Carlos Sisí - Necrópolis

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El campamento de Carranque vive momentos dulces. Tras haber sobrevivido el ataque del Padre Isidro y sus enloquecedoras huestes de caminantes, los supervivientes se entregan a ensoñaciones y esperanzas de futuro propiciadas por los descubrimientos del doctor Rodríguez. Juan Aranda, su líder, decide utilizar su nueva condición para explorar la ciudad en busca de otras personas que continúen todavía con vida. Sin embargo, han pasado ya tres meses desde que se iniciara la pandemia zombi que asoló el planeta y sobrevivir es cada día más duro. Su periplo personal, no exento de vicisitudes, le aleja de Carranque, donde mientras tanto inciden nefastos designios que amenazan con convertirlo en una ciudad de muertos: una necrópolis.

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Pero cuando apenas había terminado de esbozar esos pensamientos, el primero de los espectros se lanzó hacia delante con las manos extendidas y se precipitó encima de Sombra. Éste cayó hacia atrás incapaz de soportar la tremenda embestida. El arma se disparó en su mano y describió una parábola que acabó desgajando la pintura y la escayola del techo, que cayó sobre ellos formando una nube blanca.

Aranda no perdió el tiempo: se acercó al espectro y lo cogió por las axilas intentando mantenerlo alejado de Marcelo. No era una tarea fácil, era como sujetar un odre de vino que pierde líquido por una desmesurada cantidad de agujeros. Estaba empapado en sangre y resbalaba cuando se agitaba; el olor era repulsivo, metálico, penetrante. Detrás de él Jukkar había cogido la silla y la sujetaba con ambas manos preparado para resistir el ataque de la mujer que venía detrás, bamboleándose con paso errático. Una cascada de sangre corría por la mandíbula y el cuello, manchando su camisa blanca de ejecutiva.

Sombra, de alguna manera, había interpuesto el fusil ametrallador entre él y el zombi, lo que impedía que sus dentelladas lo alcanzaran; tenía el rostro arrugado y mostraba los dientes, esforzándose por mantener el mismo nivel de resistencia en todo momento.

Aranda se giró, nervioso por controlar al tercer zombi. Si dos de ellos iban a por Jukkar a la vez se vería completamente superado. Al volverse, vio al cadáver caer pesadamente sobre el suelo, de bruces, y allí se quedó. Ni siquiera adelantó los brazos para amortiguar la caída. Estaba muerto; una de las balas había entrado limpiamente por encima de la ceja izquierda y le había atravesado el cerebro.

Mientras tanto, la mujer estaba ya encima del finlandés. Jukkar tenía dibujada en su rostro una expresión sublime de horror, pero conseguía mover la silla de forma que sus patas mantenían al monstruo apartado. En un momento dado, el espectro cogió una de esas patas con fuerza y tiró hacia sí; la silla escapó con violencia de las manos del profesor y fue lanzada a la otra punta de la habitación. La mujer chilló, y el grito brotó burbujeante y denso, como si el aire tuviera que pasar por entre espesos cuajarones de sangre.

Jukkar soltó un alarido de pánico: fue un grito agudo y estridente. En los altavoces, el teniente Romero, que lo escuchaba casi todo exclamó algo con la voz sobrecogida, pero nadie lo escuchó.

Juan, determinado a ayudar al doctor soltó al espectro de repente y Sombra sintió sobre sus brazos todo el peso y la fuerza monumentales del zombi. Era como si pesase cien kilos, y a cada segundo que pasaba, la presión parecía redoblarse. Gritó, quizá para hacer acopio de toda su energía, y consiguió contraer las piernas para interponerlas entre él y su enemigo. Quería empujarlo hacia atrás para disponer de tiempo para apuntar, pero sus brazos estaban trabados con fuerza y sólo consiguió levantarlo en el aire. Al estirar las piernas, el zombi voló por encima de él y cayó con estrépito sobre la mesa donde reposaban los micrófonos detrás de su cabeza. El tablero de madera se venció, derrumbándose sobre los ordenadores que emitieron un par de pitidos antes de quedar aplastados. También la estructura metálica donde estaban ancladas las pantallas se vino abajo, y éstas cayeron encima del espectro en medio de una explosión de chispas y fogonazos formando una algarabía tremenda. El zombi se puso tenso, con los brazos extendidos y los dientes apretados; el blanco de sus ojos daba la sensación de refulgir con luz propia, y el aire se incendió con el olor a quemado, a goma arrastrada por la carretera. Después hubo un intenso chispazo en algún lugar de la pared y un par de cables salieron despedidos, como látigos ennegrecidos, para quedar colgando, fláccidos, fuera de la canaleta que los protegía.

El zombi se relajó y se quedó inmóvil, destartalado. Un humo blanco y denso resbaló de sus ropas y empezó a elevarse, perezoso, en el aire. El cortocircuito le había frito el cerebro.

En el lado opuesto, Aranda sujetaba a la mujer con ambos brazos. Ésta se debatía con tremenda violencia luchando por escapar de la presa que la atenazaba. Juan respiraba con extrema rapidez, por la boca, jadeante.

Sombra se incorporó empapado en sangre y se miró las manos manchadas. Era sangre, pensaba con febril excitación, sangre de esas cosas infectadas. Juan tuvo que llamarlo a gritos para recuperarlo de su estado de shock.

aaaarceelooo… maaarcEELOOO… A-YU-DA-MEE

Pestañeó, súbitamente sobresaltado. Giró la cabeza y vio a Juan, haciendo grandes esfuerzos por mantener a aquella mujer apartada de Jukkar. Su boca estaba abierta hasta un extremo imposible, y sus dientes resaltaban entre el color rojo brillante de la sangre. Aún le costó unos segundos escapar de aquella visión que despertaba una cautivadora fascinación en él. Por fin, se acercó al profesor que se había refugiado en sus propios brazos y gritaba una y otra vez la misma palabra: ¡äiti!, ¡äiti! y le agarró de la mano. Tiró de él hasta ponerlo a su espalda y preparó la ametralladora.

Juan, incapaz ya de sujetarla por más tiempo la empujó hacia delante y allí fue acribillada por una nueva ráfaga. Esta vez la salva le recorrió el pecho, le destrozó el cuello y siguió subiendo hasta la cabeza que se deformó completamente: la boca se hundió hacia dentro y volaron dientes y trozos de labio; la nariz desapareció cercenada por un agujero atroz del que brotó un obsceno chorro, y los ojos bellamente redondeados, que una vez enamoraron al hombre que más tarde sería padre de sus hijos, se perdieron en medio de una masa de carne y pestañas.

El cuerpo resbaló por la pared y cayó al suelo flexionándose por las rodillas. Un zapato de tacón de ciento treinta euros, comprado dos días antes de la Pandemia, resbaló del pie y quedó inerte, colgando de los pequeños dedos.

Juan se inclinó sobre sí mismo apoyando las manos sobre las rodillas. La cabeza le daba vueltas, el aire le faltaba y notaba el corazón latiendo a toda marcha como si fuera a escapársele del pecho.

¿Y si hubieran sido más? le preguntó su mente, ¿y si hubiesen sido seis, o diez? Ahora se daba cuenta de cuán inocente había sido. Cuán descuidado. Pese a su particular don había podido hacer bien poco y Sombra no era Dozer. No era José, Susana o Uriguen. No se sobrevive a un ataque zombi armado con una ametralladora a menos que tengas experiencia con ella, que cuentes con el retroceso y su fastidiosa tendencia a desnivelarse verticalmente. Y Jukkar, en semejante trance, era tan útil como un taburete pintado de flores.

– ¿Estáis bien? -preguntó, sin mirar a nadie.

– Hostia -dijo Sombra, dando pasos hacia atrás en un intento de alejarse del cadáver. Aún le apuntaba con manos temblorosas, como si temiese que fuera a levantarse en cualquier momento.

Juan sintió un nuevo ramalazo de inquietud; de pronto había caído en la cuenta de que la habitación estaba en silencio. Ya no se escuchaba el ruido de la emisora. El teniente Romero no estaba ya con ellos.

Se incorporó con agilidad, y observó con creciente horror el estado en el que había quedado la mesa con la estación de onda corta. El aparato estaba tirado en el suelo con parte de una pantalla hundida en su chapa. Uno de los laterales había reventado y dentro asomaban sus componentes electrónicos, inertes como un cadáver. La caja del micrófono asomaba por debajo de la pierna del zombi, manchada con algunas gotas de sangre.

– La emisora -dijo con un hilo de voz.

Jukkar, de nuevo con la tez roja como un indio americano, dejó escapar una exclamación de consternación.

– Joder -dijo Sombra en voz baja.

– No importa -dijo Juan, usando una modulación átona, sin inflexiones. De repente, se sentía muy cansado. -Encontraré otra. Debe de haber un centenar de sitios en Málaga donde hacerme con una, y yo puedo buscar en todos ellos. Vámonos. Vámonos ya de aquí, antes de que surjan más complicaciones.

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