Pero mientras retiraba la tapa, Isabel volvió a experimentar una profunda inquietud.
¿Cómo me secuestraron, cómo?
Y cuando se enfrentó a la espantosa imagen del edificio convertido en una ruina humeante, con débiles columnas de cemento despuntando entre los escombros como esculturas deformes de algún artista abstracto, sus preguntas quedaron contundentemente resueltas.
– No… nononono… ¡NO!
Aranda se sobresaltó y agarró los hierros de la escalera de mano para subir tras ella. Pero Isabel no había salido del todo y le impedía pasar, o ver cualquier cosa. Sin embargo todavía olía a humo, y recordó el incidente de la brecha con una preocupación creciente.
– ¿Qué pasa? Isabel, ¡¿qué pasa?!
Isabel terminó de subir a la superficie con las manos apretadas contra el pecho. Estaba ligeramente encorvada, como si le atenazara un profundo dolor.
Juan asomó la cabeza, y lo vio. Su asombro era tal, que abrió la boca para decir algo solo para descubrir que no podía articular palabra. No quedaba nada. La estructura principal había sido demolida, y parte de ésta se había colapsado sobre el ala del comedor que ahora aparecía arrasada con solo parte del muro principal en pie. Por todas partes había cascotes de gran tamaño esparcidos por los alrededores. De repente, parecía que había pasado fuera más de mil años, y que ahora volvía a un lugar deslavazado y castigado por el paso del tiempo.
Y había zombis. Varias docenas de ellos vagando por todo el perímetro.
– ¿Qué… qué ha pasado? -logró decir, saliendo fuera.
Isabel quiso explicarle. Ahora entendía. Pero una infinita amargura la tenía sometida, y con lágrimas en los ojos negó con la cabeza. Sombra emergió a su lado, hipnotizado por la terrible destrucción a la que se enfrentaba.
– No tuve que haberme ido -dijo, mirando los cadáveres que había alrededor. -¡No tuve que haberme ido!
Cogió la ametralladora del cuello de Sombra.
– Dile a Jukkar que se quede con los niños, que no suban.
Y entonces avanzó hacia los zombis disparándoles. Su puntería no era buena, pero podía acercarse a ellos tanto como era necesario para asegurarse un disparo limpio en plena cabeza. No se paraba a mirar atrás cuando caían al suelo convertidos en los cadáveres inertes que siempre debieron ser; avanzaba de uno a otro ejecutándoles, deteniendo la vida sobrenatural que sus cerebros infectados con Necrosum, les proporcionaba.
Y aunque no era un hombre de armas, encontraba una infinita satisfacción en ello.
* * *
Susana se despertó sobresaltada. ¡Eran disparos! José, que había pasado la noche vigilando, ya corría hacia el balcón cuando ella se incorporaba sobre el sofá en el que había quedado dormida. Moses abría los ojos en ese mismo momento con la ropa empapada en sudor. Había tenido sueños terribles en los que Isabel se alejaba corriendo por un túnel oscuro cargando con su pierna cercenada y podrida de gangrena.
Vieron a Aranda, perfectamente reconocible gracias a su cabellera negra recogida con una cola, disparando a los zombis con algún tipo de arma en las pistas. A poca distancia estaba Isabel, en compañía de un hombre al que no consiguieron reconocer.
– ¡El Séptimo de Caballería! -exclamó José, lleno de júbilo pese al cansancio.
– ¡Juan! -gritó Susana, llevándose ambas manos a la boca para conducir mejor el sonido.
Pero los disparos eran fuertes y frecuentes, y no la escucharon.
– Moses, ¡deberías venir a ver esto!
Moses se acercó a ellos cojeando. La pierna le dolía, aunque Susana la había limpiado y vendado fuertemente con unos trapos limpios antes de acostarse.
Cuando vio a Isabel sintió un alivio infinito, y el dolor desapareció de su mente.
– Dios mío, gracias a Dios, gracias -dijo, con la barbilla temblorosa por la emoción. José le dio una palmada en la espalda.
Probaron a llamarles de nuevo, pero los muertos habían hecho crecer en tono su letanía azuzados por los sonidos de los disparos, y tampoco esta vez consiguieron hacerse oír.
– No importa -dijo Moses, con los ojos llenos de Isabel-. ¡Vamos con ellos! A este paso, Juan habrá limpiado Carranque en pocos minutos. ¡Bendito sea!
Se dirigieron entonces hacia la puerta, pero cuando Susana cruzó el umbral la madera del marco estalló con una violencia brutal cerca de su cabeza. El sonido de un disparo reverberó por todo el rellano, rebotando por paredes y techos.
Susana apenas tuvo tiempo de lanzarse hacia atrás, con el corazón encogido.
– ¡Hostia! -exclamó José, cogiéndola por las axilas.
Un nuevo disparo explotó cerca de la pared, arrancando un trozo de yeso que se pulverizó en una fina nube.
– Cuidado -dijo Susana- atrás, ¡atrás!
– Tiene que ser ese hijo de puta -soltó José, apretando los dientes.
– Isidro, sí -dijo Susana, ceñuda.
– Y solo funciona un rifle, ¡coño! -dijo José, mirándose las manos desnudas y sintiéndose impotente sin su arma.
Pero en ese momento Moses se desgarró la pechera del mono de trabajo. José y Susana lo miraron, sorprendidos.
– Tengo un plan -dijo, con el semblante serio.
* * *
El padre Isidro experimentaba ahora una excitación como no la había conocido ni en los días amables de su juventud. Había fallado, sí, pero tenía aún trece balas en el cargador y apuntaba a la puerta sujetando su arma con ambas manos.
Ni siquiera tenía que bajar los brazos para descansar. Llevaba horas así, testigo silencioso de la luz que iba aclarando la oscuridad a medida que el día avanzaba, impertérrito. Había descubierto que su cuerpo ni siquiera sentía la necesidad de pestañear: podía prestar toda su atención a la madriguera de las ratas.
Entonces escuchó un grito, un grito de mujer procedente del interior de la vivienda. A éste le siguió otro, esta vez de un hombre; un grito desgarrador que encerraba todos los matices del pánico. Hubo dos disparos más y el padre Isidro se encontró sumido en un torbellino de pensamientos relámpago. ¿Qué estaba pasando, estaban peleando, las ratas? ¿Alguna rencilla quizá entre sus espíritus corruptos, no era así como acaban los impíos? ¿Acaso el mal no engendra al mal?
Hubo un tercer disparo más y otro grito, esta vez más largo y apagado que terminó desapareciendo ahogado en sí mismo.
Y después, silencio.
Esperó concentrando todos sus sentidos en captar algo, algún sonido que le permitiera obtener más pistas sobre lo que estaba pasando. Casi cuando había decidido asomarse otra vez, escuchó un ruido arrastrado de pasos. La figura parsimoniosa y bamboleante de un hombre empezó a emerger por el umbral, con los brazos ligeramente extendidos. Su ropa estaba desgarrada, su boca y manos manchadas de sangre y sus ojos eran blancos.
¡Era uno de los suyos!
Oh, los designios del Señor eran inescrutables desde luego, pero aquello superaba sus más locos sueños. ¿Era así como acababa todo, con uno de sus soldados sorprendiendo a las ratas por la espalda? ¿Era posible que aquel peón del plan magistral de su Señor hubiese estado oculto en alguna parte de la casa y se hubiera reactivado por mor del disparo? Se levantó de su posición sonriendo con su perfecta dentadura, y avanzó hacia la puerta para espiar el interior.
Y cuando lo hizo, el zombi se giró de repente y le cogió por la espalda pasándole un brazo por el cuello. El padre Isidro no pudo reaccionar a tiempo, tan sorprendido estaba. Le cogió de la cabeza con la mano libre y tiró de él hacia atrás obligándole a curvarse. La pistola cayó al suelo, donde rebotó un par de veces y quedó inerte.
– ¡Lo tengo! -gritó el zombi.
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