Yrsa Sigurðardóttir - Ceniza

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La violenta erupción de un volcán en Islandia obliga a desalojar una pequeña isla. Las cenizas y la lava sepultan una población. Sus habitantes se ven en la necesidad de iniciar una nueva vida en duras condiciones, y muchos abandonan la isla.
Treinta años después aquel trauma parece superado, pero el proyecto Pompeya del Norte decide desenterrar algunas de las viviendas. En las excavaciones de una de las casas, junto a objetos y utensilios cotidianos, se realiza un hallazgo sorprendente: cuatro cadáveres habían quedado ocultos por las cenizas todo ese tiempo sin que nadie sospechara de su existencia. Una abogada se ve forzada a investigar qué había ocurrido realmente con aquellos cuerpos y cómo habían llegado allí. La evidencia de un antiguo crimen hará aflorar una sórdida historia de violencia que parece no haber finalizado todavía, estremeciendo la aparentemente tranquila vida de un pueblo de pescadores.

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– No murió como yo quería. Vomitó las medicinas, de modo que no tuvieron el efecto esperado. Yo tenía un tiempo limitado, y tuve que recurrir a medidas desesperadas. Aquello tenía que parecer un suicidio, y yo esperaba que no descubrieran el bótox en la lengua. Lo dejé en la mesilla de noche para mayor seguridad. Si encontraban la sustancia en su cuerpo, podrían pensar que Alda había decidido poner fin a su vida de ese modo. Sus huellas dactilares estaban en el vaso y la jeringuilla. Naturalmente, tuve la precaución de ponerme guantes.

– Así que fuiste allí expresamente a asesinarla -preguntó Guðni, abrumado.

– Sí, así es. Dada la situación, no había otra posibilidad. Lo había intentado absolutamente todo. Y aquello había sido por su culpa. Naturalmente, me quedé hecho polvo al ver que el bótox no funcionaba como debía, y tuve que intervenir. Solo quería paralizarle la lengua. Uno siempre oye hablar de gente que se ahoga en sus propios vómitos. Eso es lo que tenía que parecer. Ella seguía teniendo arcadas. Yo sabía que tenía el bótox en casa porque me lo había puesto unos meses antes. Esa noche fui con la excusa de que me pusiera más. Me puso una inyección antes de que yo…, ya sabéis.

Þóra cerró los ojos. ¿Nunca iba a acabar aquello? Estiró el cuello para comprobar que Orri seguía durmiendo en el carrito y Sóley estaba sentada jugando a la oca con el policía encargado de atenderla mientras se procedía al interrogatorio. Sóley se cansaría enseguida y no querría seguir jugando. Þóra estaba decidida a desaparecer en cuanto eso sucediera, pasara lo que pasase. Estaba ya más que harta y el hombre que tenía sentado a su lado no parecía necesitar asesoramiento legal alguno. Había decidido confesar y decir toda la verdad, de modo que ella no era de gran utilidad. Ningún abogado podría hacer nada por él. Þóra tenía que controlarse para que sus sentimientos no salieran a la superficie. Se sentía totalmente engañada, como una imbécil, y nada deseaba más que apartarse de aquel caso, pero su conciencia no se lo permitía. Guðni no parecía estar mucho mejor. También él se había dejado engañar, era evidente. El asesino parecía haber jugado con todos excepto, si acaso, con el comisario Stefán. Pero ahora había llegado el momento de saldar deudas.

– Markús, ¿no preferirías dejar de hablar? -dijo Þóra sin mirarle-. Probablemente tendré que marcharme enseguida -aún seguía desconcertada por cómo había conseguido manipularla.

– Sí, es mejor que acabemos cuanto antes -dijo Guðni-. ¿El agente inmobiliario prestó falso testimonio? ¿Le pagaste por decir que reconoció tu voz al teléfono?

– No -respondió Markús-. Realmente escuchó mi voz.

– Pero el teléfono, o la tarjeta, se pudo localizar, y se encontraba en las proximidades de Helia, si no recuerdo mal. Markús, si ahora nos estás diciendo la verdad, tú no podías estar allí. De modo que está claro que el agente inmobiliario no pudo hablar contigo. ¿Por qué mintió ese hombre, para favorecerte? ¿Porque tú o tu hermano sois buenos clientes suyos? ¿Y quién respondió al teléfono entonces?

– Yo estoy diciendo la verdad, y el agente inmobiliario tampoco miente. En realidad, yo no llevaba mi teléfono encima-dijo Markús. Habían empezado a desaparecer los efectos del alcohol y no hacía más que humedecerse los labios con la lengua-. Mi hijo fue con mi coche hacia nuestra casa de campo y era él quien llevaba mi teléfono. Yo esperaba que alguien recordara haber visto el coche por allí a aquellas horas; eso haría mi coartada más creíble. En realidad no apareció ningún testigo en todo el recorrido, pero eso careció prácticamente de importancia. A cambio, yo había tomado prestado el coche de mi hijo.

– No comprendo lo de la llamada telefónica -dijo Guðni-. ¿La voz de tu hijo se parece a la tuya?

– No, en absoluto -respondió Markús-. Lo tenía todo muy bien preparado. Compré dos teléfonos móviles y les puse unas tarjetas libres sin identificación que compré en otra tienda. Así que le di a mi hijo Hjalti los dos teléfonos, el mío y uno de los que había comprado con tarjeta libre, mientras que el otro lo llevaba yo. Así que esa noche llamé a mi móvil desde el teléfono fijo de Alda; para que no sospechara, le conté que había olvidado el mío en el trabajo. Hjalti respondió e intercambiamos algunas palabras. Luego nos despedimos sin más, y yo me puse manos a la obra -Markús hizo una pausa en su relato para respirar, y Þóra pensó que a lo mejor su conciencia le estaba acuciando o quizá sencillamente quería conceder un momento de descanso a sus cuerdas vocales.

Markús prosiguió:

– Había hecho una oferta bastante baja por un apartamento que elegí casi al azar, y encargué del asunto a un agente inmobiliario que era conocido mío. Tenía que asegurarme de que fuera capaz de confirmar que la persona con quien hablaba era yo. De poco servía hablar con alguien que no fuera capaz de asegurar que yo estaba al otro lado del teléfono. Hice que la oferta expirara a las ocho y que el agente me prometiera llamarme al móvil inmediatamente después para informarme del resultado. Justo un poco antes de las ocho, Hjalti llamó desde el número no registrado que le había dejado al de tarjeta libre que llevaba yo, y mantuvimos la línea abierta hasta que llamó el agente. Entonces Hjalti descolgó mi móvil desde el campo y juntó los teléfonos para que el altavoz de uno coincidiera con el micrófono del otro. Así pude hablar con el de la inmobiliaria sin que nadie pudiera rastrear la llamada. Hubo pequeñas interferencias, pero le dije que era porque estaba conduciendo, que iba al campo. No le extrañó. Yo había probado el método y funcionaba perfectamente.

Þóra miró asombrada a Markús. Naturalmente, sentía deseos de hacerle cientos de preguntas, pero de momento era Guðni el encargado de eso. La situación de Markús era ya suficientemente difícil sin necesidad de que Þóra ayudase a la policía en el interrogatorio. Su función consistía en ayudar y asesorar a Markús, aunque no veía muy claro qué clase de consejos podía darle en aquellos momentos. Lo único que se le ocurrió fue intentar demostrar que Markús no era imputable, pero él parecía decidido a contar lo que fuera para proteger a Hjalti.

– ¿Sabía tu hijo de qué iba todo aquello? -preguntó Guðni.

– No. Lo único que sabía era que si me hacia ese favor yo conseguiría comprarle un apartamento en Heimaey. Lleva mucho tiempo con ese sueño. Pero me temo que no va a poder disfrutarlo mucho. Está tremendamente alterado el pobre desde que se dio cuenta de en lo que andaba yo metido.

– Pero ¿por qué lo hiciste, Markús? Todos pensábamos que estabas loco por Alda, y que tú eras la última persona que podría hacerle daño -la pregunta de Guðni parecía surgida del fondo de su corazón.

– Ya te lo he dicho -respondió Markús, ofendido-. Intenté evitarlo y le di mil oportunidades para solucionarlo de otra forma. Pero no fue posible, eso es todo.

– ¿Solucionar qué? -preguntó Guðni.

– Hombre, lo de la cabeza -dijo Markús, como si eso lo explicara todo. Miró alternativamente a Guðni y a Þóra, pero ninguno de los dos parecía capaz de entenderlo-. Fui yo quien le cortó la cabeza a ese hombre -dijo-, no Alda. Lo hice por ella, pero ni me dio las gracias; igual que siempre.

– Dices que le cortaste la cabeza… -dijo Guðni con tranquilidad-. ¿No estabas durmiendo borracho en casa cuando se cometieron los crímenes?

– No estaba tan borracho, no -respondió Markús-. Borracho, pero no demasiado. Me dormí, pero desperté cuando sonó el teléfono a media noche. Era Geiri, el padre de Alda, que le pedía a mi padre que fuera a su casa a discutir una oferta que les había hecho Daði para no desvelar el asunto y ayudarles. Mi madre se despertó también y se levantó. Cuando vio el estado en que se había quedado mi padre desde que había vuelto del puerto, que se había sentado en la cocina y permanecía inmóvil, se acercó a él y al final consiguió que le contara lo que había pasado. No sabían que yo estaba despierto y me estaba enterando de todo lo sucedido. Supe que mi padre y Geiri habían matado a aquellos hombres, y lo que uno de ellos le había hecho a Alda. También oí a mi padre decir dónde estaban los cuerpos, en un yate que se encontraba amarrado en el puerto. Salí sin que nadie se diera cuenta en cuanto mi padre se fue a casa de Geiri y mi madre se encerró llorando en su habitación, y bajé al puerto. Encontré el yate con los hombres dentro, le corté la cabeza y los órganos sexuales al que pensé que sería el que violó a Alda, y me la llevé para enseñársela. Creía que eso la ayudaría a superar el trauma.

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