Carlos Sisí - Necrópolis

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El campamento de Carranque vive momentos dulces. Tras haber sobrevivido el ataque del Padre Isidro y sus enloquecedoras huestes de caminantes, los supervivientes se entregan a ensoñaciones y esperanzas de futuro propiciadas por los descubrimientos del doctor Rodríguez. Juan Aranda, su líder, decide utilizar su nueva condición para explorar la ciudad en busca de otras personas que continúen todavía con vida. Sin embargo, han pasado ya tres meses desde que se iniciara la pandemia zombi que asoló el planeta y sobrevivir es cada día más duro. Su periplo personal, no exento de vicisitudes, le aleja de Carranque, donde mientras tanto inciden nefastos designios que amenazan con convertirlo en una ciudad de muertos: una necrópolis.

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Susana y José emergieron del interior, a la carrera.

¡Traición! pensaba Isidro, invadido por una rabia enloquecedora. Sus ojos estaban despavoridos. Levantó las manos e intentó agarrar la cabeza de su captor, pero no tuvo tiempo. José llegó hasta él y le sujetó los brazos.

– ¡Deprisa! -gritó Moses, quien cada vez tenía más dificultades para contrarrestar sus alocados movimientos de culebra. -¡Qué fuerte es!

Parecían bailar en círculos a medida que el padre se sacudía intentando liberarse. Con cada acometida, José tenía que reunir fuerzas para volver a agarrarle. El padre Isidro siseaba, espurreando una baba densa y blancuzca. Susana, presa de excitación buscaba un punto en el que poder asestarle un culatazo con el rifle, pero todavía no había encontrado el momento.

Inesperadamente, Isidro consiguió liberar una mano y agarrar a José por el brazo. Sus dedos eran como cinceles de hierro cerrándose alrededor de su carne y despertando un dolor superlativo. José intentó gritar, llevado a las puertas de un dolor que no creía siquiera existir. Sin poder evitarlo, soltó el otro brazo del sacerdote y éste lanzó ambas manos hacia su cuello con una rapidez fulgurante cerrando la tenaza en torno a él. La presión fue descomunal, y cuando creía que los tendones iban ya a ceder con un chasquido cogió sus manos con las suyas y tiró contrarrestando la fuerza de la presión.

Sin embargo Susana encontró entonces el punto que buscaba. Le puso el cañón en la mejilla, apretando su carne tirante y reseca hasta provocar una hendidura y apretó el gatillo.

El fogonazo abrasó la piel alrededor del cañón, pero no duró mucho. La bala penetró a una velocidad endiablada arrastrando el hueso a su paso. Toda la parte de la mandíbula se desprendió, rodeada de una lluvia de dientes y sangre que salieron despedidos por el lado opuesto hasta estrellarse contra la pared. Gritando por la impresión, José le soltó instintivamente retrocediendo un par de pasos.

Sin embargo, José caía al suelo de rodillas incapaz de sostenerse por más tiempo: su cara estaba roja, de un color vivo intenso, y el padre Isidro con la lengua asomando como un pene flaccido y amoratado le miraba todavía con odio.

– Fzzfgsstgg -dijo, agitando la lengua que ahora se asemejaba más a un gusano abyecto, gordo e hinchado.

Susana, sacudida por el terror no lo dudó más. Le apuntó a la cabeza y disparó por segunda vez.

El impacto fue formidable: arrastró su cuerpo un metro a su derecha y lo derribó contra la pared, donde quedó postrado con la cabeza torcida y sus ojos blancos mirando hacia algún punto indeterminado. José cayó al suelo donde quedó a cuatro patas, libre por fin de la tenaza mortal. Tosía y jadeaba, intentando recuperar el aliento.

– ¿Estás bien? -preguntó Susana.

– ¡No! -exclamó.

– Se ha acabado -dijo Moses, mirando el cadáver del sacerdote con una mezcla de asco y fascinación.

– Sí. Se ha acabado -dijo Susana, ayudando a José a incorporarse.

José había recuperado el aliento, pero su cara seguía hinchada y surcada por venas y sus ojos estaban ligeramente abultados.

– Casi se nos escapa de las manos -dijo Susana entonces.

– ¿Quién podía prever esto? Su fuerza…

– Era como la de un zombi - terminó ella.

– Sí. Quizá lo era. O algo parecido. Nadie sigue estrangulando a alguien cuando ha perdido toda la mandíbula, ha sido escalofriante.

– No sé cómo ha funcionado este loco plan.

– Puse los ojos en blanco. Se lo tragó -dijo Moses, con un esbozo de media sonrisa dibujada en su cara.

– Está bien, basta de esto. Vámonos abajo, ¡vamos con los otros!

– S-sí -exclamó José, respirando hondamente.

Pero antes de bajar Moses miró hacia atrás al cadáver del sacerdote, que ahora parecía mirarle directamente a los ojos.

– Eso es por el Cojo, hijo de puta -dijo en voz baja, y desapareció por las escaleras.

* * *

Aranda casi había terminado de exterminar a los zombis cuando Susana, José y Moses aparecieron desde la parte de atrás por la misma abertura que utilizaran Reza y Dustin después de causar la espantosa destrucción de Carranque.

Apenas lo vio, Isabel corrió hacia él. Moses la esperó anegado en lágrimas con los brazos abiertos. Se abrazaron intensamente, y él buscó los labios de ella y los apretó con firmeza con los suyos, y así permanecieron unos instantes, olvidados incluso de respirar.

– ¡Estás viva! -exclamó Moses, sonriendo.

– ¡Tú también! -miró sus ropas desgarradas, sus brazos manchados y la venda en la pierna.

– Dios mío, ¿estás bien?

– Estoy bien, estoy bien, pero ¿dónde has estado? Tenía tanto miedo.

– Ya te lo contaré -dijo, y una sombra cruzó sus ojos, pero luego volvió a abrazarlo y a sentir su corpachón y otra vez experimentó una súbita alegría.

Después de un rato se encontraban todos reunidos. Los zombis habían sido expulsados de las pistas, uno a uno, y las verjas de la entrada aunque dobladas y arruinadas por efecto de la explosión, bloqueadas con grandes cascotes que arrastraron hasta allí. Habían recuperado parte de su hogar, aunque había sido destruido.

Isabel no contó su historia completa, tan solo la parte del rapto y de la valiente actuación de los niños. Por el momento, al menos, prefería guardársela para sí, pero entre los relatos que compartieron juntaron las piezas del puzzle que se había gestado a lo largo de la jornada. Habían sido solo veinticuatro horas, pero de las peores que habían vivido en toda su vida. La noticia de la caída de Uriguen y Dozer fue recibida con especial tristeza, y Susana volvió a sumirse en oscuros pensamientos, aunque no lloró; ya no le quedaban lágrimas.

Justo cuando Gabriel iba a hablarles del motivo que les había llevado a rescatar a Isabel, incluso temiendo que el extraño don de su hermana fuera recibido con suspicacia e incredulidad, escucharon un ruido extraño y lejano.

– ¿Qué es eso? -preguntó Aranda, incorporándose.

– Parece… -dijo Moses sentado junto a Isabel.

Pero no tuvo que decirlo.

Desde el este llegaban, inconfundibles en el cielo azul, dos helicópteros de color verde oscuro.

Hubo expresiones de asombro y gritos de franco júbilo. Moses e Isabel se abrazaron y Alba los miraba con la boca abierta, como si estuviera asistiendo a la mismísima cabalgata de gala de algún parque de atracciones de Disney. Sombra y José empezaron a dar saltos, sacudiendo los brazos para hacerse ver. Pero no hacía falta: los helicópteros viajaban directamente hacia ellos.

Levantando grandes polvaredas los aparatos comenzaron el descenso en mitad de las pistas, a unos veinte metros de donde ellos estaban. Se cubrieron los ojos con los brazos, aunque en las sombras que éstos proyectaban sobre sus caras despuntaban las sonrisas luminosas.

Los primeros en descender fueron dos hombres vestidos con los uniformes del Ejército equipados con subfusiles, que avanzaron unos metros y se quedaron a cada lado, protegiendo el perímetro del helicóptero. Después bajó otro hombre, que se dirigió resueltamente hacia ellos.

Juan ya sabía quién era; lo había intuido desde el mismo momento que vio los helicópteros, al fin y al cabo, fue él mismo quien le reveló su posición.

– Buenos días -saludó el hombre al acercarse, levantando la voz para hacerse oír por encima del ruido de las hélices, que no se habían detenido-. ¿Están ustedes bien?

Hubo síes y comentarios mezclados; todos querían hablar a la vez presas de la excitación.

– Muy bien. ¿Alguno de ustedes es Juan Aranda? -preguntó.

– Soy yo -dijo Aranda, acercándose más a él. -Usted debe ser el teniente Romero.

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