Carlos Sisí - Necrópolis

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El campamento de Carranque vive momentos dulces. Tras haber sobrevivido el ataque del Padre Isidro y sus enloquecedoras huestes de caminantes, los supervivientes se entregan a ensoñaciones y esperanzas de futuro propiciadas por los descubrimientos del doctor Rodríguez. Juan Aranda, su líder, decide utilizar su nueva condición para explorar la ciudad en busca de otras personas que continúen todavía con vida. Sin embargo, han pasado ya tres meses desde que se iniciara la pandemia zombi que asoló el planeta y sobrevivir es cada día más duro. Su periplo personal, no exento de vicisitudes, le aleja de Carranque, donde mientras tanto inciden nefastos designios que amenazan con convertirlo en una ciudad de muertos: una necrópolis.

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Así iba muriendo poco a poco el diez por ciento de la población que los zombis no pudieron matar de primera mano. Incluso los súper refugios como los de ciertas instalaciones militares en Estados Unidos, Alemania e Inglaterra sucumbieron poco a poco por unos u otros motivos: negligencia en la vigilancia o en el mantenimiento de las instalaciones, luchas internas por motivos de poder o políticos, malestar de los hombres, demasiadas misiones suicidas, desconfianza en el mando, accidentes, otras enfermedades comunes y un largo etcétera. Ninguno de aquellos comandos, por cierto, consiguió restablecer las comunicaciones básicas de larga distancia; éstas eran demasiado complicadas y dependientes de grandes servidores centrales ubicados en las principales capitales donde el número de zombis por metro cuadrado era sencillamente desmoralizador.

Pero volviendo al lugar… a Málaga… allí, el campamento del polideportivo de Carranque seguía aún en pie. Albergaba a algo menos de una treintena de supervivientes, y aquella inhóspita mañana no había nadie en ninguna de las pistas de fuera porque hacía demasiado frío. La temperatura era de unos 11 grados centígrados pero la sensación térmica era de algo menos por el fuerte viento que hacía sonar la reja metálica de las vallas exteriores.

Allí, encerrado en una improvisada prisión, dormía el Padre Isidro. Respiraba trabajosamente, febril, con la piel de un pálido color ceniza y acosado por sueños de pesadilla donde Dios le pedía cuentas por no haber cumplido su oscura misión. Pero él le rogaba que esperara, que esperara a que le diesen una oportunidad. Un momento de descuido, una debilidad donde pudiera meter su palanca y doblegarlos a todos.

Allí, el Padre Isidro esperaba su momento.

2. Lo que ocurrió

Carranque vivía días dulces. Después de que consiguieran repeler a los zombis cuando irrumpieron en el recinto como el agua putrefacta de una cloaca que revienta, la Comunidad se sintió mucho más fuerte. Habían pasado aquellos meses con el miedo pegado al cuerpo, como una camiseta mojada. Tenían sueños angustiosos en los que unas manos negras los arrastraban fuera de la Ciudad Deportiva, y cuando estaban despiertos, miraban a través de las rejas y les parecía que sus bocas se movían para pronunciar sus nombres.

… fosé

… erto…

… ristina…

Pero cuando consiguieron frenar el ataque y apresar al Padre Isidro, entonces sus corazones se incendiaron. No inmediatamente, pero sí poco a poco. Recobraron un valor que nunca creyeron haber perdido, y el ambiente general era del todo festivo, como si siempre fuera el día previo a la Navidad. Hablaban del futuro pero no de manera incierta, y hablaban también de grandes planes de reconquista. Todo gracias a Juan Aranda.

Juan Aranda era inmune. Dozer le llamaba ahora, no sin cierta sorna, El Que Camina Entre Los Muertos. Lo pronunciaba con voz engolada y grandes aspavientos, como si estuviera en una película antigua con vampiros que llevan levita o melodramáticos hombres lobo. Pero Aranda era inmune de veras. Podía caminar entre los zombis sin que ninguno reparara en él. Podía empujarlos, zarandearlos, apuntar a sus sienes con una recortada y volarles la cabeza sin que ninguno de los otros zombis se le ocurriese jamás atacarle. Y así, uno tras otro. Suponían que, teóricamente y con la paciencia adecuada, Aranda podría acabar con todos los caminantes de Málaga. Él solo.

Pero de eso se trataba precisamente. El Doctor Rodríguez seguía investigando en su pequeño laboratorio médico; el plan era que poco a poco, todos los supervivientes fueran inmunes a los zombis, pero quería tener la seguridad que Juan Aranda seguía sano antes de inocular al resto. Secretamente, le preocupaba que el virus, si bien reducido y desactivado como los gérmenes de una vacuna, pudiera alterar la estabilidad mental de su paciente. Era una posibilidad, vista la salud mental del Padre Isidro.

Ahora al menos tenía más instrumental, más equipo. Juan Aranda en persona lo había traído desde el cercano hospital Carlos de Haya. Cómo se había alegrado de no haber mandado a los muchachos como había pensado hacer en un principio: el edificio entero parecía una incubadora de aquellas cosas muertas. Estaban en todos los pasillos, en todas las habitaciones. Tuvo que apartarlos con ambas manos para poder acceder al área forense donde Rodríguez había trabajado. En alguna ocasión pudo sentir cómo el hueso se quebraba tras la piel al apartar a uno de ellos. El sonido y la vibración tras la carne consiguieron ponerle los pelos de punta.

Aranda había adquirido su inmunidad gracias al Padre Isidro, quien la había adquirido antes que él por una enfermedad que casi le mata. Ocurrió en los primeros días de la pandemia zombi, antes de que se extendiera, cuando en los hospitales aún había profesionales trabajando y los casos zombi empezaban a propagarse por el mundo. En los breves momentos en los que estuvo clínicamente muerto, el agente patógeno que provocaba que los muertos volvieran a la vida le infectó, pero consiguieron estabilizarlo aplicando descargas eléctricas, reanimación cardio-pulmonar y respiración de rescate; y su viejo corazón, aunque débil y enfermo, volvió a latir.

El Padre Isidro regresó a su Iglesia, y allí fue testigo del lento despertar de los muertos. Se encerró en el templo mientras Málaga moría, y negó el cobijo a cuantos se acercaban para rezar a su Dios, cerrando las puertas y apilando los bancos para asegurar los grandes portones de madera. Se fue volviendo loco en las semanas que estuvo allí encerrado, aquejado de una fiebre continua que le producía vívidas alucinaciones. En su cabeza, el Hambre, la Peste, la Guerra y la Muerte danzaban a la luz de las velas dibujando macabras sombras alargadas en las paredes. Así rezaba, leyendo pasajes de la Biblia que alimentaban su imaginación mientras temblaba de pies a cabeza porque pensaba que había llegado el Día del Juicio Final. La Resurrección de los Muertos.

Una noche, el Padre Isidro no pudo más. Se sentía impío porque no se había dejado juzgar por el ejército de resucitados que el Señor había enviado a la Tierra. Retiró los bancos y abrió las puertas del templo que rechinaron a la tenue luz de las muchas velas que había dispuesto por todas partes. Pero cuando salió fuera a rendir pleitesía a los ejércitos del Señor, éstos no le juzgaron. Ninguno de los muertos reparó en él. Le dejaron pasar entre sus filas mientras se adentraban en la Iglesia de la Victoria para encontrar el recinto vacío.

El Padre Isidro vio entonces la luz. En su cabeza, los viejos y oxidados engranajes de la locura comenzaron a girar relegando cualquier atisbo de cordura a un segundo plano. Había comprendido muy a las claras cuál era su papel en aquella historia, y se sintió agradecido…

oh tan agradecido

… porque el Señor le había señalado a él para asegurarse de que todos los vivos fueran juzgados por los muertos. Solamente así todas aquellas almas podrían descansar en paz y ascender a la Gloria Eterna para el fin de los días.

Durante semanas, el Padre Isidro se paseó por las calles de Málaga sacando a los supervivientes de sus refugios. Para él era sencillo. Contaba con las legiones de muertos vivientes para irrumpir en los puntos seguros y romper todas las defensas. Casi siempre, eso era suficiente. Los espectros entraban en tropel como una horda de asesinos y desgarraban, masticaban, despedazaban. Solo unos pocos escaparon, pero él los persiguió, los espió durante muchos días, agazapado y oculto en los edificios cercanos y alimentando su odio, rezando a Dios para que lo perdonase día tras día por no haberles podido dar caza. Hasta que finalmente pudo descubrir dónde se ocultaban, y entonces planeó, oculto en docenas de escondites diferentes, royendo su maldad durante días y días. Los estudiaba desde la distancia, trabajando como hormiguitas en su pequeña comunidad de Carranque. Cuando el primero de ellos despertaba por la mañana, el Padre Isidro ya estaba apostado en alguno de sus agujeros atisbando con prismáticos de gran potencia, y cuando la última hormiguita daba por terminado el día y se acostaba, él seguía allí, sonriendo con su dentadura perfecta y sus ojos amarillentos y desorbitados, con la mente llena de oscuros planes que involucraban todo tipo de ideas llenas de muerte y venganza.

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