillo, el de producir pan, y qué lejos se le antojaba ahora.

Devoró el fugaz almuerzo en un tiempo récord y fue a reunirse con Moses. El marroquí se había preocupado bastante por el recinto desde que el padre Isidro irrumpiera como lo hizo, y había sido propuesto en una reunión multitudinaria como Jefe de Seguridad, no hacía mucho. Sus primeras propuestas gustaron bastante, cosas básicas en su mayoría pero en las que nadie había pensado. Ahora, había pedido a Dozer que le dedicara un poco de tiempo.

Su primera parada juntos fue en la armería. Estaba emplazada en una habitación sin cerradura a apenas diez metros de los grandes ventanales que daban acceso al edificio.

– ¿Qué tenemos ahí? -preguntó Moses.

– Ahí está todo, amigo -contestó Dozer, abriendo la puerta de entrada.

Moses dejó escapar un silbido apenas el interior de la estancia le fue revelado. Ante él se extendían grandes estanterías que cubrían las paredes hasta el techo, y en ellas, un cantidad impresionante de rifles y cajas de munición copaban todas las baldas. En un apartado especial colgaban algunos trajes anti disturbios completos con sus cascos y escudos de resina Lexan.

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