Reza lo miró con lágrimas en los ojos. Lágrimas cálidas que terminaban cayendo como gruesos goterones, en el inmaculado mantel de hilo blanco.
– ¿Está claro?
El niño asintió, como accionado por un resorte.
– Señorita Vogt, por favor, retire ese animal de la casa y averigüe cómo llegó aquí en primera instancia. Luego llame al monitor de gimnasia de mi hijo que venga inmediatamente. Mi hijo necesita una sesión de ejercicio. Eso le repondrá.
Y salió por la puerta, tan silenciosamente como había entrado.
Reza no creció, fue diseñado tan cuidadosamente como era posible con lecciones como aquella y otras muchas. El ejercicio físico, las materias, las clases prácticas, todo contribuyó a su formación. Con veinticinco años su padre le ordenó que le acompañara a todas partes y así conoció su mundo. Su mundo de relaciones con ayuntamientos, con bancos, empresas privadas nacionales e internacionales, con empresarios de la Europa del Este, de Asia, de todas partes. El Sr. Lubke picaba de todo, desde el simple negocio de presentar gente a gente, actuar de intermediario logístico en complicadas operaciones financieras entre varios países hasta la compraventa de armas allí donde fuesen requeridas.
Reza se convirtió en un lobo. Un depredador en un mundo de ovejas sensibleras y débiles. Aprendió que las costumbres y tradiciones culturales eran importantes en los negocios. Prefería a los americanos porque prevalecía la competencia y los resultados a corto plazo, y las relaciones personales no eran sino una burda fachada. Con los japoneses tenía dificultades porque para ellos era indispensable desarrollar la amistad antes de negociar, y esa delicada materia él nunca la aprendió.
Por eso también le gustaba La Costa del Sol como a su padre. Allí se cultivaban las relaciones superficiales y el dinero le abría todas las puertas, todos los círculos, todas las sonrisas de aprobación que su ego necesitaba. En los negocios y el trato personal sin embargo, le irritaban los españoles, a quienes consideraba vagos, zafios e irresponsables. Nunca utilizaba el castellano si podía evitarlo, siempre el alemán o el inglés.
Como su grupo de caza, que estaba formado solo por alemanes.
Los conoció por azar durante un aburrido circuito de golf, una fruslería concebida para ordeñar dinero de los empresarios de la zona. Dicen que el mal siempre reconoce al mal, y a Reza le bastó una breve mirada a los ojos de sus interlocutores para saber que ellos también eran lobos pero de otra clase más visceral, más básica, más fuerte. Eran cazadores, como aprendió durante su conversación, y tenían incluso una exitosa empresa de safaris por todo el mundo. Aquel verano se fue con ellos y descubrió un nuevo mundo de infinito éxtasis. Cazó osos, alces y caribús en Alaska y Canadá; bantengs, búfalos y ciervos en Australia; ibexs y argalis en China, y por supuesto numerosos antílopes y los cinco grandes en África. Cada vez que disparaba, cada vez que arrancaba la vida a algún animal desde la distancia con su rifle de alta tecnología, sentía una fuerte excitación en la base misma de los testículos. Sentía que la sangre corría enfurecida por sus venas. Y siempre escuchaba un ruido sordo en su cabeza. Siempre.
¡Crack!
Pero como suele ocurrir, después de un tiempo dejó de tener encanto. Se cansó de pagar por poder abatir a un elefante. La diferencia era demasiado grande, no tenía ningún mérito. Llegó a ser tan hábil que podía acercarse a una gacela a menos de veinte metros y meterle una bala entre los ojos con una pistola común sin que se diera cuenta. Así que dejó los safaris concertados. Le enseñaron otra modalidad nueva, diferente, más peligrosa. Se iban de caza por territorio español abatiendo animales en cotos privados protegidos donde estaba prohibido cazar. Burlar a las patrullas del Seprona volvía a traerle esa sensación en los testículos que tanta excitación le había procurado en el pasado. Escondido en un río por la noche, con frío intenso, tapado con hierbas y matorrales para no ser visto, esperando el momento y finalmente cobrando la pieza sin que los guardias se dieran cuenta. Infiltrarse, ocultarse, matar, salir… pasaba los días contando los minutos hasta que pudiera vivir de nuevo la misma aventura.
Cuando la Pandemia Zombi llegó, miles de millones de personas en todo el mundo padecieron enormes sufrimientos. Algunos se volvieron locos, otros se sumieron en una tristeza tan profunda que prefirieron quitarse la vida. Reza no. El grupo de caza, no.
Lo vieron primero en la televisión, y más tarde, antes de que Málaga fuera arrasada por el número siempre creciente de zombis, era el único tema de conversación por todas partes. Unos decían que sí, otros que no. Algunos aseguraban haberlos visto, otros decían que era una patraña como la Gripe A. Pero el primer zombi que Reza se encontró redefinió totalmente su mundo. Era como un hombre, y se hallaba encorvado con la boca y el cuello manchados de lo que parecía ser sangre en abundantes cantidades. Lo más inquietante eran sin duda los ojos… el iris había desaparecido y en toda la esfera ocular sólo había un pequeño y difuso punto gris. Cuando se volvió a mirarle, le disparó en el pecho, no exactamente en el centro, sino un poco a la izquierda, en pleno corazón. Pero aquello no le detuvo; el hombre chilló y empezó a correr hacia él. Luego le disparó en la cabeza, reventando el cráneo y expulsando el cerebro que salió despedido hasta un metro y medio hacia atrás, dejando un reguero blanco-rojizo en el suelo.
¡Crack!
Mientras el espectro caía hacia atrás, privado ya del hálito de la vida, Reza sintió que una increíble ola de calor ascendía desde su estómago hasta la cabeza. Estaba totalmente encendido, eufórico… el peligro había sido real, la cacería había sido real, y si no hubiera tenido puntería, habría ingresado en las filas de los verdammt muertos vivientes por la vía más rápida. Era además un enemigo con forma humanoide, joder, era casi como disparar a un hombre… no había nada comparado con disparar a un hombre. Cuántas veces había soñado con hacerlo ni podía calcularse, pero siempre tuvo miedo de las consecuencias. No tenía dilemas morales, pero no quería pudrirse en prisión por algún error ocultando evidencias. Y ahora, había centenares, miles, millones de esas cosas recorriendo las calles.
Aquella noche, el club de caza se reunió en la exuberante mansión de uno de ellos. Tras las grandes vidrieras, la humanidad lidiaba una decisiva batalla por la supervivencia, pero el grupo de caza, arrullados por un buen fuego en el hogar, celebraba con whisky y trazaba planes inmediatos. Ojeaban con exquisito deleite sus conocidos catálogos de armas y material de supervivencia, desde rifles ametralladores de gran calibre hasta los enseres más diversos. Hablaban entusiasmados, tomaban nota en sus agendas electrónicas de la lista de equipo que conseguirían y por fin se entregaron a teorizar hasta el amanecer sobre la fascinante manera en la que los muertos habían vuelto a la vida.
* * *
Las cinco y diez minutos.
Volvió a repasar todo de nuevo. Las gafas de visión nocturna, las dos pistolas del 38 que llevaba para emergencias en unos bolsillos laterales del pantalón. El rifle. El reloj. Mientras consumía el tiempo intentando concentrarse en esa tarea, el viento arrancaba sonidos quejumbrosos de las ramas de las palmeras y traía el susurro de los muertos desde lugares indeterminados de los alrededores.
Y por fin, la señal.
La bengala se alzó a buena velocidad hacia el cielo, iridiscente y humeante. Poco a poco perdió fuerza y acabó cayendo como ingrávida, envuelta en una luz parpadeante.
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