Yrsa Sigurðardóttir - Ceniza

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La violenta erupción de un volcán en Islandia obliga a desalojar una pequeña isla. Las cenizas y la lava sepultan una población. Sus habitantes se ven en la necesidad de iniciar una nueva vida en duras condiciones, y muchos abandonan la isla.
Treinta años después aquel trauma parece superado, pero el proyecto Pompeya del Norte decide desenterrar algunas de las viviendas. En las excavaciones de una de las casas, junto a objetos y utensilios cotidianos, se realiza un hallazgo sorprendente: cuatro cadáveres habían quedado ocultos por las cenizas todo ese tiempo sin que nadie sospechara de su existencia. Una abogada se ve forzada a investigar qué había ocurrido realmente con aquellos cuerpos y cómo habían llegado allí. La evidencia de un antiguo crimen hará aflorar una sórdida historia de violencia que parece no haber finalizado todavía, estremeciendo la aparentemente tranquila vida de un pueblo de pescadores.

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– ¿Te encuentras mal? -le preguntó la mujer en islandés, acercándose a la cama.

Tinna se tranquilizó un poco.

– Tengo que hablar con mamá -respondió. El tono de su voz sonaba quejoso, aunque no era esa su intención-. Ahora mismo.

– Tu madre vendrá esta tarde -dijo la mujer inclinándose sobre Tinna. Le levantó un párpado y le examinó el ojo-. ¿Cómo te encuentras? - Nosotros lo sabemos todo.

– Quiero hablar con mamá. Tengo que hablarle de ese hombre. Nadie sabe lo de ese hombre, solo yo.

– Sí, sí -dijo la mujer-. Venga, venga - Pobrecita. Nosotros lo sabemos todo-. Creo que ya es hora de que te tomes la medicina, cariño. Luego te sentirás mejor.

La mujer se dio media vuelta y salió de la habitación.

– Tengo que hablar con mamá. Sé el nombre y todo.

La mujer ni siquiera la miró. Al poco regresó e hizo que Tinna se tomara cuatro pastillas blancas. Le levantó la cabeza de la almohada y le puso el vaso de agua en los labios. Hizo pasar el frío líquido entre los labios de Tinna y le sostuvo en alto la barbilla por un momento para asegurarse de que la niña se lo tragaba todo. Tinna tosió débilmente porque algunas gotas se le habían ido por mal sitio.

– Se puede averiguar el nombre entero. Se le cayó un papel.

– Venga, cariño -dijo la mujer con una sonrisa-. Ahora deberías dormir un ratito y cuando te despiertes tu madre ya estará aquí, cariñito.

Su madre llegó poco después pero Tinna estaba aún bajo los efectos de los medicamentos y se pasó dormitando todo el tiempo de la visita. Cada vez que abría los ojos veía lo mismo: a su madre llorando.

– Yo puedo averiguar cómo se llama ese hombre, mamá -su voz estaba tan abotagada como su lengua. Quería agua, pero era mucho más importante explicar aquello. Tenía que hacerlo-. Se llama Hjalti -dijo-. No pude leer el patronímico, estaba muy mal escrito -su madre le pasó la mano por la frente y siguió llorando-. Ese hombre malo. Se llama Hjalti, mamá.

Su madre se secó las lágrimas.

– Chiss, Tinna. Duerme, duerme.

Tinna se rindió y cerró los ojos. Nosotros lo sabemos todo.

Capítulo 36

Martes, 24 de julio de 2007

Aunque no se hubieran podido desentrañar aún todos los detalles, aquellos sucesos acaecidos tanto tiempo atrás habían empezado a tomar forma. Þóra no recordaba la última vez que había hablado tanto… sin estar borracha. A pesar del cansancio de las mandíbulas y de la sequedad de boca, estaba satisfecha con el discurso, pues sus palabras parecían que iban a tener el efecto deseado. Stefán, el comisario de policía, y el abogado de la policía estaban llegando ya a la misma conclusión que ella: que Markús era inocente. Los tres estaban sentados en el despacho de Stefán, adonde había llegado Þóra a todo correr después de hablar con la madre de Alda en la iglesia. Aunque faltara una hora para la vista de la solicitud de prórroga de prisión provisional ante el Tribunal de Distrito, Þóra estaba casi segura de que el caso se decidiría a su favor. Habían enviado unos hombres a buscar a la madre de Alda, pero el interrogatorio formal lo aplazaron en consideración al funeral. Stefán se contentó con charlar brevemente con la mujer para confirmar la historia de Þóra. Un policía de paisano la acompañaría el resto del día por si se daba el improbable caso de que quisiera desaparecer. Þóra la vio cuando la acompañaban a la comisaría. Caminaba abatida y con el rostro inexpresivo.

Era de todo punto imposible ponerse en su lugar. ¿Cómo puede sentirse una mujer que tiene que enfrentarse a un tremendo error cometido en la educación de su hija? Þóra se veía incapaz de comprender cómo era posible enviar a una hija en dificultades al extremo noroeste del país para que tenga un hijo para otra mujer; un hijo que además había sido concebido de una forma inimaginable. Cuando se lo explicó a Þóra, la madre de Alda parecía casi un espectro. Se daba perfecta cuenta de que no era por falta de sentimientos. La anciana le explicó que Valgerður y Daði querían que Alda tuviese el niño con el nombre de Valgerður, pues ellos no tenían posibilidad de adoptarlo por los cauces habituales. Lo habían intentado, pero se lo habían denegado por sus malas relaciones familiares. En aquellos tiempos no existía la adopción internacional. Y estaba descartado que Valgerður se pudiese quedar embarazada. Aquella era su única esperanza de ser padres.

Para que el engaño pudiera funcionar, Daði y Valgerður tuvieron que irse a vivir con Alda a un lugar apartado, procurando que se relacionara con la menos gente posible y que acudiera a las mínimas revisiones posibles durante el embarazo. Alda tuvo que aparentar que era bastante mayor de lo que era en realidad, las pocas veces que estaba con otras personas, a fin de no despertar sospechas. Según la madre de Alda, no le resultaba tan difícil después de la violación; fue como si en los ojos de Alda se hubiera apagado toda vida, y se volvió indiferente consigo misma. En el noroeste, los tres se instalaron en una granja que se encontraba vacía y era propiedad de la familia de Valgerður. Los esposos tuvieron el cuidado de ir algunas veces de visita a casa de amigos y conocidos de los alrededores, y Valgerður aparentaba estar embarazada para completar el guión. De forma que nadie sospechó nada. Las cosas se hicieron más complicadas, sin embargo, cuando llegó el momento del nacimiento. La intención era que Alda lo tuviese en casa con ayuda de Valgerður, pero al surgir dificultades, tuvieron que llevar a Alda a toda prisa al hospital de Ísafjörður. Allí nació el niño con cesárea.

Alda permaneció en cama más tiempo que otras mujeres, tanto para recuperarse de la cesárea como porque tuvo una infección a causa de la operación. Nadie hizo comentario alguno sobre la juventud de la madre, ni puso en duda que se tratara de Valgerður Bjólfsdóttir. Los empleados del hospital, en cambio, sí se quedaron un tanto sorprendidos por la conducta de Alda con su hijo. Parecía carecer de cualquier interés por él y se negó a darle el pecho. Pero pensaron que todo se arreglaría cuando diesen el alta a la madre y el hijo. La comadrona que les atendía en Hólmavík informó al hospital de que la situación había cambiado a mejor, aunque la madre no daba el pecho al niño. La mujer en cuestión no trabajaba en el hospital, por eso no se dio cuenta de que el motivo de aquel cambio era que la madre era ahora otra diferente. Daði no tuvo problema alguno para impedir las visitas al hospital, pues él y su mujer no eran en aquella región mucho más populares que en las Vestmann. Alda salió con el alta unas dos semanas después, con Daði a su lado y un varoncito recién nacido en los brazos. Fue a la granja a recoger sus cosas y se marchó. El niño se quedó con Valgerður y Daði. De forma que el hospital de Ísafjörður no cometió ningún error con los antibióticos cuando Valgerður ingresó allí mismo treinta años después. Fue la crueldad del destino lo que hizo que administraran penicilina a Alda cuando tuvo la infección después del parto…, un antibiótico al que la auténtica Valgerður era alérgica desde mucho tiempo antes.

La madre de Alda dijo que esta jamás había hablado de su hijo, que no quería saber cómo se llamaba ni tener ninguna noticia de él. Þóra no se lo reprochaba. Aquel hijo no había sido bienvenido a este mundo, a los ojos de Alda, y jamás lo había «tenido» en el sentido habitual. Así que era comprensible que pusiera un punto final a aquella experiencia y fijase su mirada en el camino que quedaba por delante. En cambio, Þóra podía imaginarse perfectamente que la situación hubiera cambiado con el paso de los años, sobre todo cuando vio con claridad que no tendría más hijos. Þóra no sabía si Alda había descubierto ya a Adolf antes de que Halldóra Dögg le acusara de violación o si sumó dos y dos al ver su patronímico y la fecha de nacimiento de aquel hombre. Fuera como fuese, debió de ser un duro golpe para Alda descubrir que su único hijo, el hijo de un violador inglés, seguía las huellas de su padre. Sin duda, aquello abrió viejas heridas. Alda debía de conservar algún sentimiento hacia su hijo, e incluso pudo haber tenido remordimientos de haberse visto obligada a entregarlo y separarse de él. Aquello explicaría las llamadas telefónicas a Adolf; al principio acusadoras, después suplicantes. Alda le había juzgado con demasiada dureza. Y cuando se dio cuenta de quién era, tal vez, pensó que le había traicionado. Þóra pensó si a lo mejor había decidido compensarle proporcionando a Adolf una información que demostrara su inocencia, al mismo tiempo que le revelaba su origen. Pero Adolf hizo oídos sordos a sus palabras y se negó a verla; no quería ver a una mujer que él consideraba que ponía en peligro sus recientes esperanzas de riqueza. Cuando se dio cuenta de que podía heredar de Alda, las cosas pintaron de modo muy distinto. Pero para Alda ya era demasiado tarde.

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