No fue hasta que dejó de oírlos cuando encontró la oportunidad que venía buscando y abandonó su escondite para avanzar cojeando hasta la puerta de la casa.
– Tío, casi te vuelo la cabeza -reconoció José. -No lo entiendo, ¿qué es lo que…?
Revisó el rifle, comprobando la palanca del seguro y el cargador.
– Hostia -dijo entonces. -Fue el golpe que le dio ese cura bastardo, ha encasquillado el seguro ¡mira!
– Parece que Isidro te ha salvado la vida -observó Susana contenta de verle. No habían tenido oportunidad de hablar mucho en las semanas que habían convivido en Carranque, pero se despertaban una simpatía mutua.
– Entonces, ¿lo habéis visto? -preguntó Moses.
– Sí, lo hemos visto. Pero lo perdimos, es como si se hubiera esfumado -contestó Susana.
– Oh.
– Pero dinos, ¿qué ocurrió, dónde están los otros? -quiso saber José.
Moses bajó la cabeza, apretando los labios.
– No lo sé. Todo explotó de repente. Yo estaba con el doctor Rodríguez, lo dejé solo con el padre Isidro. Escuchamos la primera explosión y salí a ver qué había ocurrido. El bastardo parecía tan débil, tan acabado.
Siguió durante un rato completando las piezas del puzzle que a ellos les faltaba. El viaje por las alcantarillas, la tremenda explosión que hizo retumbar todo, la traición de Branko, el misterio de los cadáveres en el huerto, y cómo él se había ocultado en el piso de al lado, bajo la cama.
– Dios mío -dijo José dejando escapar una bocanada de aire.
– Pero si Isidro no fue, ¿qué causó la explosión?
Susana se había agachado para examinar el torniquete y la herida, y se incorporaba en ese momento.
– No pinta mal, has tenido suerte. Hay un orificio de entrada y uno de salida. Curará bien, creo.
Moses asintió.
– Pero ¿dónde están Dozer y Uriguen? -preguntó Moses entonces, dándose cuenta por primera vez de que el Escuadrón estaba incompleto.
Susana agachó la cabeza rápidamente, y sólo ese gesto le permitió intuir lo que inconscientemente, ya había temido.
– ¿Están…? -preguntó torpemente-. ¿Ellos han…?
– Sí -contestó José. Su rostro era ahora el vivo retrato de la amargura, y su barbilla temblaba recorrida por pequeños espasmos. Consciente de ello, desvió la cabeza para no ser visto.
– Jesús -dijo al fin, incapaz de encontrar más palabras.
Susana buscó los brazos de José y volvieron a abrazarse, mientras Moses se pasaba una mano por el puente de la nariz, cabizbajo. Permanecieron así unos instantes, silenciosos.
– ¿Qué hacemos ahora? -preguntó Moses al fin.
– No lo sé -respondió José con la voz rota.
– Esperemos a que Aranda vuelva -dijo Susana. -Al menos él estará vivo, debe estarlo.
– ¿Y después?
– Habrá que seguir viviendo. Empezar de nuevo, en otra parte.
Pero ninguno de ellos parecía sentir que les quedaran ya fuerzas para empezar nada. Rodeados por el embriagador olor a madera calcinada y las penumbras de la habitación volvieron a buscar el calor de los brazos, envueltos en recuerdos que se asomaban a su mente como jirones de nubes pasajeras. Recuerdos de convivencia, de los albores del campamento, de escenas aisladas donde Uriguen le llamaba pecholobo, del comedor lleno de gente que sonreía y esperaba ilusionada poder caminar entre los muertos como lo hacía Aranda. Y Moses buscó a Dios en sus oraciones, y los encomendó a todos ellos y rezó. Rezó intensamente, rogando que Isabel estuviera aún viva.
* * *
Dios era misericordioso; siempre perdonaba y siempre proveía.
Tras saltar por el balcón y caer pesadamente al suelo, se había puesto en pie creyendo que había subestimado el poder que Él había puesto en sus manos. Eran apenas seis metros de altura, pero el golpe fue tremendo, y por un momento una negrura infinita nubló su visión. Le costó un poco restaurar el equilibrio, y temió por un hueso roto o algo peor, pero después de unos instantes, estaba en marcha de nuevo, incólume. Elevó una plegaria, suplicando clemencia por haber dudado del don sobrenatural que le había sido concedido. ¿Quién era él para dudar de Su obra, de Su poder infinito?
Había tenido que saltar, sí. El segundo disparo en el pecho no le había hecho más que salir despedido hacia atrás; ni siquiera había sentido dolor. Pero las balas eran peligrosas. Demasiado bien sabía que un impacto directo en la cabeza acabaría para siempre con su Misión, lo que para él tenía cierto sentido. El alma, se decía, está cargada de sentimientos y sensaciones que se producen en el cerebro, botón de arranque de cualquier cosa que pueda sentirse. Sin el cerebro, el alma escapa hacia los cielos, libre ya de las ataduras terrenales.
Y aquella zorra tenía un arma.
Había prometido a su Señor esforzarse aún más, pero le pidió una nueva gracia. Le pidió que le proporcionara algo con lo que hacer frente a los impíos, como cuando puso en su camino explosivos para volar los túneles por los que las ratas escapaban, hacía ya bastante tiempo.
Desde entonces había buscado por todas partes, sin saber muy bien qué. Anduvo por las calles y husmeó en los locales comerciales, en el interior de las casas que encontró abiertas y hasta espió a través de los cristales de los vehículos abandonados, tan empolvados y grises que apenas se diferenciaban unos de otros.
La noche avanzaba rápido, demasiado rápido, y cuando el nuevo día empezó a clarear ligeramente la oscuridad del cielo, se desesperó. Fue justo entonces cuando lo vio, allí mismo, a su alcance. Era un policía que andaba erráticamente a su lado, con los huesos de las costillas asomando por una herida monstruosa. En su cintura, la culata de su pistola Glock reglamentaria asomaba en su cartuchera.
Se la arrebató con un movimiento rápido y la inspeccionó. No sabía mucho de armas, pero se las ingenió para separar el cargador en cuyo lateral había quince agujeros numerados a través de los cuales se podía ver una bala en cada uno. Probó a disparar al policía, y la pistola tronó con un centelleo fulgurante. El espectro se estremeció, sacudiendo la cabeza y abriendo la boca como respuesta al estímulo sonoro.
Aunque parecía hecha de plástico y daba la impresión de ser demasiado liviana para parecer real, resultaba perfecta. Catorce balas; más que suficientes para acabar con aquella putita y su amigo. Corrió entonces de vuelta al edificio y regresó al rellano del primer piso, sembrado con los cadáveres que los impíos habían eliminado.
Con extrema cautela, se asomó por el borde de la puerta y le bastó un segundo para reconocer la figura de uno de ellos, sentado en una butaca con un rifle entre las manos en línea recta con la puerta. Rápidamente, volvió a ocultarse. ¡Seguían allí! Contra todo pronóstico, seguían allí. Se cubrió la boca con una mano ahogando un inesperado brote de risa. Después, rodeó la isla central donde estaban ubicados los tres ascensores y se aprestó a esperar, con la pistola en la mano.
Dormid, ratas se dijo, el padre Isidro no duerme, no se cansa, no come, el padre Isidro puede esperar para siempre. Y cuando salgáis de vuestro agujero ¡el padre Isidro os dará caza!
Aquél iba a ser un buen día.
* * *
El amanecer.
A medida que el Sol empezaba a despuntar por el horizonte, entre nubes bajas de aspecto algodonoso, desgranaba destellos de un naranja coléricamente inflamado. Por fin, la esfera de un color bermellón rompió por encima, reduciendo la intensidad de su color hasta convertirse en un tono amarillo a medida que ascendía hacia el cielo. Las sombras eran largas pero sin sustancia, como los fantasmas de las que habrían de ser cuando el Sol estuviera más alto.
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