Þóra le dio las gracias, pero dijo que no podía ir:
– No, tengo que volver a casa. Vengo solo a por el carrito.
– Dale el carrito, Hjalti -dijo Leifur, aún con más dificultades que Markús para hablar.
El muchacho se levantó sin mirar a Þóra. Se había quitado la barba postiza pero seguía llevando el gorro rojo. Parecía muy nervioso, y Þóra ya estaba un tanto extrañada. A lo mejor era uno de esos a los que les sentaba mal la bebida… o quizá le avergonzaba que su padre estuviera siempre con la copa en la mano. Levantó el carro y se lo pasó con torpeza desde el otro lado de la tienda. Þóra no consiguió agarrarlo porque llevaba al niño en brazos, pero María, la mujer de Leifur, cogió el carro y, con bastante esfuerzo, consiguió abrirlo y colocarlo delante de Þóra, que no se atrevió a sentar a Orri por miedo a que se plegara. La mujer se mantenía con dificultad sobre las piernas, y casi perdió el equilibrio cuando se abrió la puerta de la tienda.
Por el gesto que puso Leifur, Þóra se dio cuenta de que la visita que estaba en el umbral no era precisamente bienvenida. Las comisuras de la boca de Markús bajaron un poco, aunque por lo demás su rostro no mostraba emoción alguna. Þóra estaba de espaldas a la entrada, pero miró para comprobar quién era. Era la madre de Alda. Parecía tan destrozada como cuando Þóra la vio después del funeral. Aunque en su porte había algo más de firmeza.
– Es posible que mi Geiri y vuestro padre fueran amigos -dijo la anciana, al principio con timidez, pero su determinación fue creciendo con cada palabra-. En cambio, yo nunca he podido aguantar a Magnús. Y es que el destino fue más amable con él que con los demás, al menos hasta hace poco. Decidió continuar con la empresa y pescó más que nunca. Cargó con las culpas de Daði, pero la erupción hizo que el contrabando se olvidara. Y podría seguir con más cosas. Sus hijos habéis podido seguir dependiendo de vuestro padre todo este tiempo. La gente se pone de puntillas a vuestro alrededor, sobre todo contigo, Leifur.
– ¿No sería mejor hablar después de la fiesta? -preguntó Leifur; parecía que la borrachera se le hubiera pasado repentinamente-. Comprendo lo que estás pasando, pero ahora no es el lugar ni el momento.
– No, Leifur -respondió la anciana-. Ahora no eres tú el que manda. Tengo algo que deciros, y dudo que después sigáis teniendo las mismas ganas de fiesta.
– Yo volveré a tener ganas de fiesta en cuanto tú te vayas de aquí -respondió María con la lengua espesa-. Pero ¿a qué viene esto? -obviamente, no estaba acostumbrada a que le faltaran el respeto a su marido de aquella manera. Leifur la cogió por los hombros, y María no dijo nada más.
– Hoy estuve en Reikiavik a visitar a una niña enferma -dijo la anciana-. Mi bisnieta -añadió con orgullo-. La escuché, fui el primer adulto que lo hacía en mucho tiempo.
Þóra sintió que la atmósfera de la entrada era tan extraña que, sin darse cuenta, se acercó a Sóley, empujando el carrito; la niña estaba sentada en uno de los sofás, bostezando.
– ¿Qué te dijo? -preguntó Þóra al ver que nadie era capaz de articular palabra.
La anciana clavó sus ojos en Hjalti, el hijo de Markús, y le preguntó:
– ¿Dónde estabas cuando Alda fue asesinada? -la última palabra casi la escupió.
Þóra intentó sin éxito entender lo que estaba pasando. El hijo de Markús se había quedado boquiabierto y con gesto de espanto se agarró del brazo de su padre.
– ¿Qué importa eso? -preguntó Markús, con el rostro enrojecido-. ¡No estarás insinuando que mi hijo esté implicado en la muerte de Alda!
– Sí que importa, Markús, ahora lo verás -respondió la mujer, como si le estuviera hablando a un niño-. Vieron a Hjalti entrar en casa de Alda cuando aún vivía, y salir después de que hubiera expirado. Le vieron a él y a su coche…, aunque había tenido la precaución de aparcar a cierta distancia de la casa de Alda.
– ¡Qué estupidez! -exclamó Markús, pasando el brazo sobre los hombros de su hijo-. Te recuerdo que esos testimonios carecen de toda validez. Hubo alguien que dijo que me vio salir de casa de Alda, o entrar en ella. Era un testimonio tan poco fiable, y ni siquiera recuerdo si dijo que yo iba o venía cuando me vio.
– Es más que el testimonio de un testigo -dijo la anciana. Miró rígida a Hjalti-. Debería matarte, muchacho. Estuve en casa dándole vueltas a cómo podría hacerlo mejor. Tendrías que padecer los mismos sufrimientos que le causaste a mi hija, pero ya soy demasiado vieja.
– Creo que ya es suficiente -la interrumpió Þóra. Hasta ese momento había estado demasiado asombrada como para intervenir, y todos los demás parecían sumidos en una confusión total-. ¿No será mejor que hables con la policía, si crees tener alguna información importante sobre el crimen? Aquí no tienes nada que hacer.
– Ya lo he hecho -dijo la anciana sonriendo con perversidad-. Guðni viene de camino. Como era previsible, él quería esperar hasta mañana, pero no ha podido ser. Cambió de idea en cuánto supo lo que tengo.
– ¿Qué tienes? -chilló Hjalti-. No puedes tener nada.
– Deberías tener más cuidado con tu coche -dijo la anciana, mirándole con ojos asesinos. El muchacho se encogió.
– ¿Qué quieres decir? -preguntó-. ¿Mi coche?
– Al abrir la puerta del coche para marcharte, se te cayó un recibo de la VISA. Se quedó prendido en un seto, y la niña que te vio lo recogió. Hice que Jóhanna rastreara en la red del banco quién era el dueño de la tarjeta.
Hjalti gimió algo y su padre intentó calmarle.
– No te preocupes, no es más que basura.
– Haz algo, Leifur -dijo María con la voz rota-. No puedes dejar que siga diciendo esas cosas.
– Te pagaré muy bien por ese recibo -dijo Leifur con tranquilidad-. Ni tú ni tu hija tendréis nunca más problemas de dinero.
Þóra no llegó a protestar, porque la madre de Alda respondió al instante:
– No te creas, mi queridísimo Leifur, que estoy dispuesta a cualquier cosa por ese asqueroso dinero tuyo. No todo está en venta. Este recibo no está en venta.
– Dame esa nota o te arrepentirás -bramó Markús, acercándose hasta casi rozar a la anciana. Le fue difícil pasar entre el sofá y la mesa, también porque su hijo seguía colgado de él. El muchacho parecía al borde de un ataque. Mientras tanto, Orri seguía profundamente dormido. Sóley miraba con los ojos muy abiertos todo lo que estaba pasando.
– No te daré nada -respondió la anciana, feliz de ver su reacción-. He entregado el recibo a la policía.
El hijo de Markús dijo atropelladamente, medio chillando:
– Papá, papá, papá, tienes que ayudarme, papá, papá, papá.
Markús miró perplejo a la anciana. Þóra sintió compasión por él, no había que buscar mucho para darse cuenta de cómo quería a su hijo, pero también quería a Alda. Estaba entre la espada y la pared y no podía hacer nada. La puerta de la tienda se levantó de nuevo y en el umbral apareció Guðni acompañado de otro agente de policía.
– Hola a todos -dijo al grupo, y miró al hijo de Markús-. Hjalti Markússon -dijo con calma-, ¿haces el favor de acompañarnos?
El muchacho siguió repitiendo sus palabras de antes, colgado de su padre. Markús le miró, pareció que iba a decirle algo, pero luego le soltó de su brazo.
– No fue mi hijo quien mató a Alda, Guðni -dijo-. Fui yo.
Þóra dejó escapar un gemido. ¿Qué demonios pasaba allí? ¿Es que Markús iba a cargar con la culpa de su hijo, como había hecho su padre por Daði años atrás? Seguramente, estaría deseando que esa noche hubiese otra erupción.
Sábado, 4 de agosto de 2007
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