Carlos Sisí - Necrópolis

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El campamento de Carranque vive momentos dulces. Tras haber sobrevivido el ataque del Padre Isidro y sus enloquecedoras huestes de caminantes, los supervivientes se entregan a ensoñaciones y esperanzas de futuro propiciadas por los descubrimientos del doctor Rodríguez. Juan Aranda, su líder, decide utilizar su nueva condición para explorar la ciudad en busca de otras personas que continúen todavía con vida. Sin embargo, han pasado ya tres meses desde que se iniciara la pandemia zombi que asoló el planeta y sobrevivir es cada día más duro. Su periplo personal, no exento de vicisitudes, le aleja de Carranque, donde mientras tanto inciden nefastos designios que amenazan con convertirlo en una ciudad de muertos: una necrópolis.

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Hubo miradas encontradas entre los asistentes, seguidas de un rumor apagado. En su atrio ligeramente elevado, Juan Aranda hizo una pausa hasta captar de nuevo toda la atención.

– Nuestra radio tenía un alcance muy limitado, pero sería posible llegar a mucha más gente, mucho más lejos, si pudiéramos llegar hasta los estudios de televisión de Canal Sur y, de alguna forma, reactivar los sistemas para poder emitir. Estamos hablando de una radio de verdad. Estamos hablando de toda Andalucía.

El comentario fue acogido en el más profundo de los silencios. Todos miraban a Aranda; parecían contener la respiración. Hasta que alguien, en la segunda fila, soltó una sonora exclamación de sorpresa que sonó como "¡Hostias!".

– No sé si es factible o no -declaró entonces Aranda-. No sé nada de estudios de radio o de cómo funcionan. Si dependen de un sistema central en Madrid, o de un satélite que probablemente vague ahora por el espacio con todas las luces apagadas. Es algo que tendremos que hablar entre nosotros, si hay alguien que entienda de esto. Pero esos estudios no están lejos, están ahí mismo, en la Carretera de Cádiz, y alguien como yo debería ser capaz de ir allí a ver cómo están las cosas.

Entonces todos comenzaron a hablar con todos. Algunos de los rostros parecían encendidos de la emoción, otros, como es normal, se mantenían cruzados de brazos con una expresión de manifiesto rechazo.

– Joder, Juan -dijo alguien- los estudios podrían haber ardido hasta los cimientos por lo que sabemos…

– ¿Cómo vamos a poner todo en marcha? ¡Es una locura!

– ¡Tendríamos que llevar unos generadores de los grandes en un camión! -dijo un tercero, visiblemente entusiasmado.

– ¡Los repetidores estarán tan apagados como vuestros cerebros! -protestó otro.

El debate se fue volviendo más acalorado en pocos minutos. Aranda quiso añadir algo, pero no consiguió esta vez volver a recuperar la atención de su público. Bajó del estrado y los dejó hablar, al fin y al cabo, la noticia estaba dada y ahora maduraría entre la comunidad.

Moses se le acercó, abriéndose paso entre la gente que se había puesto en pie para debatir la idea. Era un hombre grande con una perilla rala y tez oscura.

– Menudo follón has montado, hombre -dijo riendo.

Aranda le devolvió la sonrisa, pero sus ojos no la acompañaban.

– ¿Realmente lo crees posible? -preguntó el marroquí. Había una chispa especial en sus ojos, algo indefinible; una mirada inteligente, como si pensara que Aranda tenía en realidad un plan distinto al descrito y tratase de tantearle sutilmente, de hacerle ver que quizá él también lo sabía.

Aranda estudió su mirada.

– Pienso que al menos habría que intentarlo.

– Ya, ¿y cómo lo haremos, cuál es el plan?

– Bueno… -suspiró- mandar una comitiva allí es increíblemente arriesgado. No sabemos cómo está la carretera. Imagina que enviamos a Dozer y los chicos en una furgoneta, se encuentran la carretera bloqueada y cuando están intentando apartar lo que quiera que la bloquea, llegan esas cosas. O imagina que van a cruzar uno de los puentes de la autopista… ¿y si por debajo uno de esos autobuses gigantescos se estrelló contra uno de los pilares de sujeción principales, y si la vibración derriba el puente cuando ellos están pasando? Yo podría ir en una moto, solo. Para ver cómo está todo.

Moses asintió. De alguna manera, lo había intuido desde el principio. Una misión extraña e inesperada que se desarrollaba a muchos kilómetros en pos de unos resultados que, a priori, se le antojaban imposibles. Emitir radio desde un estudio que podría estar tan dañado como el hígado de un alcohólico nonagenario, poner en marcha un sistema de satélites o quizá repetidores repartidos por toda la geografía española -todos desconectados de la red eléctrica porque ya no había ninguna maldita red eléctrica- y eso sin mencionar sistemas y programas que nadie tenía ni la menor idea de cómo manejar, contraseñas, o accesos remotos a alguna central en algún edificio en Madrid o Barcelona donde tampoco habría electricidad y los únicos dispuestos a atender las luces rojas parpadeantes serían los zombis.

Moses no iba mal encaminado. Aranda necesitaba irse de allí por un tiempo. Ahora lo sabía. Tenía miedo de que el virus que le habían inoculado acabase por afectar su salud, de que poco a poco sus deposiciones se parecieran a la baba espumosa del padre Isidro, de que empezase a adelgazar, y peor aún… de que se volviera loco, como él. ¿Y de qué serviría estar en el recinto si eso ocurriera? no era que el doctor Rodríguez pudiese hacer mucho por el sacerdote de todas formas. ¿Cuántas semanas, meses… lo tendrían encerrado si su mente empezaba a ver Jinetes del Apocalipsis debajo de la cama? o peor, ¿y si le daba por coger un arma y volarle la cabeza a alguien?

El doctor había dicho dos meses para estar seguros, pero él intentaría aprovechar el tiempo, aprovechar ese don especial que le habían dado para ver qué había fuera. Para ver cómo estaban las cosas de verdad.

– Entiendo… -dijo Moses despacio- pero, ¿no es peligroso que vayas solo?

– No lo creo.

– ¿Quién sabe lo que hay ahí fuera, Juan? Puede haber gente que sobreviva todavía y que sean diametralmente opuestos a todo lo que has conocido. Joder Juan, a veces eres tan inocente. Estás acostumbrado a esto, pero esto, esto parece la casa de Barbie y las Princesas, Juan ahí fuera… -señaló a algún punto indeterminado de la habitación-… ahí puede haber gente mala. Mala de cojones. Gente que te hará pedirle al padre Isidro que te arrope y te cuente un cuento antes de dormir.

Juan se pasó una mano por la barbilla, estudiando sus palabras.

– Yo vine del Rincón de la Victoria hasta Málaga y no vi a nadie así -dijo.

– Creo que me contaste que la mayor parte del tiempo viniste en barca, Juan. Si te hubieras metido en la ciudad estoy seguro de que habrías explorado las miserias del alma humana con mucho más detalle del que te hubiera gustado.

Juan sacudió la cabeza, recordando de pronto un incidente que vivió poco antes de decidir marcharse a Málaga. Se trataba de unos jóvenes que, henchidos de alcohol, se pertrecharon en un tejado. Desde allí disparaban con desmedida violencia a los zombis, hasta que su número les superó. Pero mientras estuvieron vivos, él observó la escena desde un improvisado escondite sabiendo a ciencia cierta que de haberse dejado ver hubieran disparado contra él igualmente. El mundo se había acabado, tanto daban los vivos que los muertos.

– Moses, amigo… estoy decidido -dijo a pesar de todo.

Moses frunció el ceño, pero aún así, su aspecto no era de enfado. Aranda sí lo había visto enfadado, y entonces sus cejas se combaban hacia abajo y su rostro alargado y oscuro adquiría el aspecto de un diablo.

Aranda le sonrió, y esta vez su sonrisa era sincera, llena de complicidad.

– Lo necesito -dijo al fin.

– No te vayas sin despedirte -contestó Moses.

Y rodeados por encendidas discusiones sobre satélites y procesos de emisión de imágenes, Moses y Juan se abrazaron.

Aquella noche, durante la cena, el doctor Rodríguez fue informado de los planes de Aranda, ya que normalmente él no asistía a las reuniones generales a menos que su presencia fuera requerida o bien fuese él mismo quien convocase la reunión. Los planes oficiales eran ausentarse apenas un par de días lo que no le pareció importante, pero Aranda habló con él sobre la posibilidad de estar fuera un poco más. De hecho, una o dos semanas más según marchasen las cosas. Esa otra información le enfadó muchísimo; tenía la intención de estudiar a Aranda intensivamente y anotar con celo exquisito la evolución de su salud. Decía que un cuaderno de registro sobre el virus era del todo esencial para cotejarlo con futuros pacientes, y que su actitud no era para nada coherente con lo que se estaban enfrentando.

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