Aranda se sentó con él y hablaron sobre la posibilidad de que Juan llevara un registro propio sobre su estado. Pulsaciones, temperatura, estado anímico general… cierta lista que tendría que comprobar todos los días, a veces en varias ocasiones. El doctor Rodríguez le pidió que volviera inmediatamente si se sentía mal, y Juan Aranda salió del paso con un vago movimiento de cabeza que el doctor interpretó como un sí.
– Hay una cosa más -dijo Rodríguez sacando un pequeño tarro del bolsillo- si vas a vivir peripecias por ahí fuera encontrarás cadáveres por doquier. No me refiero a esos zombis, no huelen ni la mitad de mal que un cadáver de verdad. Un muerto empieza a oler al cabo de unos minutos de producirse el fallecimiento, imagina después de meses. Muchos habrán sido parcialmente devorados, y si el olor a sangre es muy desagradable, el de los intestinos huele literalmente a mierda; y el de los pulmones recuerda vivamente a cañería atascada. Por si fuera poco además, muchos se defecan encima al morir, circunstancia que olvidan mencionar en casi todas las series y películas de cine, pero es así; y eso sin mencionar el sudor y demás secreciones que se expulsan por casi todos los orificios del cuerpo.
– Antonio, por Dios… -soltó Aranda.
– Lo malo de esos olores -continuó el doctor- es que se quedan impregnados en la ropa y grabados en la pituitaria. Te acompañarán algunas horas después de que te hayas restregado con los muertos. No hay forma de librarse. Este ungüento es para evitar todo eso -dijo dándole el bote pequeño- es mejor que el Sinus, que irrita las vías respiratorias. Ponte un poco debajo de la nariz, y no te desharás en vómitos.
Aranda le dio las gracias y se llevó el frasco, pensando si todo aquello sería en realidad buena idea.
El que peor lo llevó fue Dozer y su gente. Eran ellos los que siempre habían salido fuera entre los zombis, armados con sus rifles y pistolas. Utilizaban las alcantarillas para moverse, porque generalmente solían estar vacías; no habían conocido aún al muerto viviente que supiera coordinar brazos y piernas para subir por una de esas escaleras de mano. Querían acompañar a Juan en su periplo.
– Es demasiado peligroso, Dozer -explicó Juan. José, Uriguen y Susana estaban también con ellos en la pista de atletismo, sentados en unas sillas plegables que la lluvia había oxidado demasiado pronto. En el suelo había un paquete de cervezas.
– Podrían comerte el cerebro, muchacho -bromeó José, levantando su cerveza hacia Dozer.
– Es cierto… -dijo Susana reflexiva mirando a los espectros que se arremolinaban tras las altas rejas metálicas, al otro lado de la pista. -El gran tópico de las películas de zombis. Pero no lo hacen. No se comen el cerebro.
Dozer rió, agachando la cabeza para no atragantarse con la cerveza. Los músculos de sus brazos se tensaron bajo la camisa.
– Diría que lo del cerebro es una cuestión metafórica -contestó Aranda, pensativo. -En muchas de aquellas películas, los zombis representaban la sociedad consumista, el acto maquinal y repetitivo de ir de compras, incluso como distracción de un sábado por la tarde. Para esa metáfora, la parte del cerebro es bastante lógica…
– ¿Por aquello de que te comen el coco? -preguntó Dozer.
– Eso es. Nos comen el coco para ser uno de ellos. Pero la metáfora no funciona en la práctica, claro. Entre otras cosas porque no creo que el cráneo pueda abrirse con los dientes de un ser humano, máxime si tienes la dentadura hecha polvo como suele ser el caso en nuestros amigos; y no digamos ya si tienes problemas de coordinación psicomotriz.
– ¡Ésa es buena!-rió José.
– Tampoco los hemos visto… comer -comentó Susana-, mordisquean para matar, sólo eso.
– Es verdad -contestó José mientras los demás asentían de una forma u otra. Bebieron cerveza, que estaba caliente pero seguía embriagando igual, lo que de vez en cuando era agradable.
– En cualquier caso -comentó Aranda con una sonrisa- es lo que hacen con los vivos no inmunes. ¡Los mordisquean! En suma, muy peligroso.
Dozer miró a Aranda con los ojos entrecerrados.
– ¿Peligroso? -contestó José. -Deberías habernos visto cuando Jaime estrelló el helicóptero y tuvimos que atravesar toda la calle infectada de zombis. Eso sí que era peligroso.
– Lo sé, lo sé. Pero esto es diferente…
– ¿Cómo es diferente? -preguntó Susana.
– Es un largo camino, no es como esas operaciones de limpieza que hacéis en los edificios de alrededor. Aquí, si algo sale mal, es posible volver atrás y regresar a casa en poco tiempo. Pero si el vehículo que llevemos se estropea, o nos estrellamos… podéis disparar hasta que se acaben todos los cargadores, que no habrá vuelta atrás.
– Tú también puedes estrellarte -comentó Dozer.
– Pero iré yo solo. No lo entendéis. Sois vitales para la subsistencia de Carranque. Acordaos de aquellos motoristas… si no hubiera sido por vosotros, ¿quién sabe cómo habría acabado todo? Casi todos los que viven aquí han intentado de una forma u otra practicar con las armas, pero ninguno ha dado la talla. Sabéis que en una contienda con esos espectros sólo vosotros tenéis las tablas, la experiencia, la puntería y la forma física necesaria para sobrevivir. Lo habéis demostrado muchas veces. Que vengáis conmigo… es una locura.
– ¡Y que lo digas tú! -rió José.
– Es cierto… -comentó Susana suavemente, con una media sonrisa curvándole la comisura. -Tú eres nuestro líder.
Pero Aranda terminó por convencerlos. ¿Y si los muertos lograsen entrar en el campamento mientras estamos fuera? fue la pregunta que los desarmó. Realmente no parecía una buena idea ausentarse durante tanto tiempo, y así, finalmente, dejaron que su indómito líder se fuera a su periplo personal.
Aquella noche se acostó con una sonrisa fresca y nueva en los labios. Pensaba que al día siguiente buscaría una moto ligera y manejable, una que pudiera meter campo a través si la carretera estaba cortada, y entonces conduciría hasta amaneceres lejanos, más allá de las abarrotadas calles de Málaga. Mientras el sueño se lo llevaba poco a poco, se imaginó conduciendo por toda la Costa del Sol, poniendo grupos de supervivientes aislados en contacto unos con otros y acarreando no solo medicinas y víveres, sino la misma vida.
4. Reza y el grupo de caza
No eran ni las cinco de la tarde, pero el cielo estaba tan cubierto de nubes negras cargadas de lluvia que casi parecía de noche. A Reza no le gustaba cazar cuando la visibilidad era tan mala, pero el juego era el juego, y nadie jugaba mejor que él.
Esperaba de pie junto a su coche, en lo alto de una loma, pendiente del reloj. De vez en cuando se cansaba y cambiaba su peso de una pierna a la otra, o miraba al alto edificio que se encontraba a unos trescientos metros, en el extremo opuesto del aparcamiento. Se erguía cuan alto era en medio de una plétora de casas bajas y vegetación, un testimonio de ladrillo y acero de la corrupción en la Costa del Sol. Dieciséis plantas de locura llenas de muertos vivientes. Y en lo más alto, un pañuelo rojo atado a uno de los cables de sujeción de una antena de telefonía móvil que tremolaba enloquecida.
Impaciente, volvió a comprobar el equipo como parte de una rutina repetida cientos de veces, se ajustaba el cobertor de Goretex, los inmaculados guantes negros, el cinturón con las granadas, los cargadores y otros enseres, y comprobaba las gafas de visión nocturna que se encendían con un sonido reconfortante. Eran unas Photonis-DEP de la más alta gama, perfectas para detectar cosas muertas en la oscuridad. Había probado otras pero no le servían; había aprendido que los muertos apenas irradiaban calor corporal. Por fin, revisaba su rifle, la belleza rusa AK-74 equipada con mirilla telescópica y volvía a mirar el reloj.
Читать дальше