Thomas Harris - Domingo Negro

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Con una impresionante hoja de servicios, el veterano de la guerra de Vietnam Michael J. Lander proyecta un diabólico atentado, que tendrá en jaque a los servicios de seguridad. Cuando concibió la operación, no pensó que necesitaría ayuda, pero, a medida que urdía su plan, decidió darle una nueva dimensión con el apoyo de Septiembre Negro y una coartada política. Poco después, el proyecto cobra forma y le depara un insospechado encuentro con Dahlia Iyad, una hermosa mujer que lucha por la causa de la liberación de Palestina.

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La nariz del dirigible avanzaba hacia las tribunas donde la multitud corría despavorida. Se enganchó en los mástiles situados en lo alto del estadio y se lanzó hacia adelante, liberado y sobrevolando las casas en dirección al río, mientras rugían los motores del helicóptero. Corley miró hacia abajo y vio a Kabakov sobre la aleta, agarrado del cable.

– Llegaremos al río, llegaremos al río -repitió Jackson una y otra vez mientras el indicador de temperatura llegaba a la raya colorada. Su pulgar estaba apoyado sobre el botón para echar la carga.

Lander se arrastró los últimos centímetros y encendió el encendedor.

Moshevsky subió hasta la parte de arriba de la tribuna. El helicóptero, el dirigible y el hombre parado sobre la aleta permanecieron un instante sobre el río, y su imagen se quedó para siempre en la memoria de Moshevsky, para desaparecer luego en un enceguecedor destello luminoso y una atronadora explosión, que lo hizo caer de espaldas sobre las tambaleantes tribunas. La metralla azotó los árboles de la ribera y el estampido los arrancó de cuajo, y el agua, convertida en espuma, voló por los aires dejando una hoya vacía, que se llenó nuevamente con un terrible rugido, formando un enorme cono que se alzó hacia el humo. Segundos después, y río abajo, trozos de metralla salpicaron el agua como cristales de granizo, resonando contra los cascos de acero de los barcos.

Rachel presenció la explosión, a varios kilómetros de distancia mientras terminaba un almuerzo tardío en el Top of the Mast desde donde podía apreciarse toda la ciudad. Se levantó y el alto edificio tembló, sus cristales se rompieron y se encontró tirada en el suelo en medio de una lluvia de cristales, y al mirar la parte de abajo de la mesa comprendió. Luchó por ponerse de pie y vio junto a ella a una mujer sentada en el suelo con la boca abierta.

– El ha muerto -dijo Rachel mirándola.

La lista final de víctimas totalizó quinientas doce personas. Catorce murieron aplastadas en el estadio al tratar de alcanzar la salida, cincuenta y dos resultaron con fracturas al intentar escapar y el resto recibió cortaduras y magullones. Entre éstos se contaba el presidente de los Estados Unidos. Sus magullones fueron el resultado de los diez agentes del Servicio Secreto que se tiraron encima de él para protegerlo. Ciento dieciséis personas sufrieron heridas de poca importancia por cortaduras de cristales al estallar las ventanas.

Rachel Bauman y Robert Moshevsky se encontraban a mediodía del día siguiente en el muelle de la orilla Norte del río Missisipi. Habían estado allí durante horas, observando las lanchas de la policía atareadas en rastrear el fondo. La operación se había llevado a cabo durante toda la noche. Durante las primeras horas las rastras habían sacado unas pocas piezas metálicas totalmente carbonizadas pertenecientes al helicóptero. Pero desde entonces no habían encontrado nada más.

El muelle en que esperaban estaba acribillado y astillado por las esquirlas. La corriente hacía chocar contra el embarcadero un gran pez muerto. El animal estaba lleno de agujeros.

Moshevsky permanecía impasible. Sus ojos no abandonaron las lanchas de la policía. Sobre el muelle y junto a él estaba su maleta de lona, porque dentro de tres horas tenía que acompañar a Muhammad Fasil de regreso a Israel para someterlo ajuicio por la masacre de Munich. En el jet de El Al que venía a buscarlos viajaban además catorce comandos israelitas. Se tenía la impresión de que podrían ser un efectivo paragolpes entre Moshevsky y su prisionero durante el largo viaje de regreso.

Rachel tenía la cara hinchada y sus ojos estaban colorados y secos. Había llorado desconsoladamente sobre la cama de su suite del Royal Orleans, abrazada a una camisa de Kabakov impregnada por el aroma de sus cigarros.

El viento que soplaba en el río era bastante fresco. Moshevsky cubrió a Rachel con su chaqueta, que le llegó hasta las rodillas.

Finalmente la lancha capitana hizo sonar prolongadamente su silbato. La flota de la policía recogió sus rastras vacías y emprendió el regreso río abajo. Ahora sólo quedaba el río, desplazándose en una sólida masa hacia el mar. Rachel oyó un extraño y ahogado sonido que provenía de Moshevsky y lo vio volver la cara. Apoyó la mejilla contra su pecho y lo rodeó con sus brazos, hasta donde podía, palmeándolo y sintiendo sus lágrimas que caían sobre su pelo. Lo cogió luego de la mano y lo acompañó por la orilla tal como lo habría hecho con un niño.

Thomas Harris

Domingo Negro - фото 2
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