– Sal, pequeño, no te haré nada.
No hubo respuesta. Pero, aguzando el oído por encima de los ruidos del muelle, un alboroto de voces, llantos, quejidos, maldiciones, pitidos de claxon, sirenas y derrapes, percibió con claridad el leve jadeo y la afanosa respiración del chiquillo, que debía de estar escondido a pocos metros de distancia.
– Venga, sal de ahí, te prometo que no te haré nada.
Oyó un crujido. Procedía de una caja de madera que estaba justo delante de él. Seguro que el pequeño estaba acurrucado detrás de ella. Hubiera podido pegar un brinco y atraparlo, pero prefirió permanecer inmóvil. Enseguida vio aparecer lentamente las manos, los brazos, la cabeza y el pecho. El resto del cuerpo quedaba oculto por la caja. El niño mantenía las manos levantadas en señal de rendición y sus ojos estaban enormemente abiertos a causa del terror, pero se esforzaba por no llorar ni dar muestras de debilidad.
Pero ¿de qué rincón del infierno procedía -se preguntó Montalbano, repentinamente turbado-, si ya a su edad había aprendido aquel terrible gesto de las manos levantadas, que con toda certeza no había visto ni en el cine ni en la televisión?
La respuesta le acudió de inmediato. De pronto, en su cabeza estalló una especie de relámpago, un auténtico flash. Y en el interior de aquel relámpago desaparecieron la caja, el callejón, el puerto, la propia Vigàta, todo desapareció y resurgió, reordenado en la magnitud de una vieja fotografía en blanco y negro que había visto hacía muchos años, tomada durante la guerra, antes de que él naciera, y en la que se veía a un niño judío, o polaco, con las manos en alto, los mismos ojos enormemente abiertos y la misma voluntad de no echarse a llorar mientras un soldado lo apuntaba con un fusil.
El comisario sintió una aguda punzada en el pecho, un dolor que lo dejó sin respiración. Cerró atemorizado los párpados y volvió a abrirlos. Finalmente todo recuperó sus proporciones normales bajo una luz real y el pequeño dejó de ser judío o polaco y volvió a ser un niño negro. Montalbano dio un paso hacia delante, le tomó las manos heladas y las estrechó entre las suyas. Se quedó un rato así, esperando transmitir un poco de su calor a aquellos dedos negros como el carbón. Sólo cuando notó que empezaba a relajarse, dio el primer paso, cogiéndolo de la mano. El pequeño lo siguió dócilmente. Entonces, a traición, a Montalbano le vino a la mente François, el pequeño tunecino que habría podido convertirse en su hijo, como quería Livia. Consiguió parar a tiempo la conmoción a costa de morderse el labio inferior hasta casi hacerlo sangrar. El desembarco seguía.
A lo lejos vio a una mujer más bien bajita que se agitaba como una marea con dos chiquillos pegados a sus faldas. Gritaba palabras incomprensibles, mientras se tiraba de los pelos, golpeaba el suelo con los pies y se arrancaba la camisa. Tres agentes trataban infructuosamente de calmarla. De pronto, la mujer se percató de la presencia del comisario y del niño y entonces no hubo manera. Empujó con todas sus fuerzas a los agentes y corrió con los brazos extendidos hacia la pareja. En ese momento, ocurrieron dos cosas. La primera de ellas fue que Montalbano advirtió con toda claridad que el pequeño, al ver a su madre, se tensaba como si quisiera escaparse de nuevo. ¿Por qué se comportaba de aquella manera, en vez de correr a su encuentro? Montalbano lo miró y observó con asombro que el pequeño lo miraba a él, y no a su madre, con una desesperada súplica en los ojos. Quizá quería que lo dejara escapar de nuevo por temor a que su madre lo zurrara por su fuga. Lo segundo que ocurrió fue que, en su carrera, la mujer tropezó y cayó al suelo. Los agentes intentaron levantarla, pero no lo consiguieron. La mujer se tocaba la rodilla izquierda, gimiendo, al tiempo que hacía señas al comisario para que le acercara a su hijo. En cuanto el pequeño estuvo a su lado, lo abrazó y lo cubrió de besos. Pero no conseguía levantarse. Lo intentaba, pero volvía a caer. Entonces alguien avisó a una ambulancia. Bajaron dos auxiliares sanitarios y uno de ellos, muy delgado y con bigote, se inclinó sobre la mujer y le tocó la pierna.
– Creo que se la ha fracturado -dijo.
La subieron a la ambulancia con los tres niños y se fueron. En ese momento comenzaban a bajar los de la segunda patrullera, pero el comisario ya había decidido regresar a Marinella. Consultó el reloj: eran casi las diez. Habría sido inútil presentarse en casa de Ciccio Albanese. Adiós salmonetes de roca… A esas horas ya no lo esperaban. Además, se le había cerrado el estómago y se le había pasado por completo el apetito.
En cuanto llegó a Marinella llamó por teléfono. Ciccio Albanese le dijo que lo habían esperado hasta que comprendieron que ya no iría.
– Pero sigo estando a su disposición para explicarle lo de las corrientes.
– Gracias, Ciccio.
– Mañana no salgo a faenar. Si quiere puedo pasarme por la comisaría para hablar con usía. Llevaré los cartapacios.
– De acuerdo.
Se pasó un buen rato bajo la ducha para lavarse las escenas que había presenciado y que sentía, reducidas a invisibles fragmentos, en el interior de sus poros. Se puso el primer par de pantalones que encontró a mano y se dirigió a la sala de estar para hablar con Livia. Alargó la mano hacia el auricular, y el teléfono se puso a sonar. Apartó de golpe la mano como si hubiera tocado fuego. Una reacción instintiva e incontrolada, por supuesto, pero servía para demostrar que, a pesar de la ducha, las imágenes del puerto aún le rondaban por la cabeza y le provocaban una honda desazón.
– Hola, cariño. ¿Estás bien?
De repente, sintió la necesidad de tener a Livia a su lado, de abrazarla y dejar que lo consolara. Pero, siendo como era, se limitó a contestar:
– Sí.
– ¿Se te ha pasado el resfriado?
– Sí.
– ¿Del todo?
Tendría que haberse dado cuenta de que Livia le estaba tendiendo una trampa, pero estaba demasiado nervioso y tenía la cabeza en otro sitio.
– Del todo.
– Eso quiere decir que Ingrid te ha cuidado muy bien. Dime qué te hizo. ¿Te metió en la cama? ¿Te arrebujó con la colcha? ¿Te cantó una nana?
¡Había caído como un tonto! Lo único que podía hacer era contraatacar.
– Mira, Livia, he tenido un día muy ajetreado. Estoy muy cansado y no tengo ganas de…
– ¿Tan cansado estás?
– Sí.
– ¿Por qué no llamas a Ingrid para que te reconforte?
Con Livia, siempre perdería ese tipo de guerras. Puede que fuera más conveniente utilizar una estrategia defensiva.
– ¿Por qué no vienes tú?
Su intención era meramente táctica, pero le salió con tal sinceridad que Livia se quedó perpleja.
– ¿Lo dices en serio?
– Por supuesto. ¿Qué día es hoy, martes? Bueno, pues mañana vas al despacho y dices que te adelanten unos días de vacaciones. Después coges un avión y te vienes.
– Es que…
– Nada de es que.
– Salvo, si dependiera de mí…, pero tenemos mucho trabajo en el despacho. De todos modos, lo intentaré.
– Entre otras cosas, quiero contarte algo que me ha ocurrido esta noche.
– Cuéntamelo ahora, anda…
– No, te quiero taliare, perdón, te quiero mirar a los ojos mientras hablo.
Se pasaron media hora hablando por teléfono. Y les habría gustado seguir más tiempo.
Pero la llamada le hizo perderse el telediario de Retelibera.
Pese a ello, encendió el televisor y sintonizó con Televigàta.
En ese momento decían que, mientras ciento cincuenta inmigrantes clandestinos eran obligados a desembarcar en Vigàta, había ocurrido una tragedia en Scroglitti, en la parte oriental de la isla. Allí hacía mal tiempo, y una patera atestada de aspirantes a inmigrantes se había estrellado contra las rocas. De momento, se habían recuperado quince cadáveres.
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