Yrsa Sigurðardóttir - Ceniza

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La violenta erupción de un volcán en Islandia obliga a desalojar una pequeña isla. Las cenizas y la lava sepultan una población. Sus habitantes se ven en la necesidad de iniciar una nueva vida en duras condiciones, y muchos abandonan la isla.
Treinta años después aquel trauma parece superado, pero el proyecto Pompeya del Norte decide desenterrar algunas de las viviendas. En las excavaciones de una de las casas, junto a objetos y utensilios cotidianos, se realiza un hallazgo sorprendente: cuatro cadáveres habían quedado ocultos por las cenizas todo ese tiempo sin que nadie sospechara de su existencia. Una abogada se ve forzada a investigar qué había ocurrido realmente con aquellos cuerpos y cómo habían llegado allí. La evidencia de un antiguo crimen hará aflorar una sórdida historia de violencia que parece no haber finalizado todavía, estremeciendo la aparentemente tranquila vida de un pueblo de pescadores.

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– Acabamos de adoptar una decisión -dijo.

– ¿Y? -preguntó Þóra, cruzando los dedos. Lo último que le apetecía en aquellos momentos era una comparecencia ante el tribunal-. ¿Cuál ha sido el resultado?

– No solicitaremos la prórroga de la prisión preventiva de Markús, pero pediremos una prohibición de salir del país -dijo Stefán. No la miró a los ojos.

– ¿Una prohibición de salir del país? -dijo Þóra con calma. De dos males, la prohibición de salir del país era mil veces mejor que la prisión preventiva, pero al mismo tiempo era mucho más probable que el juez la concediera. Muy hábil por parte de los policías: sacar a Markús de la cárcel pero sin soltarle del todo. Þóra se puso en pie-. Entonces será mejor que vaya a cambiarme de ropa -dijo, dibujando media sonrisa-. Nos vemos dentro de un rato.

¿Cuánto podría leer en un cuarto de hora sobre las prohibiciones de salir del país?

– Me importa un rábano esa prohibición de salir del país, Þóra, así que no hay nada de qué hablar -dijo Markús con voz triunfante-. No se me ha perdido nada en el extranjero y de todos modos no pensaba salir del país por ahora. Estoy más que feliz de salir de la cárcel. Con eso me basta -puso la mano sobre el hombro de Þóra-. Muchísimas gracias, y perdona las barbaridades que te he dicho algunas veces. No podía controlar mis nervios.

Þóra le sonrió. El dolor de la cabeza había desaparecido y se sentía relativamente bien pese a haber perdido su recurso contra la prohibición de salir del país. Lo achacaba en buena parte a la declaración de Markús, que para él aquella prohibición no representaba perjuicio alguno; utilizó las mismas expresiones que con ella: que no se le había perdido nada en el extranjero.

– Si tú estás conforme, Markús, yo tengo que estarlo también. Ahora basta con confiar en que la policía encuentre al culpable para que tú puedas pasar página.

– Sí, te lo agradezco infinito -dijo, optimista y feliz de la vida-. Con el tiempo lo descubrirán. Y si no…, pues qué le vamos a hacer -respiró hondo, había dejado de llover y el aire se había quedado totalmente transparente con los aguaceros de la mañana. Iban hacia el bufete de Þóra en Skólavörðustígur, donde les esperaba su hijo. Al final, Þóra le había recomendado al muchacho que fuera allí si no quería esperar en los juzgados, por si algo acababa torciéndose. Aunque se fiaba de Stefán y del abogado, no estaba cien por cien segura de que no volvieran a cambiar de opinión al tener al juez delante, y acabaran pidiendo la prórroga.

– Es un día magnífico -dijo Markús, que parecía dirigir sus palabras tanto a los viandantes como a Þóra.

Evidentemente, había abandonado las preocupaciones por su padre, pues Þóra le explicó que todo aquello no significaba nada para él, a la vista de su estado. Lo más difícil sería probablemente para su madre, pero era una mujer de mucho carácter y lo superaría. Þóra también hizo énfasis en que la gente no juzgaría con demasiada dureza a Magnús y sus compañeros, porque lo que hicieron fue para vengar una violación. Alda era todavía casi una niña cuando se produjo. Cuando se hablaba de agresiones sexuales a niños, había oído a varios padres asegurar que si alguien le hacía algo así a un hijo o una hija suyos, matarían al canalla. De forma que a la gente le sería difícil juzgarles con dureza, aunque también hubieran muerto tres inocentes.

– Un día magnífico, sin duda ninguna -repitió Markús en voz bien alta.

Þóra estaba a punto de mostrarse de acuerdo cuando vio a la madre y la hermana de Alda que se alejaban de Fríkirkja e iban subiendo por la calle Lækjargata. La policía las dejó terminar el funeral, aunque con un límite de tiempo, porque necesitaban acceder nuevamente al cadáver. También exigieron que un policía de paisano estuviera presente, y Þóra suponía que se trataba del joven con camisa azul clara que seguía de cerca a madre e hija.

Después de que Þóra explicara a la policía la cadena de acontecimientos, se supo que durante la autopsia extrajeron el útero de Alda. Se les había pasado por alto examinarlo por si mostraba cicatrices de cesárea. Al acabar el estudio volvieron a meterlo en el vientre, que cosieron para cerrarlo. El departamento de investigación necesitaba disponer de nuevo del cadáver antes de proceder a su sepultura. Lo antes posible, porque cuanto menos tiempo pasara el cuerpo fuera del refrigerador, tanto mejor. Jóhanna llevaba a su madre cogida por los hombros, confortándola.

Þóra aceleró el paso para impedir que les vieran, a Markús y a ella, aunque Markús no pareció darse cuenta de nada cuando ella le agarró por el brazo para que se diera prisa. Consiguieron desaparecer torciendo por delante del restaurante Lækjarbrekka, y Þóra pudo aflojar el paso. Oyó un pitido en el teléfono y lo cogió.

– Si hay algo que yo pueda hacer por ti, mi querida Þóra, prométeme que me lo dirás -dijo Markús mientras Þóra observaba la pantalla.

Þóra levantó la vista. Acababa de recibir un SMS de su hijo Gylfi. Le recordaba que tenía que buscar alojamiento en Heimaey para la fiesta. Þóra miró a Markús, que tenía una sonrisa de oreja a oreja.

– Pues en realidad sí hay una cosa que me alegraría enormemente -dijo, respondiendo a su sonrisa.

Capítulo 37

Sábado, 4 de agosto de 2007

Þora llevaba a su hija Sóley cogida de la mano con tanta fuerza que la pequeña se quejaba. Aflojó la presión, pero siguió agarrando con la fuerza suficiente para que la manita no se escapara de la suya. Había tal muchedumbre que Þóra estaba segura de que si se le iba por un instante, no volvería a encontrar a Sóley. Naturalmente, a ella no se le habría ocurrido nunca meterse en la vorágine que había delante de un kiosco en el que vendían toda clase de adornos para fiestas campestres. Pero era difícil decirle no a Sóley, que se quedaba pasmada mirando a todos los que llevaban gafas de sol con luces intermitentes, máscaras, sombreros, collares, banderitas o todo al mismo tiempo. Sóley creyó llegar al súmmum de la felicidad al descubrir un kiosco repleto de cosas de esas. Þóra se acomodó a Orri en la cadera, iba sujeto a su abuela con tanta fuerza como ella a Sóley, y tuvo la sensación de que serían necesarios cuatro adoradores desaforados de las ferias populares para separarlos a los tres.

– Quiero una nariz -dijo Sóley empinándose sobre las puntas de los pies para ver qué más había-. Y esa diadema con bombillitas de colores.

Después de comprar esos imprescindibles adornos de fiesta, salieron como pudieron de la muchedumbre. Þóra estaba cansada de cargar con Orri, que ya tenía casi un año y estaba bastante grande para su edad. Se dirigió hacia una zona vacía, por debajo de las blancas tiendas de campaña de los lugareños.

Se sentaron en una pequeña vaguada cubierta de hierba, y Sóley quitó el envoltorio de sus adornos y se los puso.

– ¿Estoy guapa? -preguntó con una sonrisa de oreja a oreja.

Þóra le sonrió también y asintió con la cabeza mientras Orri estiraba los brazos para intentar coger la roja nariz de pega. Sóley se alejó un poquito y se dedicó a embromarle a base de acercar la nariz, para echar atrás la cabeza en cuanto intentaba cogerla. El tiempo era magnífico y Þóra aún no había visto a nadie borracho o drogado. La fiesta fue toda una sorpresa para ella, y ya era suficientemente entretenido ver que todos se lo estaban pasando tan bien que no lo estropeaban inflándose de alcohol. Cruzó los dedos, con la esperanza de que ese fuera también el caso de Gylfi y Sigga, pues no les había visto desde que llegaron al recinto de la fiesta, que se celebraba en un vallecito llamado Herjófsdalur, en los terrenos destinados a aparcamiento de camiones. Allí, la joven pareja se encontró con sus amigos y se fueron con ellos a los conciertos, mientras Þóra se quedaba con los más jóvenes. Luego buscó la tienda de Markús y Leifur y, después de cansarse recorriendo los estrechos senderos que había entre las tiendas, que eran todas iguales, la encontró por pura casualidad. La recibieron como a una reina en la tienda, que estaba llena a rebosar, y le ofrecieron frailecillo ahumado y vino tinto. A Sóley y Orri les dieron bollitos y leche con cacao, como corresponde. Þóra estaba preocupada por que Leifur y María pudieran mostrarse recelosos con ella, pero no sucedió lo que esperaba y Markús le había insistido mucho en que se pasara a verles. Afortunadamente, no estaba Klara, la madre de Leifur y Markús, porque Þóra pensó que seguramente no habría mostrado la misma amabilidad. La tienda estaba increíblemente acondicionada. Habían instalado tres sofás, una nevera y una mesa grande; por si fuera poco, hasta había fotos colgadas en las paredes.

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