– ¿Te apetece hablar? -preguntó Valeria.
– No especialmente. Solo estoy pensando.
Tenía la mente ocupada. Estaba recordando cómo Dudley la había llevado por aquella ruta después de la sesión de audición. ¿Le habría hecho algún daño si Vincent no lo hubiese llamado? No había necesidad de preocuparse: lo había evitado. Esperó más allá del muelle Albert a que el semáforo verde le arrebatara la luz a su contrario rojo y después cruzó los seis carriles desiertos de la carretera, dudando en el exterior de la estación de James Street.
– ¿Caminamos hasta la siguiente?
– Lo que te venga mejor, Patricia.
Siguió aquel camino para dejar atrás a Dudley, pero no era el recuerdo lo que quería eliminar. Caminó por Castle Street, pasó el ayuntamiento sin apenas fijarse en el esqueleto y las sombras de su vestido metálico. El eco de sus pasos las acompañó a ella y a su madre hacia el otro lado del cuadrángulo y las calles que había más allá de aquel, por la escalera mecánica que llevaba a las desiertas barreras de los billetes y por ambas escaleras que llevaban a más profundidad que la propia calle. Al oír unos pasos corriendo tras ella por las escaleras mecánicas hacia abajo, Patricia se dijo a sí misma que no se encontraba en ninguna historia sobre Moorfields.
– No mires -murmuró-. No te molestes en mirar.
No solo le hablaba a su madre, quien iba un poco rezagada y subió otro escalón. Le abría paso al corredor, claro. No tenía que proteger a Patricia. El joven pasó de largo entre ellas con las orejas siseando y bombardeadas por los auriculares antes de que Patricia pudiera estar segura de la leyenda de su camiseta. Tuvo que volver a mirarlo cuando llegó al andén porque se había entretenido en el pasaje alicatado de blanco. Tenía escrito sobre el escuálido pecho: «Devuélvannos al señor Matagrama».
¿Por qué estaba espiándolas a ella y a su madre después de haberlas adelantado? Supuso que porque aún no había llegado su tren y no porque tuviera la intención de empujarlas debajo, pero no podía deshacerse de la idea de que quizá pudiera estar imaginándose algo parecido en memoria de su aparente héroe. Sintió la primera brisa fresca del día en la cara cuando el tren se aproximó. Se quedó mirando el eslogan antes de encontrar su mirada.
– ¿Por qué quieres eso? -preguntó.
Los auriculares siseaban con tanta fuerza que seguramente no escuchaba nada más. Durante un momento le recordó vívidamente el agua que le había cubierto los oídos y el resto de la cara y no pudo respirar. Aunque el chico no la entendiera, eran claramente antagónicos. Las miró a ella y a Valeria. Dos mujeres solas en el andén del metro sin nadie más que las pudiera oír. Patricia vio que algo se parecía demasiado a Dudley Smith espiando desde la profundidad de sus ojos. En aquel momento llegó al andén el tren de New Brighton y él se subió con arrogancia, plantando los talones en el asiento de enfrente.
Valeria no dijo nada hasta que el ruido cesó al salir del túnel, como el último resquicio de una tormenta.
– Es lo que decía Walt. Dudley Smith es la última moda. Ya mismo se olvidarán de él.
– Eso espero.
Valeria examinó su expresión y le tendió una mano por si Patricia quería que la acariciara.
– ¿Estás bien?
– Lo estaré.
Aquella conversación le recordó a otra con demasiada precisión, así que intentó olvidarla. Miró hacia el túnel a medida que la oscuridad volvía a retumbar.
– Aquí llega -dijo-. Ahora es nuestra historia.
Desde su adolescencia, John Ramsey Campbell (Liverpool, 1946) mostró un marcado gusto por el fantástico en general y el terror en particular, del que se confiesa ávido lector desde los nueve años. Los autores que más influyeron en el joven John fueron Robert Bloch, William Hope Hodgson y H. P. Lovecraft.
Su precocidad viene avalada por un par de datos altamente destacables: vendió su primera historia a los dieciséis años, The Church in the High Street, y todavía estaba en el colegio cuando August Derleth adquirió los derechos para publicar su primera antología: The Inhabitant of the Lake and less Welcome Tenants, publicada por Arkham House dos años después. Más tarde, con la distancia que otorgan los años, calificaría aquellos cuentos como una «imitación» de los mitos de Cthulu. Confesaría que, después de aquellos textos, tomó una decisión: escribir siguiendo el dictado de sus propios miedos. Ahondando en este punto, el escritor británico comenta que aunque los elementos de las historias de terror no son autobiográficos, los sentimientos, sí. De sus años de juventud recuerda algunas de las cosas que lo aterrorizaban: desde la frecuencia con que se recurría a la violencia física en el colegio católico al que asistía hasta acudir a fiestas en las que no conocía a nadie. Prácticamente todo era material susceptible de utilizar en sus historias.
Tras once años de ejercer diversos trabajos, siete de los cuales los pasó en diferentes bibliotecas públicas, consiguió publicar su segunda antología de relatos. Era el año 1973. Entonces, decidió arriesgarse y dedicarse a ser escritor y crítico a tiempo completo. Lentamente, consiguió adquirir una visión propia. No hablaremos de estilo, dado que él mismo se muestra reticente al respecto. Pero sí, indudablemente, existe una impronta propia. Y cercana al lector. Probablemente, esa baza ha marcado la diferencia con otros buenos autores cultivadores de la narrativa de terror. Campbell ha buscado el terror en los elementos cotidianos, no ha partido de trabajos previos, pese a la dificultad de urdir tramas nuevas año tras año, sino de experiencias y visiones de la realidad, del día a día.
La obra de Ramsey Campbell se ha llevado a la gran pantalla en dos ocasiones. Es notable la adaptación la novela Los sin nombre de Jaume Balaguero (director de Rec, premiada en la pasada edición de los Goya) así como la puesta en imágenes de Francisco Plaza de la novela El segundo nombre (ambas publicadas por La Factoría de Ideas en 2004 y 2001 respectivamente).
Actualmente, es el presidente de la British Fantasy Society y del Festival of Fantastic Film. Entre sus lecturas predilectas no faltará otro autor de culto: Clive Barker. Sus libros han sido traducidos en multitud de países, como la referencia del terror que es, entre los que podemos citar: Francia, Alemania, Holanda, Japón, Suecia, Finlandia y España.
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[1]N. de la T.: Vino blanco del Rhin.
[2]N. de la T.: Medida de cuarenta y dos mililitros, para bebidas alcohólicas.
[3]N. de la T.: Persona encargada de transportar y montar el equipo de un grupo musical en gira.
[4]N. de la T.: Los comprehensive schools son el equivalente inglés a los institutos de secundaria del sistema educativo español.
[5]N. de la T.: Juego de palabras entre kissograma (telegrama en el que en vez de un mensaje se recibe el beso de una joven, disfrazada, por regla general) y «Matagrama», nombre elegido para el asesino.
[6]N. de la T: El original juega con varios de los significados de blow: «soplo de aire», «fumar», «hacer una felación» y «matar».