En Normandie Avenue, Farley cruza el distrito de Hollywood siempre en dirección oeste. Pero ya no está en un coche, ahora tiene quince años menos y está en el gimnasio del Instituto Hollywood tirando a cesta en un partido de la liga universitaria, marcando limpiamente tres puntos si rozar más que la red. ¡Chaaa! Y esa animadora que siempre le trata tan mal, ahora le mira con buenos ojos. Esta noche se la tira, eso seguro.
En la esquina con Gower, se le resbala el pie del acelerador y el coche se desvía lentamente hacia la parte de atrás de un Land Rover aparcado, y el motor se para. Farley no ve a los agentes del turno medio del distrito de Hollywood que lo conocen: Hollywood Nate, Wesley Drubb, Budgie Polk y Fausto Gamboa, ni a los que no lo conocen.
Salen todos de los coches con la pistola en la mano, corren cautelosamente hacia el Corolla, ahora que el aviso de Nate ha alertado a todas las unidades de que el coche perseguido está en busca y captura porque está relacionado con la investigación de un atraco. Todos gritan, pero Farley no los oye.
Hollywood Nate fue el primero en llegar al coche; rompió el cristal de la ventanilla de atrás del lado del piloto y abrió la puerta del conductor. Al abrirla bruscamente y ver gran cantidad de sangre, enfundó el arma y dijo a gritos que llamaran a una ambulancia.
Farley Ramsdale tenía los ojos en blanco y los párpados se le movían como alas de colibrí; entró en shock y murió mucho antes de que la ambulancia llegara a Sunset Boulevard.
Cosmo no podía dejar de jurar mientras conducía en dirección oeste hacia Hollywood. Miraba el reloj continuamente sin saber por qué. Pensaba en Ilya todo el tiempo, en lo que diría, en lo que harían. Se preguntaba una y otra vez cuánto tardaría ese miserable adicto en llamar a la policía y contarles lo del asalto a la joyería. Al menos no podría decirles nada del atraco al cajero y el asesinato del guardia. Ilya tenía razón. Eso Farley no lo sabía, de lo contrario, no habría ido donde Gregori. Aunque ahora eso no lo consolaba.
Tenía un dolor punzante en el dedo y la cabeza le iba a estallar. Se había cortado justo en la línea del flequillo y todavía sangraba. El dedo necesitaría unos puntos, y también la cabeza, quizá. Le dolían casi todos los huesos y músculos. No sabía si se habría roto la cadera. ¿Sería buena idea ir a casa? ¿Estaría esperándolo la policía allí?
En el solar, había disparado con la Beretta del nueve que le había quitado al guardia. Le pareció que sería mucho más precisa que la barata pistola de calle que había usado en los atracos, pero no le había servido de nada. Aunque todavía le quedaban unos disparos en la recámara. No tenía intención de vivir la vida encarcelado como un animal. Cosmo Betrossian no.
Abrió el móvil y llamó a Ilya. Si no le contestaba, querría decir que la policía ya estaba allí.
– ¿Sí? -dijo Ilya.
– ¡Ilya! ¿Estás bien?
– Sí, estoy bien. ¿Estás bien tú, Cosmo?
– No, Ilya, no estoy bien. Nada está bien.
– Mierda.
– Tengo sangre en la mano y en la cabeza. Necesito vendas en las heridas y una camisa nueva y una gorra para escondo la sangre. Pero la gorra de aquel día no.
– Tiré la gorra de béisbol, Cosmo. No soy tan tonta.
– Pronto estaré en casa. Tengo pongo gasolina en el coche. Creo que es más seguro si vamos a San Francisco.
– Mierda.
– Sí, Farley quizá llama a la policía ahora. Prepara todo, nos marchamos. Te veo pronto.
Antes de empezar a hacer la maleta, Ilya fue a la estantería del armario y quitó de allí la bolsa de anillos, pendientes y diamantes sueltos. Separó muestras suficientes de cada cosa para que Cosmo se las enseñara a Dmitri y guardó el resto en un lugar muy seguro.
La confluencia de Sunset Boulevard y Gower Street estaba muy concurrida, completamente acordonada por la policía. Allí estaba Viktor Chernenko, abandonada ya la operación de vigilancia del domicilio de Farley Ramsdale. El domicilio sería objeto de un registro firmado a toda prisa, tan pronto como Viktor volviera al despacho. Después de que Hollywood Nate le dijera que la víctima del homicidio era sin lugar a dudas Farley Ramsdale, la persona a la que buscaba, el investigador empezó a considerarlo mucho más ambicioso que un mero ladrón de correo. No sabía qué relación tendría con los ladrones rusos, pero había muerto por eso.
Y cuando se corrió la voz en la sala de la brigada de investigación de que el sospechoso al que se perseguía había muerto de un disparo efectuado en algún lugar al este del distrito Hollywood, y que era el mismo que Viktor Chernenko buscaba, el caso despertó un interés inusual en el investigador de noche, Charlie Gilford el Compasivo.
Andi McCrea y Brant Hinkle estaban preparándose para ir al Gulag a continuar con sus pesquisas sobre el homicidio y ver si podían hacerse con la cinta de vídeo de Dmitri, cuando Charlie el Compasivo los miró.
– A mí no me mire, Charlie -le dijo Andi-. A ese tipo le han disparado fuera del distrito de Hollywood, y además ya tengo bastante de qué ocuparme.
Charlie el Compasivo se encogió de hombros y empezó a hacer llamadas. Cuando terminó, se puso su americana sport de cuadros y se fue a Sunset con Gower para no perderse la oportunidad de hacer un comentario sobre otro sueño hollywoodiense fallido.
Wesley Dmbb estaba tan entusiasmado que Hollywood Nate le dijo que se agarrase del cinturón de seguridad, por si levitaba. Viktor Chernenko había hablado con los investigadores de atracos con homicidio de la brigada de delitos en bancos que llevaban el caso del cajero automático, y llamó a su teniente a su casa. Los acontecimientos sucedían tan deprisa que no era fácil saber qué hacer a continuación, aparte de firmar la orden de registro de la casa de Ramsdale y localizar a la mujer que se hacía llamar Olive Ramsdale. Otro equipo de atracos de Hollywood vigilaba la casa esperando que la mujer apareciese.
La patrulla 6 X 72 no tenía nada más que hacer de momento, así pues, Nate y Wesley tuvieron que volver de mala gana a las calles, al trabajo rutinario de policía.
– Escribiré a ustedes una recomendación por su buena labor, tanto como si se resuelve el caso como si no. Y no se olviden de Olive. Ustedes la conocen. Puede que la vean en el local de tacos o en el de donuts o en el cibercafé.
– Estaremos atentos -dijo Nate.
– Sí, abran mucho los ojos -les recomendó-, y muchas gracias.
Andi y Brant fueron a tomar un bocado rápido antes de dirigirse al Gulag. Puesto que los clubs rusos solían tener abierto hasta el último minuto que la ley permitía, Andi supuso que tenían tiempo de sobra.
Estaban en el barrio tailandés. Andi comía ensalada de papaya verde y Brant devoraba un plato de pollo al curry rojo; los pimientos le hacían la boca agua. Ambos bebían granizado de café, tanto para aliviar el picor de la boca como por la necesidad de una inyección de cafeína, a causa de lo poco que habían dormido los dos últimos días.
– Como soy el chico nuevo en la oficina, y rebotado del equipo de atracos para ayudarte, creo que hablaré con el teniente sobre la posibilidad de quedarme en homicidios. Estás corta de personal.
– Todo el mundo está corto de personal -dijo Andi, y dio un sorbo al café con una pajita.
– No es que nadie vaya a pelearse por mí -dijo Brant-. El jefe sabe que sólo estaré aquí hasta que me llegue el turno en la lista de ascensos y me nombren.
– Teniente Hinkle -dijo Andi-, suena bien. Serás un buen comandante de turno.
– No tanto como tú -replicó Brant-. Espero que los tumbes a todos y estés muy arriba en la próxima lista. La tropa trabajará encantada contigo.
Читать дальше