Joseph Wambaugh - Hollywood Station

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Bajo la atenta mirada del sargento de policía apodado el Oráculo, los agentes de «la comisaría Hollywood» se enfrentan con su rutina habitual. Entre días en los coches de patrulla y noches en las entrañas de una ciudad que nunca duerme, este grupo de policías ve la urbe del glamour en su cruda realidad y, a medida que pasan por tugurios de drogas y sucias esquinas, una serie de acontecimientos sin relación aparente los lleva al caso más sorprendente sucedido en «Hollywood Station» en los últimos años, y les recuerda que en Los Ángeles el horror y el extremismo no tienen límite.

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– Sí, dijo el encargado.

– Con éste le dejamos colarse -dijo Andi al Oráculo-. En realidad estamos esperando a Dmitri, el propietario.

– Tengo que hablar con usted -dijo el Oráculo a Andrei-, necesito su nombre y dirección. Se lo explicaré en un lugar tranquilo, si es que lo hay por aquí. -Hizo un guiño a Andi y señaló a Fausto y Budgie-: Éstos son mis guardaespaldas -dijo a Andrei-, vienen conmigo a todas partes.

Andrei puso cara de «qué más puede pasar ahora» en el mismo momento en que iba a pasar algo tremendo.

Dmitri escuchaba con los ojos entrecerrados el relato de Cosmo sobre lo sucedido después del atraco al cajero, aunque omitió el enfrentamiento con Farley Ramsdale.

– ¿Tuviste que matar al guardia? -le preguntó cuando terminó.

– Sí, Dmitri -dijo Cosmo-. No entrega el dinero, como dices tú.

– A veces la información sobre el enemigo no es corregcta -dijo con un encogimiento de hombros-. Que pregunten al presidente Bush.

Cosmo tenía esperanzas, hasta que Dmitri se dirigió al georgiano y le dijo:

– De agcuerdo, quizá es verdad lo del coche. Quizá el coche no es tan bueno como crees.

– ¡Dmitri! -dijo el georgiano, pero al ver la mirada de su jefe no dijo nada más.

– Entonces, Cosmo -dijo Dmitri-, tendrás el dinero del cajero mañana cuando encuentras a la drogadicta, ¿no?

– Exactamente correcto, sí -dijo Cosmo.

– De agcuerdo, vamos a hacerlo así, Cosmo -dijo Dmitri-. Me debes once mil y cinco cientos más los diamantes. ¡Olvido el dinero que me debes! Traes a Ilya aquí arriba y me das todos los diamantes, y así quedamos en paz. Mañana, cuando engcuentras a la adicta, te quedas para ti noventa y tres mil dólares. Tu parte, mi parte. No podría ser más generoso ni con mi propio hermano, Cosmo.

Dmitri miró al georgiano para que le diera su conformidad, el tipo asintió sin palabras, queriendo decir que Dmitri era muy razonable y muy generoso.

No había nada que hacer. Cosmo era el vivo retrato de la desesperación. Miraba fijamente los fajos de billetes de la mesa de Dmitri; entonces el ruso abrió el primer cajón y guardó el primer fajo. Cuando fue a coger el segundo, Cosmo creyó salirse de su cuerpo, y se vio sacando la Beretta de debajo de la chaqueta.

– ¡Dmitri! -gritó el georgiano acercándose con una pistola pequeña que Cosmo no vio.

Dmitri gritó en ruso y abrió el segundo cajón para sacar su pistola.

– Ya hemos esperado bastante -dijo Andi a los otros policías y a Andrei, el encargado-, voy a llamar a la puerta de Dmitri.

La interrumpió un disparo, seguido de dos más y otros cinco después. Los dos investigadores y los tres policías de uniforme corrieron escaleras arriba. Andi estaba sacando el arma cuando Fausto y Budgie le tomaron la delantera y se agacharon con una rodilla en tierra, apuntando con la pistola a la puerta del despacho de Dmitri. El Oráculo corrió al otro lado de la puerta y, con su viejo revólver de seis pulgadas en la mano, reforzó la posición de todos los cañones, altos y bajos, que se desplegaban en diagonal apuntando a la puerta.

Dentro del despacho, a Cosmo Betrossian le dolía el brazo izquierdo más que todo lo que había sufrido esa noche por culpa de Farley Ramsdale y el perro asesino. Tenía una herida profunda en el bíceps de una bala que le había rozado el hueso antes de salir por el otro lado, y le quemaba como fuego líquido.

El georgiano yacía sobre la mesa de Dmitri sangrando a borbotones por una herida en el cuello. Pero los tiros del pecho eran aún más devastadores.

Dmitri estaba recostado en su asiento con un agujero en la frente, que en realidad era el tiro de gracia que Cosmo le había dado después de dejarlo moribundo, cuando Dmitri le hirió en el brazo.

El volumen atronador de la pista de baile, situada debajo del despacho de Dmitri, había amortiguado los ruidos de la zona del propietario y todo el mundo seguía bailando. De vez en cuando, Ilya miraba al otro lado de la pista preguntándose por qué Cosmo no volvía.

Cosmo esperaba no desmayarse antes de llegar abajo, al lado de Ilya, con los fajos de billetes debajo de la camisa pegados a la piel. El dinero le daba bienestar. Iba a guardar el arma otra vez en la cintura de los pantalones, pero pensó que quizá algún empleado de la cocina hubiera oído los disparos. Así pues, lo empuñó ante sí con la mano buena y abrió la puerta.

En un recinto tan cerrado, a Fausto le sonó como las armas automáticas que había oído en Vietnam. Más tarde, Budgie dijo que a ella le había sonado como una gran explosión. Ella no distinguió el sonido de cada arma que se disparó.

Cosmo Betrossian disparó exactamente un tiro, que dio en la pared por encima de sus cabezas. Él, a su vez, fue el objeto de dieciocho disparos, de los que nueve fallaron, seguramente cuando ya se doblaba y se caía. Los cinco policías le dispararon al menos dos tiros, y Fausto y Budgie fueron quienes hicieron más dianas.

Fue el primer tiroteo de Andi McCrea y, durante la investigación del FID, declaró que en realidad le había parecido una secuencia en cámara lenta. Vio, o creyó ver, casquillos de bala ardientes y vacíos de varias pistolas volando por el aire, y algunos le dieron en la cara.

El Oráculo dijo que había sido la primera vez en cuarenta y seis años que disparaba el arma fuera de la sala de tiro de la policía.

El comentario más interesante fue el de Budgie. Dijo que en un recinto cerrado tan pequeño, todas las detonaciones y el humo de los disparos habían tenido un efecto curioso: al abrir ella la boca y respirar el aire, el chicle se le llenó de arenilla.

El caos que siguió a continuación fue peor que el de la noche del navajazo en el patio. Los clientes oyeron los disparos en el pasillo de arriba. Budgie y Fausto bajaron rápidamente a detener al encargado y a cualquiera que pudiera saber lo que había ocurrido arriba para provocar semejante tiroteo. El Oráculo hizo varias llamadas de emergencia por el transmisor.

Cuando llegó Viktor Chernenko, una riada de gente salía del local y corría a los coches. Había tal caos en el aparcamiento que los coches del fondo no se podían mover. Los faros se encendían y se apagaban y sonaban bocinazos por todas partes. Viktor se abrió paso embistiendo entre los histéricos clientes que salían y subió las escaleras de dos en dos.

– ¡Uno de estos rusos puede ser el que estoy buscando! -dijo al llegar al lugar de la carnicería-. ¡Y puede que sea el que disparó a Farley Ramsdale!

El Oráculo estaba pálido, el estómago le ardía como nunca.

– Un ayudante de camarero nos ha dicho que el propietario es el de la silla. El de encima de la mesa es un camarero. El tipo al que disparamos… -señaló hacia el cuerpo destrozado de la esquina, nada más pasar el umbral-. No sé quién es. Él mató a los otros dos.

– ¿Tienen guantes de goma? -preguntó Viktor. El Oráculo negó con un gesto de la cabeza-. ¡Al diablo! -exclamó entonces; sacó a Cosmo la billetera del bolsillo de atrás y echó a correr con ella escaleras abajo, con las manos manchadas de sangre de Cosmo.

Cuando llegó a la acera de enfrente oyó el ululato de una sirena: se acercaban coches patrulla por todas partes.

– ¡Venga conmigo! -gritó Viktor a Wesley Drubb, que acababa de salir del coche mientras Nate aparcaba en doble fila.

Wesley lo siguió al aparcamiento, donde Viktor se dedicó a mirar el interior de los coches uno a uno enfocando con la linterna, a medida que giraban e intentaban salir por el embudo del sendero. En la mayoría iban parejas u hombres solos. Menos del diez por ciento eran mujeres solas al volante, pero todas y cada una tuvieron que soportar la luz de la linterna de Viktor directamente en la cara.

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