Carlos Sisí - Necrópolis

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El campamento de Carranque vive momentos dulces. Tras haber sobrevivido el ataque del Padre Isidro y sus enloquecedoras huestes de caminantes, los supervivientes se entregan a ensoñaciones y esperanzas de futuro propiciadas por los descubrimientos del doctor Rodríguez. Juan Aranda, su líder, decide utilizar su nueva condición para explorar la ciudad en busca de otras personas que continúen todavía con vida. Sin embargo, han pasado ya tres meses desde que se iniciara la pandemia zombi que asoló el planeta y sobrevivir es cada día más duro. Su periplo personal, no exento de vicisitudes, le aleja de Carranque, donde mientras tanto inciden nefastos designios que amenazan con convertirlo en una ciudad de muertos: una necrópolis.

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– Sí, nos hacemos cargo. Hágalo.

– Mantengo la frecuencia. No se retiren, por favor.

Brotó un breve chisporroteo y desapareció. Juan se echó hacia atrás en el respaldo de la silla, suspirando largamente.

– ¡Cientos de personas! -dijo Jukkar, moviendo la cabeza pensativamente.

– Es una pasada -acordó Sombra. -Ojalá tuviera un cigarro, ¡la ocasión lo merece!

– Granada, quién lo iba a decir -comentó Aranda-, pero me parece un excelente lugar para establecer un refugio.

– ¿Ha dicho algo del campamento Orestes? Sin duda debe haber otros -dijo Sombra.

– Sin duda, pero ¿por qué nunca vinieron a por nosotros?

– Bueno, eso puedes preguntarles.

Esperaron durante quince minutos, hablando animadamente sobre las posibilidades que se les presentaban. El ruido de la estática era fuerte, pero lo mantuvieron a ese volumen para poder captar las voces cuando regresaran. Era tan alto, de hecho, que ninguno prestó atención a los otros ruidos que se producían en otros puntos del edificio: gruñidos agrestes, inhumanos, un ocasional portazo en la lejanía, un golpe sordo que parecía nacer de los mismos pilares del edificio y reverberar por toda la estructura.

– Hola, ¿buenas noches? -dijo una voz de repente. La voz era más pausada que la anterior, madura y casi aguardentosa. Era de madrugada y Aranda supuso que había sido sacado de la cama, en mitad de un profundo sueño.

– ¡Buenas noches, le escuchamos! -dijo Aranda inmediatamente, recuperando su posición de alerta en la silla.

– Sí, le recibimos perfectamente, ¿eh? A ver, soy el teniente Claudio Romero y transmitimos desde la base Orestes, que está emplazada en este momento en la Alhambra de Granada, ahora zona militar protegida y punto tres del Plan de Recuperación en Andalucía. ¿Desde dónde emiten ustedes?

– Buenas noches teniente, transmitimos desde los estudios de Canal Sur en las afueras de Málaga, pero estamos aquí de paso, yo y dos compañeros.

Se escuchó un fuerte carraspeo.

– Por los clavos de Cristo, ¿de paso, dice?

Sombra, con los brazos cruzados y la cabeza ladeada para interpretar bien las palabras, rió brevemente.

– Verá teniente, nuestro campamento está en Málaga, en la Ciudad Deportiva de Carranque, y ahora estamos a unos… -calculó a ojo-… doce kilómetros de distancia. Hemos venido para intentar emitir por radio.

– No podrán -dijo Romero con sequedad- no hay repetidores que funcionen en toda la provincia.

– Eh, bien, pero no lo sabíamos.

– Me tiene usted confundido -confesó el teniente a continuación-. ¿Cómo es la situación allí, cómo han podido recorrer doce kilómetros entre los zombis?

Aranda suspiró. Como ocurrió en el aeropuerto, una diminuta pero estridente voz en su interior le chilló: ¡Cuidado! pero un instante después decidió, casi de forma inconsciente, que no iba a seguir su sexto sentido esta vez. Lo había conseguido, lo tenía ahí delante; era lo que buscaban. La voz había cabalgado sobre las ondas electromagnéticas de la Tierra, rebotado en la ionosfera y permitido el milagro de la comunicación humana, y ahora los reductos civilizados que subsistían sabían al fin de su existencia. Y con lo que llevaba dentro, con la cepa controlada de Necrosum, ¿no sería posible comenzar verdaderamente la reconquista? Si los científicos y gente cualificada como Jukkar lo examinaban, ¿podrían finalmente determinar si estaba en peligro, o no, y comenzar a inocular a otros seres humanos; retomaría el hombre poco a poco las ciudades, el control de las cosas?

Entonces, tras disipar el relámpago de duda, relató por tercera vez en el día la historia que iniciara el doctor Rodríguez con sus investigaciones. Cuando terminó, hubo un lapso de silencio.

– ¿Sigue usted ahí, teniente? -preguntó al fin.

– Sí, seguimos aquí -dijo Romero. -Es un poco difícil de entender lo que usted ha explicado.

– Sí.

Pero Jukkar, que había estado jugando con sus propias manos todo ese tiempo, se adelantó un par de pasos y se inclinó sobre el micrófono.

– Buenas noches, teniente. Me llama profesor Jukkar Kanninen y soy experto en Epidemiología e Investigación Clínica por mi Universidad de Helsinki, ¿usted escucha bien?

– Buenas noches, profesor -contestó Romero tras una nueva pausa-, yo le escucho perfectamente.

– Yo me alegra. Yo debo decir a esto, yo investigado mucho sobre el virus H1N9 que luego nossotra llamamos Necrosum, ¿usted conoce?

– Continúe -dijo el teniente, ahora con cierta prudencia.

– ¡Claro! Yo colabora con su gobierno desde mes de Septiembre en instalaciones en Marbella sobre primero casos, porque H1N9 tenía base de otros virus anteriores que yo descubro en Noruega y también en Groenlandia. Mi trasladaron en Octubre a ereopucrto donde yo debía volar a Madrid para continuar trabajo pero entonces todo kaput, y desde entonces yo no puede tomar contacto. Yo puede dar nombre código de operación que a mí asignada para que usted comprueba, porque lo que señor Aranda ha comunicado a usted es mucho muy cierto, ¡que yo vi con ojos propios! Él puede realmente andar entre muertos.

– Eh… de acuerdo, señor… ¿cómo ha dicho que se llamaba?

– Profesor Jukkar Kanninen.

– ¿Jucar… Quenine?

– J-U-K-K-AR K-A-N-N-I-N-E-N.

– ¿Ha apuntado eso? -preguntó el teniente en voz baja, como si hablara a alguien más en la habitación. -Ok, lo tenemos. Por favor, no mencione su código de operación, ésta es una frecuencia abierta.

– ¡Muy bien!

– Teniente Romero -dijo Aranda entonces, acercándose al micrófono-. ¿Cómo está la cosa por allí, por qué no han venido todavía a Málaga?

– Eh… verán… todo ha sido más complicado de lo que parece. Esas cosas casi acaban con nosotros. Fue muy complicado organizarlo todo, el país estaba desmembrado, sin gobierno, sin altos mandos militares, sin comunicaciones, sin ayuda internacional por supuesto, porque el mundo estaba igual que nosotros. Ningún plan de contingencia sirvió, porque no había estructuras básicas que los hiciesen posibles. La protección civil estaba transferida a las comunidades cada una con sus medios y planes, por lo que hubo un caos horrible. Las poblaciones que resistieron mejor acabaron pasando hambruna y enfermedades. Las características del enemigo nos superaron: no se cansan, son difíciles de matar, nunca interrumpen un asedio. Fueron las Fuerzas Armadas y en particular nosotros, la UME con nuestras divisiones NBQ las que poco a poco retomamos el control, estableciendo un Plan de Recuperación por provincias allí donde ya había reductos más o menos importantes. ¿Ustedes no han tenido ninguna noticia de todo esto?

– No, ninguna -comentó Aranda.

– Bueno, larga historia en pocas palabras. Hace solamente un mes que llegamos a Granada. Por un tiempo nos concentramos en Madrid y conseguimos recuperarla. Fue el centro de operaciones de todo, y allí activamos la Sala de Crisis. Pero después, no sabemos muy bien qué pasó, seguramente intentaron poner en marcha la central nuclear de Trillo, en Guadalajara, ya sin personal cualificado y reventó. Todos los expertos dicen que eso no funciona así; las centrales nucleares no explotan como las bombas, son de fisión lenta, y la fisión lenta no reacciona de esa manera por lo que ya entonces se habló de un acto de sabotaje. No puedo imaginar que alguien quisiera hacer eso. Lo cierto es que la bola de fuego tuvo un radio de tres kilómetros, dejando un cráter de sesenta metros de profundidad -el equivalente a un edificio de veinte plantas- y el pulso térmico produjo quemaduras de tercer grado a todos los que se encontraban a una distancia de catorce kilómetros.

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