Historias de supervivencia similares hubo miles en todo el continente. El Centro Policial de Canillas en Madrid, por ejemplo, era un recinto amurallado de muchísimas hectáreas con altos edificios y grandes zonas verdes aptas para el cultivo. Solo existían tres puertas en los muros de cemento de varios metros de alto, que se cerraban con verjas de acero. Allí sobrevivieron durante un tiempo varios cientos de madrileños que fueron congregados durante los días en los que la epidemia cobraba auge. Sin embargo, las puertas permanecieron cerradas a cal y canto para todos aquellos que llegaron en los días posteriores, corriendo como podían entre las hordas de muertos vivientes, buscando refugio. Fue el infame capitán de la Guardia Civil José Millán Arbona quien ordenó que las puertas permanecieran cerradas hasta nueva orden, ya que las provisiones de agua y alimentos no iban a ser suficientes para todos.
Esta orden, imperativa y tajante, suscitó mucho malestar y un intenso debate entre sus hombres, unos treinta y dos policías que juraron proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades de los españoles y garantizar la seguridad ciudadana. Es lo que les habían dicho, al menos, pero no parecía corresponder con la actitud de Arbona. Mantener las puertas cerradas y abandonar a los supervivientes a su suerte no encajaba con esa parte. Arbona empezaba a provocar cierta repulsión tanto a sus hombres como a los civiles parapetados en el recinto; sudaba copiosamente, bramaba por todo y olía tan profundamente a alcohol que su aliento parecía inflamarlo todo.
Una noche, un numeroso grupo de madrileños armados estrellaron un Jeep de alta gama contra las puertas principales, doblando las grandes hojas de acero como si fueran de cartón piedra. Los goznes chillaron en la noche antes de salir disparados, clavándose con fuerte contundencia en la pared opuesta. El jeep continuó su avance unos cuatro metros, volcando lentamente hacia uno de los costados y acabando su acometida al empotrarse con contundente violencia en un pequeño portal del lado opuesto. El golpe levantó ecos ominosos y la lluvia de pequeños trozos de metal superó los tejados más altos. El conductor murió en el acto, volviendo a la negra existencia de los muertos vivientes dieciséis minutos más tarde.
Los invasores no tardaron en entrar en el recinto, disparando erráticamente contra objetivos que ni siquiera veían. Su objetivo era la toma del recinto y los víveres que allí se almacenaban. Eran indisciplinados y alocados, pero armaron un follón de mil demonios, haciéndose fuertes en una de las torres del ala este. La contienda duró diez horas y trajo vívidos recuerdos a un señor mayor de 82 años que vivió algunos trágicos episodios durante la Guerra Civil Española. Los disparos y las ráfagas ametralladoras arrancaron lágrimas a sus pequeños ojos arrugados mientras esperaba, con el resto de los civiles, a que la contienda se decidiese en uno u otro sentido.
Naturalmente, el hecho de que los caídos volvieran a levantarse para arrebatar la vida a pedazos a los que fueron sus compañeros complicó mucho las cosas. En algún momento de la noche, por mor de la oscuridad creciente, ambos bandos acabaron disparándose entre sí, confundidos por la presencia de los zombis entre sus filas y los que entraban por la puerta principal, ahora privada de las fuertes rejas de acero. Unos vestían como ciudadanos, otros como guardias civiles. Lo hacían además en un número cada vez mayor, y hostigados por el clamor de la refriega, ya no lo hacían arrastrando los pies, sino corriendo, con las manos trocadas en garras y las bocas sedientas. Es difícil concebir el horror indescriptible que aquellas personas sufrieron en aquellos cuartos oscuros, arropados solo por los gritos que llegaban de las zonas de contienda.
A las cuatro de la mañana, alguien tuvo la genial idea de prender unos bidones de gasolina en uno de los corredores para frenar el avance de los zombis. Se consiguió el efecto deseado, pero el fuego lamió con avidez las paredes y el techo y en poco tiempo la estructura se vio afectada. El fuego se propagó rápidamente al piso superior y continuó desgranando ladrillo tras ladrillo, viga tras viga, hasta que parte del edificio principal se derrumbó con un estrépito ensordecedor, dejando el interior a la vista. Algunos murieron con los pulmones llenos de humo, otros, devorados por los ríos de fuego o las hordas zombi.
Al amanecer, apenas quedaban unos pocos supervivientes, aislados unos de otros y escondidos en los sitios más inverosímiles: un armario, una habitación, debajo de una cama. Cuarenta y ocho horas más tarde, Canillas era una humeante tumba de proporciones épicas. Los muertos la velaban.
También en el extranjero el hombre se negaba a ser exterminado, a perder su prerrogativa de vivir tras miles de años de superación y evolución. Hubo tantos casos de supervivencia como lugares recónditos y protegidos se pueden encontrar por toda la geografía del planeta, desde castillos medievales en la mitad sur de Francia a mansiones de súper lujo en barrios adinerados de los Estados Unidos. Y en sitios como Rusia, tristemente, los habitantes de Leningrado volvieron a revivir atroces escenas de canibalismo como no se habían visto desde la Segunda Guerra Mundial, cuando la gente tuvo que comerse unos a otros debido a la escasez de alimentos por el sitio nazi.
Pero no todo el mundo acabó mal. Ciertos pueblos, como Valencia de las Torres, resistieron con implacable fiereza gracias a su especial configuración. Rodeada de terrenos de labranza de cientos de propietarios diferentes, cada parcela estaba rodeada de todo tipo de alambradas, vallados, altos muros de piedra y otros impedimentos que frenaban el deambular de los caminantes. Nadie se enteró que el pueblo sobrevivía, sin embargo, ya que naturalmente las comunicaciones telefónicas estaban cortadas.
En el Tercer Mundo, la infección zombi tampoco prosperó tan rápida y contundentemente como en el Hemisferio Norte. La distancia entre poblaciones en el continente africano, por ejemplo, dispersó y detuvo los casos que se iban produciendo, aunque ciertos hospitales y centros de ayuda regentados por misioneros y ONG's de ayuda fueron completamente devastados. Además, los Señores de la Guerra africanos estaban más que encantados de disparar contra aquellas cosas. En el Himalaya, los muchos monasterios y pueblos budistas repartidos por Bután, China, Nepal y la India apenas sufrieron la Pandemia Zombi. Se adaptaron muy rápidamente al nuevo fenómeno de la resurrección apenas se produjeron los primeros casos. Solo en el pequeñísimo monasterio de Gingsheg se vieron completamente desbordados por los muertos vivientes, pero éstos nunca lograron abandonar el pueblo: los que lo intentaban se despeñaban por los barrancos y encontraban un rápido final al golpearse el cráneo con las piedras.
La comida era siempre un problema, A medida que el tiempo pasaba, los alimentos disponibles iban expirando y pudriéndose. Eso obligaba a muchos a abandonar la seguridad de los agujeros que se habían labrado y a aventurarse en zonas nuevas, lo que casi siempre acababa en desastre. Los zombis acechaban silenciosos en las esquinas oscuras, no como parte de un comportamiento inteligente, sino porque su lento deambular les llevaba allí y allí se "desactivaban" de algún modo, faltos de estímulos que les interesaran. Permanecían aletargados durante semanas y meses, de pie, sin apenas mover un músculo, hasta que cualquier ruido volvía a ponerlos en marcha.
Y luego llegó la nieve. La bendita nieve. El frío intenso dejó a todos esos zombis ralentizados. Con temperaturas por debajo de cero amanecían azules de frío y bastante torpes; ni siquiera respondían bien al estímulo visual que suponía una posible víctima. Esa circunstancia fue aprovechada por muchos para tomarse un respiro durante el invierno más frío que ningún superviviente podía recordar. Salían fuera, se reabastecían, exploraban lugares cercanos. Ello era, naturalmente, un arma de doble filo. Con el abastecimiento de energía eléctrica cortado, era difícil calentar los hogares y refugios en los que sobrevivían y hubo algunas muertes silenciosas durante la noche (lo que por descontado significaba muertos vivientes por la mañana).
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