Thomas Harris - Hannibal

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Han pasado diez años desde que el Doctor Lecter escapó de sus captores. La agente Sterling no ha podido dejar de pensar en volver a atraparle y cuando aparece un rastro en Florencia comienza la caza.

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– Dardos -dijo Margot.

– Dardos, puede que demasiado narcótico. Puede que sea muerta.

– Entra -dijo Margot-. Tenemos que ir a comprobarlo.

Margot, acompañada por el sardo, condujo hasta la puerta de doble hoja por donde Starling había entrado en el granero. Chillidos, gruñidos y agitación de lomos erizados. Margot avanzó tocando el claxon e hizo recular lo suficiente a los cerdos como para comprobar que había tres despojos humanos, ninguno reconocible.

Entraron con el coche en la guarnicionería y cerraron las puertas.

Margot se dijo que Tommaso era la única persona viva que la había visto en el granero, aparte de Cordell.

Puede que aquella idea también se le pasara por la cabeza a Tommaso. Se mantuvo a prudente distancia sin apartar de ella sus inteligentes ojos oscuros. En sus mejillas había rastro de lágrimas.

«Piensa, Margot. No quieres ninguna mierda con los sardos. En el fondo saben que tú eres quien manejas el dinero. Te dejarán sin blanca en un segundo.»

Los ojos de Tommaso siguieron los movimientos de su mano mientras la metía en el bolsillo.

El teléfono celular. Marcó Cerdeña, donde eran las dos y media de la madrugada, y luego el número del domicilio particular del banquero Steuben. Le habló brevemente y pasó el teléfono a Tommaso. Éste asintió, dijo algo, volvió a asentir y le devolvió el teléfono. El dinero era suyo. Trepó al pajar y recogió su mochila, junto con el abrigo y el sombrero del doctor Lecter. Mientras recogía sus cosas, Margot cogió la aguijada eléctrica, comprobó la corriente y se la guardó en la manga. También cogió el martillo de herrero.

CAPÍTULO 88

Tommaso, al volante del coche de Cordell, se despidió de Margot delante de la casa. Dejaría el Honda en la zona de aparcamiento prolongado en el Aeropuerto Internacional Dulles. Margot le prometió que enterraría lo que quedaba de Fiero y Carlo tan bien como fuera posible.

Había algo que él creía su deber decirle; se mentalizó y echó mano de su mejor inglés:

Signorina , los cerdos, tiene que saberlo, los cerdos ayudan al doctor Lecter. Se apartan de él, dan un rodeo. Matan a mi hermano, matan a Carlo, pero no tocan el doctor Lecter. Yo creo lo respetan -Tommaso se santiguó-. No debería usted volver perseguirlo.

Y a lo largo de toda su larga vida en Cerdeña, Tommaso lo contaría de esa forma. Cuando tenía sesenta años, decía que el doctor Lecter, llevando en brazos a la mujer, dejó el granero llevado por una piara de cerdos.

Cuando el coche desapareció en el camino forestal, Margot se quedó mirando las ventanas iluminadas de la habitación de Mason varios minutos. Veía la sombra de Cordell moverse por las paredes mientras se atareaba alrededor de la cama, instalando de nuevo los monitores que mostraban el pulso y la respiración de su hermano.

Deslizó el mango del martillo de herrero en la parte posterior del pantalón y pasó la falda de la chaqueta por encima de él.

Cordell dejaba la habitación con una brazada de almohadones cuando Margot salió del ascensor.

– Cordell, prepárale un martini.

– No sé si…

– Yo sí lo sé. Prepáraselo.

Cordell dejó los almohadones en el confidente y se arrodilló ante el frigorífico del bar.

– ¿Queda zumo? -le preguntó Margot, acercándosele por la espalda.

Blandió el martillo y golpeó con fuerza la base del cráneo, que produjo un chasquido seco. La cabeza chocó contra el frigorífico, rebotó y el hombre cayó hacia atrás sobre los glúteos y se quedó mirando al techo con los ojos abiertos, una pupila dilatada, la otra no. Le ladeó la cabeza contra el suelo y con otro martillazo le hundió la sien mientras una sangre espesa le brotaba de las orejas.

Margot no sintió nada.

Mason oyó abrirse la puerta de su habitación e hizo girar el ojo bajo el protector. Había dormitado unos minutos con la luz al mínimo. También la anguila dormía bajo su roca.

Los macizos hombros de Margot llenaban el umbral. Cerró la puerta.

– Hola, Mason.

– ¿Qué ha pasado allá abajo? ¿Por qué coño has tardado tanto?

– Abajo están todos muertos, Mason.

Margot se acercó hasta la cama, desconectó el cable del teléfono de Mason y lo dejó caer al suelo.

– Piero, Carlo y Johnny Mogli, todos están muertos. El doctor Lecter se ha ido llevándose a esa Starling con él.

Entre los dientes de Mason apareció un espumarajo mientras maldecía.

– He mandado a Tommaso a su casa con su dinero.

– ¿Que has, quéeee? ¡Jodida puta estúpida! Ahora, escucha lo que voy a decirte, vamos a limpiarlo todo y a empezar de nuevo. Tenemos todo el fin de semana. No tenemos por qué preocuparnos de lo que ha visto Starling. Si la tiene Lecter, es como si ya estuviera muerta.

– A mí no me ha visto -replicó Margot encogiéndose de hombros.

– Llama a Washington y haz venir a cuatro de esos bastardos. Mándales el helicóptero. Enséñales la excavadora, enséñales… ¡Cordell! Ven aquí…

Mason soplaba en su zampona. Margot apartó los tubos y se inclinó sobre su hermano, de forma que pudiera verle la cara.

– Cordell no va a venir, Mason. Cordell está muerto.

– ¿Cómo?

– Acabo de matarlo en la sala de juegos. Ahora, Mason, vas a darme lo que me debes.

Quitó las barandillas de la cama y, levantando la gran rosca de pelo trenzado, dio un tirón a la ropa. Sus piernecillas no eran más gruesas que rollos de pasta para hacer bizcochos. La mano, única extremidad que podía mover, aleteó hacia el teléfono. El caparazón del respirador soplaba arriba y abajo a su ritmo regular.

Margot se sacó del bolsillo un condón sin espermicida y lo sostuvo ante las narices de su hermano. Se extrajo de la manga la aguijada eléctrica.

– ¿Te acuerdas, Mason, de que solías escupirte en la polla para lubricarla? ¿Crees que podrías salivar un poco? ¿No? A lo mejor yo puedo.

Mason bramaba cuando la respiración se lo permitía emitiendo toda una gama de escalofriantes rebuznos, pero todo había acabado en medio minuto, y con completo éxito.

– Date por muerta, Margot -el nombre sonó más bien como «Nargot».

– Oh, Mason, todos lo estamos. ¿No lo sabías? Pero éstos, no -dijo remetiéndose la blusa sobre la bolsita caliente-. Están vivitos y coleando. Te lo enseñaré. Te enseñaré cómo colean… Vamos a jugar a imitar animales.

Margot cogió los espinosos guantes para coger pescado que había junto al acuario.

– Puedo adoptar a Judy -dijo Mason-. Podría ser mi heredera, y podríamos crear un fideicomiso.

– Claro que podríamos -dijo Margot sacando una carpa del vivero. Trajo una silla de la zona de visitas, se subió a ella y quitó la tapa del acuario-. Pero no lo haremos.

Se inclinó sobre el acuario con sus gruesos brazos dentro del agua. Sujetaba la cola de la carpa cerca de la gruta, y cuando la anguila asomó la aferró por debajo de la cabeza con su mano libre y la sacó limpiamente del agua. La robusta anguila se sacudía, gruesa y tan alta como Margot, haciendo relucir su hermosa piel. La agarró también con la otra mano y, cuando el animal empezó a dar sacudidas, Margot tuvo que emplear todas sus fuerzas para sujetarla con los guantes espinosos clavados en el cuello.

Bajó con cuidado de la silla y se acercó a Mason. La anguila, que no dejaba de contorsionarse, tenía la boca parecida a una cizalla en cuyo interior rechinaban aquellos dientes curvados hacia dentro de los que ningún pez escapaba nunca. Margot la dejó caer sobre el pecho de su hermano, encima del respirador, y sujetándola con una mano le enrolló con la otra la larga trenza.

– Colea, Mason, colea -dijo Margot.

Mientras sostenía a la anguila por detrás de la cabeza, tiró de la mandíbula de Mason con la otra mano y lo forzó a abrirla echando todo su peso sobre la barbilla del hombre, que se resistía con las fuerzas que le quedaban, hasta que la boca se le desencajó con un crujido.

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