Þóra se inclinó hacia Markús, aunque sentía repugnancia de estar cerca de él, y le murmuró al oído:
– Deberías tener más cuidado al mencionar a tus parientes más cercanos en tu historia. Sobre todo a los que aún están entre nosotros. Naturalmente, tú decides lo que quieres decir, pero a lo mejor mañana te arrepientes.
– ¿Pusiste tú la cabeza en la caja? ¿Para llevártela a casa? -preguntó Guðni.
– No, la caja vino después -respondió Markús-. La puse en una bolsa y tuve el tiempo justo de esconderme detrás de un montón de redes cuando aparecieron en el puerto mi padre y Daði. Hablaron y parece que enseguida llegaron a algún acuerdo. Mi padre subió a bordo y salió con una jaula, soltó al pájaro y se marchó enseguida, y yo esperé a ver lo que hacía Daði. Entró en el yate y volvió con la cara desencajada. Probablemente se llevó un buen susto al ver que a uno de los cuerpos le faltaba la cabeza y algo más. Fue a por su camioneta y metió en ella los tres cuerpos que seguían enteros. Les echó una tela por encima y alejó el coche. Luego metió una barca de goma en el yate y zarpó con el cuarto cuerpo a bordo. Después hundió el yate y regresó a tierra en la barca de goma. Yo me marché a casa a toda prisa y escondí la cabeza en una caja, en el sótano. También escondí allí las herramientas que había usado para cortarla, en otra caja que había en el trastero con loda clase de cosas.
– ¿Para qué usaste una maza de salmones? -se le escapó a Þóra-. Puedo comprender que usaras el cuchillo, pero no una maza.
– Me llevé las dos cosas porque imaginaba que no sería fácil separar la cabeza de la columna -Markús se quedó con la mirada perdida en la pared que tenía delante, a la espalda de Guðni.
– ¿Crees que Daði llevó los cadáveres a vuestro sótano? -preguntó Guðni, intentando disimular el estado de anonadamiento en que le estaba dejando aquella historia.
– No, no los metieron allí hasta la erupción -respondió Markús-. Estoy completamente seguro. Fui testigo de la conversación entre Geiri y mi padre a bordo de su barco, el Strokkur, pues iba a ayudarles después de salir del colegio. No sabían que les estaba oyendo. Según Geiri, Daði le había llamado para informarle de que aún tenía los cuerpos, como medida de seguridad…, por si mi padre y Geiri no mantenían la palabra dada. Creo que Daði se asustó muchísimo al ver que faltaba la cabeza, y acusó a Geiri de cortársela para echarle las culpas a él. Daði temía, en definitiva, que mi padre y Geiri pensaban llevar la cabeza a su casa para hacer creer que era él quien había matado a aquellos hombres. Naturalmente, Geiri no entendía nada, porque desconocía que hubiera desaparecido la cabeza, y a mi padre le ocurría igual. Creían que era una invención de Daði. No sabían dónde tenía guardados los cuerpos, y yo tampoco, pero con toda seguridad no estaban en el sótano de nuestra casa.
Þóra necesitó un momento para digerir todo aquello. Daði sospechaba que Magnús y Geiri querían engañarle, e intentó cubrirse las espaldas escondiendo los cuerpos. Resopló. El Daði ese no parecía ser la persona más inteligente de la isla. ¿Cómo creía que podría convencer a nadie de que él no había matado a aquellos hombres? A lo mejor pensaba meterlos en el barco de Magnús y Geiri, por si ellos pretendían dejar la cabeza en su casa. Casi soltó un grito. Aquello no tenía ni pies ni cabeza. Aquella gente había llegado a una situación de total y absoluta desesperación. Pensaba que probablemente Daði debió de esconder los cadáveres en algún sitio cerca de las casas donde vivían los otros, pero no dentro de ninguna de ellas. Cuando se produjo la erupción, pensaría que lo más prudente era llevarlos al sótano de Magnús, donde desaparecerían para siempre. En el improbable caso de que aparecieran, las sospechas recaerían sobre Magnús, no sobre Daði. A lo mejor había dejado los cuerpos en algún sitio donde podían descubrirlos, pues los miembros de los equipos de salvamento entraban y salían en todas las casas y todos los edificios y había posibilidad de que alguien acabara topándose con ellos por casualidad. Seguramente esperaría hasta un momento seguro, cuando estuvo convencido de que Magnús no volvería a bajar al sótano.
Markús continuó su historia:
– Me enteré de que Alda ya no estaba en cama, y le pedí que viniera a verme. Yo creía que se sentiría feliz de ver lo que había hecho por ella, pero fue todo lo contrario. Me tiró la caja al ver lo que contenía. Dijo que no había sido ese hombre. Que no era ese el que la había violado.
Þóra y Guðni asintieron al mismo tiempo. ¡Vaya!
– Sí, a veces es fácil confundirse de persona -dijo Guðni, y Þóra tuvo que morderse los labios para no gritar. Guðni estaba tan desconcertado que seguramente ya no sabía qué más preguntar-. ¿Y qué pasó con la excavación? -dijo entonces-. ¿Cómo es que Alda intentó impedirla?
Markús se encogió de hombros.
– En realidad le daba igual. Mentí -dijo Markús, y cerró los ojos. Obviamente, empezaba a cansarse del esfuerzo-. Resulta que durante el traslado a tierra firme, la noche de la erupción, estuve hablando con Alda. Aún estaba muy confusa, por la violación y por los crímenes, y además se había asustado muchísimo al ver la cabeza. Me preguntó qué había hecho con ella y se lo expliqué. Había vuelto a mi casa con la cabeza en la caja y la escondí en el sótano con intención de arrojarla por el acantilado al día siguiente. Sus padres le contaron toda la historia durante el fin de semana, y ella tenía miedo, lógicamente, de que su padre acabara en la cárcel.
Þóra pudo imaginárselo fácilmente: los padres de Alda explicándole lo sucedido aquella noche para que se diese cuenta de la importancia que tenía que ella se sacrificase para que su padre no fuera a prisión.
Markús seguía hablando:
– Nadie mencionó la cabeza en ningún momento, y Geiri no supo nada hasta el lunes, cuando Daði habló con él; tampoco Alda había dicho nada. Nunca se lo contó a sus padres. Supongo que quiso borrar esos recuerdos y que pensaba que me había puesto a mí en una situación más que complicada. Se culpaba a sí misma de todo lo que había pasado. Cuando nos reencontramos en el instituto de Reikiavik, no volvimos nunca a hablar de ello, y solo cuando era inminente la excavación de la casa volvió a salir el tema en nuestras charlas. Intenté desde el primer día, como es lógico, detener la excavación, pero Alda parecía no tener el menor interés en ese tema hasta hace unos meses. Entonces dijo que pensaba lavar todos los trapos sucios. Me dijo que no me complicase la vida intentando evitar la excavación, que la verdad saldría a la luz. Intenté disuadirla pero no hubo forma. Le pedí un plazo hasta que hubiera bajado al sótano, y me lo concedió como un gran favor. Hice no sé cuántos intentos para que cambiara de opinión la noche antes de pasar a la acción. Fui a su casa y le supliqué que no dijera nada, que bajaría al sótano, cogería la cabeza y nadie tendría por qué saber nada de aquello. Pero no conseguí convencerla.
Alda había tomado la determinación de contarlo todo después de haber hablado con su hijo. Quería lavar todos los trapos sucios porque, a fin de cuentas, ella no tenía nada que perder. Se había visto arrastrada por una sucesión de acontecimientos en la que siempre fue la víctima. Þóra se dio cuenta de hasta qué punto ella misma había confiado en Markús y había creído todo lo que él puso en boca de Alda. En ningún momento había albergado la menor duda.
– ¿Qué pensabas que iba a pasar si la matabas? -preguntó Guðni.
– Mi idea era ir a por la cabeza y deshacerme de ella. Todo el mundo creería que Alda se había suicidado y nadie lo relacionaría con las Vestmann. A esa edad se suicidan muchas mujeres, y ella estaba sola. Además tenía una coartada, por si había una investigación por asesinato -Markús se irguió-. Lo que lo trastocó todo fue lo de los cadáveres. Yo no esperaba encontrármelos allí. No estaban allí la noche de la erupción. Nunca habría podido ocultárselos a los arqueólogos.
Читать дальше