Thomas Harris - Hannibal
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– Despierta. Despierta, tranquila. Despierta en esta hermosa habitación -dijo una voz.
Oyó una suave música de cámara.
Se sentía muy limpia y la piel le olía a menta, alguna crema que procuraba un profundo y agradable calor.
Starling abrió los ojos de par en par.
El doctor Lecter estaba de pie a poca distancia, muy quieto, tanto como lo había estado en su celda la primera vez que lo vio. Nosotros ya nos hemos acostumbrado a verlo libre. No nos sorprende encontrarlo en un espacio abierto con otra criatura mortal.
– Buenas noches, Clarice.
– Buenas noches, doctor Lecter:-respondió ella en consonancia, sin tener una idea real del momento del día.
– Si te sientes incómoda, son sólo cardenales que te hiciste en una caída. Te pondrás bien. Pero me gustaría asegurarme de una cosa. Por favor, ¿podrías mirar hacia aquí?
El doctor Lecter se inclinó sobre ella con una pequeña linterna. Olía a seda limpia.
Hizo un esfuerzo para mantener abiertos los ojos mientras él examinaba sus pupilas antes de volver a erguirse.
– Gracias. Hay un cuarto de baño muy bien equipado, justo ahí. ¿Quieres probar a levantarte? Las zapatillas están junto a la cama, me temo que tuve que tomar prestadas tus botas.
Estaba y no estaba despierta. El cuarto de baño era realmente cómodo y no faltaba de nada. En los días que siguieron disfrutó de largos baños en él, pero no se molestó en contemplarse en el espejo, tan ajena a sí misma se sentía.
CAPÍTULO 92
Días de conversaciones, a veces oyéndose a sí misma y preguntándose quién era aquella mujer que hablaba con un conocimiento tan íntimo de sus pensamientos. Días de sueño, caldos espesos y tortillas.
Y un día el doctor Lecter dijo:
– Clarice, debes de estar harta de las batas y los pijamas. En el armario hay varías cosas que tal vez te gusten. Puedes ponértelas, aunque sólo si te apetece -y en el mismo tono añadió-: He puesto tus cosas, el bolso, la pistola y la cartera, en el cajón de arriba de la cómoda, por si las necesitas.
– Gracias, doctor Lecter.
En el armario había ropa de todo tipo, vestidos, trajes chaqueta, un brillante vestido de noche con la parte superior de cuentas. Los pantalones de cachemira y los jerséis la atraían. Eligió un conjunto de cachemira marrón claro y mocasines. En el cajón estaba su cinturón con la pistolera yaqui, vacía desde la pérdida de la 45, pero la funda del tobillo estaba allí, junto al bolso, con la pistola recortada. El cargador estaba repleto de gruesos cartuchos y la recámara, vacía, tal como solía llevarla en la pierna. Y allí estaba también el puñal para la bota, en su vaina. Dentro del bolso encontró las llaves del coche.
Starling era y no era ella misma. Cuando pensaba en todo lo ocurrido, era como si lo contemplara tras una barrera, y se veía a sí misma a distancia.
Se sintió feliz al ver su coche en el garaje cuando el doctor Lecter la acompañó afuera. Echó un vistazo a los limpiaparabrisas y decidió que debía cambiarlos.
– Clarice, ¿a que no sabes cómo nos siguieron los hombres de Mason hasta el aparcamiento del supermercado?
Starling se quedó mirando el techo del garaje, pensativa.
Le costó menos de dos minutos encontrar la antena atravesada entre los asientos traseros y el portaequipajes, y no tuvo más que seguir el cable para encontrar la baliza.
La apagó y la llevó hasta la casa cogiéndola por la antena como hubiera podido llevar una rata sujeta por la cola.
– Buena calidad -dijo-. Muy moderno. Bastante bien instalado, también. Apostaría a que tiene las huellas del señor Krendler. ¿Puede darme una bolsa de plástico?
– ¿Podrían localizarla desde un avión?
– Ahora ya está apagada. No podrían rastrearla con un avión a menos que Krendler haya admitido que la ha empleado. Y ya sabe que no lo ha hecho. Pero Mason sí podría hacerlo con su helicóptero.
– Mason está muerto.
– Vaya -dijo Starling-. ¿Podría tocar para mí?
CAPÍTULO 93
Paul Krendler osciló entre el fastidio y un pánico en aumento durante los días que siguieron a los asesinatos. Se las arregló para obtener informes directos del centro de operaciones local de Maryland.
Se sentía razonablemente a salvo en caso de una auditoría de los libros de Mason, porque el trasvase de dinero a su cuenta numerada disponía de una tapadera casi infalible en las Islas Caimán. Pero con Mason muerto, era un hombre con grandes planes y sin mecenas. Margot Verger sabía lo de su dinero, y que había comprometido la seguridad de los expedientes del FBI sobre Lecter. Cruzaba los dedos para que tuviera la boca cerrada.
El monitor para la baliza del coche no se le iba de la cabeza. Lo había sacado del edificio de Ingeniería Electrónica de Quantico sin firmar la salida, pero su nombre figuraba en el libro de registro de visitas al edificio en esa fecha.
El doctor Doemling y el enorme enfermero, Barney, lo habían visto en Muskrat, pero sólo en un papel legítimo, hablando con Mason Verger sobre la mejor manera de atrapar a Hannibal Lecter.
El alivio general se produjo la cuarta tarde posterior a las muertes, cuando Margot Verger hizo escuchar a los investigadores del sheriff un mensaje grabado recientemente en su contestador automático.
En el dormitorio, los policías escucharon en éxtasis la voz del demonio con los ojos sobre el lecho que Margot compartía con Judy. El doctor Lecter se regodeaba contando la agonía de Mason y aseguraba a su hermana que había sido extremadamente dolorosa y prolongada. Ella sollozó tapándose la cara con las manos, mientras Judy la sostenía por los hombros.
– Lo mejor es que no vuelva a oírlo -le aconsejó Franks sacándola de la habitación.
Con los buenos oficios de Krendler, el contestador fue trasladado a Washington y un analizador de voz confirmó que se trataba de Lecter.
Pero el mayor alivio le llegó a Krendler en forma de llamada telefónica la noche de aquel cuarto día.
El comunicante no era otro que el congresista por Illinois Parten Vellmore.
Krendler había hablado con el político en contadas ocasiones, pero la voz le era familiar por sus apariciones en televisión. El simple hecho de la llamada ya era tranquilizador; Vellmore estaba en el Subcomité Judicial de la Cámara y olía la mierda a kilómetros; hubiera huido de Krendler como de la peste si el ayudante del inspector general estuviera jodido.
– Señor Krendler, tengo entendido que conocía bien a Mason Verger…
– Así es, señor.
– Lo que ha ocurrido es vergonzoso. Ese sádico hijo de puta le había arruinado la vida a Mason, lo había mutilado, y ahora vuelve y lo mata. No sé si tiene conocimiento de ello, pero uno de mis electores murió también en esa tragedia. Johnny Mogli, que sirvió al pueblo de Illinois durante años en las fuerzas de la ley.
– No, señor, no tenía conocimiento de ello. Lo siento.
– La cuestión es, Krendler, que debemos mirar hacia adelante. El legado de filantropía de los Verger y su agudo interés por los asuntos públicos sobrevivirán. Trascienden la muerte de un hombre. He estado hablando con varias personas del distrito veintisiete y con la familia Verger. Margot Verger me ha puesto al corriente de que está usted interesado en el servicio público. Extraordinaria mujer. Tiene un innegable sentido práctico. Nos vamos a entrevistar muy pronto, una reunión informal y tranquila, para hablar de lo que podemos hacer el próximo noviembre. Queremos que esté presente. ¿Cree que podrá encontrar un hueco en su agenda para asistir?
– Por supuesto, señor congresista. Sin la menor duda.
– Margot lo llamará para darle los detalles, será en los próximos días.
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