Yrsa Sigurðardóttir - Ceniza

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La violenta erupción de un volcán en Islandia obliga a desalojar una pequeña isla. Las cenizas y la lava sepultan una población. Sus habitantes se ven en la necesidad de iniciar una nueva vida en duras condiciones, y muchos abandonan la isla.
Treinta años después aquel trauma parece superado, pero el proyecto Pompeya del Norte decide desenterrar algunas de las viviendas. En las excavaciones de una de las casas, junto a objetos y utensilios cotidianos, se realiza un hallazgo sorprendente: cuatro cadáveres habían quedado ocultos por las cenizas todo ese tiempo sin que nadie sospechara de su existencia. Una abogada se ve forzada a investigar qué había ocurrido realmente con aquellos cuerpos y cómo habían llegado allí. La evidencia de un antiguo crimen hará aflorar una sórdida historia de violencia que parece no haber finalizado todavía, estremeciendo la aparentemente tranquila vida de un pueblo de pescadores.

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María tenía los ojos un tanto achispados, y abrazó a Þóra desde el otro lado de la ancha mesa, de tal forma que casi cayeron las dos encima de esta. «Cariño, qué bien que hayas podido venir». Más llamativo aún era ver a los dos hermanos brindando. Ninguno de los dos estaba realmente borracho, pero tenían las mejillas coloradas y hablaban más fuerte de lo habitual. Leifur se comportaba como todo un señor, no hacía más que repetir a Þóra y a otros invitados de la tienda, a los que ella no conocía de nada, que tomaran algo más…, que había de sobra. Estaba sentado en la parte de la tienda más alejada de la puerta, pero atravesó como pudo la barrera de gente para ir a instalarse en el sofá al lado de Þóra.

– Lo hiciste muy bien -le susurró Leifur al oído, y luego la miró con una sonrisa un tanto estúpida. Antes de que Þóra pudiera preguntar a qué se refería, volvió a inclinarse sobre ella-. Markús está encantado y eso es lo mejor. Aquí, en Heimaey, todo el mundo lo entiende, creo que nunca me han dado tantos recuerdos para mi padre como desde que se corrió la voz de lo sucedido -Þóra asintió con la cabeza y musitó que qué bien-. ¡Un brindis por la abogada! -vociferó Leifur, y todo el grupo levantó sus vasos al mismo tiempo.

Markús imitó a su hermano mayor y sonrió a Þóra con una sonrisa tan estúpida como la suya. Su prohibición de salir del país estaba a punto de concluir y nada apuntaba a que se fuera a prorrogar. Pasó los brazos por encima de su compañero de asiento y lo apretó contra sí. Era un hombre joven, con un disfraz que parecía querer representar un enanito de jardín. Llevaba un gorro rojo con un colgante larguísimo que llegaba a medio metro del suelo, una barba artificial blanca y un gran cuello blanco. Era Hjalti, el hijo de Markús. A diferencia de las demás personas que había allí dentro, no parecía estárselo pasando demasiado bien. Miraba fijamente a Þóra desde debajo de su ridículo gorro, pero apartó los ojos en cuanto se cruzaron con los suyos. Þóra supuso que se avergonzaba de su enternecedor reencuentro con su padre, cuando Markús quedó libre de la prisión provisional, del que Þóra fue testigo. Por respeto a él, procuró no mirar demasiado hacia donde estaba Hjalti. Era más fácil de decir que de hacer, pues Markús estaba diciéndole algo constantemente, a gritos. Una de las cosas que tenía que contarle Markús era que ya había comprado el apartamento en Heimaey para su hijo. Aquello exigía un nuevo brindis multitudinario por Hjalti, que no pareció demasiado contento. Al final, Þóra acabó sintiéndose mal y decidió salir con los niños. Aún había bastante luz y pese a las apreturas de la tienda, Leifur consiguió guardar allí el carrito con paraguas que llevaba Þóra. El suelo de Herjólfsdalur estaba demasiado blando para utilizar el carrito.

Þóra se puso en pie y volvió a colocarse a Orri en la cadera. El niño abrió los brazos, se pegó a ella y colocó la mejilla al lado de la suya. Era tan tierno que a veces Þóra preferiría que no cambiase, ya que no querría tener que recurrir a él toda su vida cuando necesitara consuelo. Apartó de su mente esos pensamientos e intentó recuperar la alegría despreocupada que parecía caracterizar a todos y a todo lo que se movía por el valle. Þóra no sabía por qué se sentía tan extraña y esperaba que no fuera por la llamada telefónica de Bella esa misma mañana. La secretaria había soñado con Þóra y se sintió en la obligación de contarle el sueño a su jefa. En este, Þóra estaba envuelta en cenizas que le salían por la oreja y la boca, y según la página de interpretación de los sueños en que Bella tenía depositada toda su confianza, la ceniza siempre significaba desgracia. Podía tratarse de un anuncio de pleitos, de dificultades y problemas. Þóra se sintió invadida por la sospecha de que si el sueño hubiera predicho algo bueno, Bella no la habría llamado. Se despidió de la secretaria diciéndole que no creía en esos rollos y que más le valdría dejarse de esas tonterías. Pero el caso es que, después, Þóra no parecía ya tan incrédula. Por eso sintió que el fin del caso de Markús la inquietaba un tanto. El asesino de Alda no había aparecido aún, y Þóra no acababa de sentirse a gusto con un caso sin resolver. Había seguido lo que decían los medios de comunicación, pero todo parecía indicar que la investigación se había cerrado en falso.

Þóra sintió extrañeza ante la idea de que mientras duró el caso de Markús, probablemente se encontró alguna vez con el asesino. A su mente acudieron muchos posibles culpables, aunque no todos igualmente probables. En los primeros lugares estaban Adolf, Halldóra Dögg y Dís, la cirujana plástica. Sin embargo, Þóra nunca había visto al colega de esta en la clínica, Ágúst, de modo que no le era fácil sopesar su posible participación.

Pero a las fiestas la gente va a divertirse y no a darle vueltas a lo que ya no se puede cambiar. Þóra se esforzó en esbozar una sonrisa.

– ¿Qué tal si nos damos una vuelta? -preguntó a su hija-. Tienes que enseñar tu nariz.

– Quiero ir de visita a otras tiendas, igual que antes -dijo Sóley. La diadema, demasiado grande, se le caía por la frente-. Son muy chulas.

– No podemos ir metiéndonos donde nos apetezca, pero daremos un paseo para verlas -dijo Þóra-. Hay tantísimas…, y no hemos visto nada más que una parte muy pequeña -se dirigieron hacia la última tienda, que daba a la ladera-. A lo mejor encontramos a Gylfi y Sigga -dijo Þóra mirando sin muchas esperanzas el gentío allí congregado.

Llegaron a la última tienda. De ella no brotaba sonido alguno, ni voces humanas ni canciones, como en otras tiendas.

– ¿Puedo mirar, mamá? -suplicó Sóley-. Solo un poquitito.

Þóra asintió, porque eso no podía hacer daño a nadie. La gente parecía pasear sin rumbo y asomarse a las tiendas sin que a nadie le pareciese raro. Claro que solían ser lugareños o emigrados en busca de amigos y conocidos. Sóley levantó la blanca puerta de lino, olvidándose de que iba a mirar solo un poquitito. Aquella tienda era bastante más pequeña que la de Markús y Leifur, que eran en realidad dos tiendas unidas. Esta tampoco estaba tan ricamente amueblada: un sofá medio roto y dos sillas de cocina. En una de ellas estaba sentada Jóhanna, la hermana de Alda, con una bandeja repleta de tortas y cecina. Un papel de plástico transparente lo cubría aún todo. Jóhanna miró a Sóley sin reconocerla, y luego a Þóra, a quien reconoció al instante.

– Oh, entra -dijo; parecía alegrarse. Se levantó y las hizo entrar-. Hay de sobra de todo -esta frase sonó aún más triste que la primera.

Þóra aceptó la invitación.

– Me alegro mucho de veros -dijo Jóhanna, retirando el plástico de la bandeja-. ¿Qué les gusta a los niños? -preguntó, y empezó a reunir todo lo que había de comer en la tienda.

Sóley cogió una barrita de galleta con chocolate y un vaso de zumo de naranja, mientras Þóra se contentaba con una torta, aunque no tenía nada de hambre. Puso a Orri a mordisquear otra torta, aunque el niño había comido ya suficiente. No era fácil dejar que aquella mujer se llevara la bandeja a su casa sin tocar.

– ¿Ha habido algo nuevo en el caso de Alda? -preguntó Þóra después de tragar, no por calmar su propia curiosidad sino para hablar de algo. No conocía en absoluto a aquella mujer, y eso era lo único que tenían en común.

– Bueno, no sé qué decir -respondió Jóhanna-. Han aparecido muchas cosas pero nada parece indicar quién pudo ser su asesino.

Þóra asintió y mordió otro pedacito.

– Yo sabía que uno de los médicos con los que trabajaba Alda proporcionó cierta información que esperaba que tuviera importancia en el caso -Þóra no había intentado forzar a Bragi a contarle de qué iba esa información, aunque no habría sido difícil.

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