Thomas Harris - Hannibal
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Luego se desplomó hacia atrás y quedó inmóvil en el suelo.
En la guarnicionería, Tommaso había oído los disparos. Empuñó el rifle de aire comprimido y subió al pajar, se dejó caer sobre las rodillas en la paja suelta y gateó hacia el costado que dominaba el interior del granero.
– ¡El siguiente! -amenazó Starling con un tono que no se conocía. Tenía que actuar deprisa para aprovechar el efecto de la muerte de Mogli-. Al suelo, con la cabeza hacia la pared. Tú, al suelo, con la cabeza hacia aquí. Hacia aquí.
– Girati dall'altra parte -explicó el doctor Lecter desde la carretilla elevadora.
Carlo alzó la vista hacia Starling, comprendió que lo mataría y se quedó quieto en el suelo. Ella los esposó deprisa con una mano, con las cabezas apuntando en direcciones opuestas, la muñeca de Carlo con el tobillo de Fiero y el otro tobillo de Fiero con la otra muñeca de Carlo, sin dejar de apoyar el cañón de la 45 en la oreja de éste.
Se sacó el puñal de la bota y dio la vuelta a la carretilla elevadora para ponerse detrás del doctor Lecter.
– Buenas noches, Clarice -dijo cuando pudo verla.
– ¿Puede andar? ¿Lo sostienen las piernas?
– Sí.
– ¿Puede ver?
– Sí.
– Voy a cortar las cuerdas. Con el debido respeto, doctor, si intenta joderme le volaré la tapa de los sesos aquí mismo. ¿Lo ha entendido?
– Perfectamente.
– Sea bueno y no le pasará nada.
– Sigues hablando como una luterana.
Starling no había dejado de ocuparse de las ligaduras. El puñal estaba bien afilado. Se dio cuenta de que el filo dentado cortaba deprisa la resbaladiza cuerda nueva.
Lecter tenía el brazo derecho libre.
– Puedo hacer el resto si me das el puñal.
Starling dudó. Retrocedió fuera del alcance de su brazo y se lo dio. Ahora tenia que vigilarlo a él y a los dos hombres tumbados en el suelo.
– Mi coche está a unos doscientos metros en el camino forestal.
El doctor se había soltado una pierna. A continuación se puso a cortar la cuerda que retenía la otra, nudo a nudo.
– Cuando acabe de soltarse, no intente correr. No llegaría a la puerta -le dijo Starling-. Hay dos hombres esposados en el suelo detrás de usted. Hágalos arrastrarse hasta la carretilla y espóselos a ella para que no puedan llegar a un teléfono. Luego espósese usted con éstas.
– ¿Dos? -preguntó él-. Cuidado, tendría que haber tres.
Al tiempo que decía aquello el dardo disparado por el rifle de Tommaso trazó una línea plateada bajo los focos y se quedó vibrando en mitad de la espalda de Starling. Ella giró, ya un poco mareada y con la visión turbia, vislumbró el cañón al borde del pajar y disparó, disparó, disparó… Tommaso rodó hacia el interior con las astillas clavándosele en el cuerpo, mientras el humo giraba a la luz de los focos. Starling disparó otra vez con la vista completamente oscurecida y se llevó la mano a la cadera intentando coger un cargador, aunque las piernas ya no la sostenían.
El alboroto parecía haber excitado aún más a los cerdos, que viendo a los hombres en tan atractiva posición chillaban y gruñían empujando la barrera.
Starling se derrumbó de bruces y el cargador suelto cayó de la pistola y rebotó contra el suelo. Carlo y Fiero levantaron las cabezas y empezaron a reptar unidos por las esposas, a arrastrarse torpemente como un murciélago enorme hacia el cadáver de Mogli, la pistola y las llaves de las esposas. Se oyó a Tommaso montar el rifle en el pajar. Le quedaba un dardo. Se levantó y se acercó al borde mirando por encima del cañón, buscando al doctor Lecter al otro lado del carro elevador.
Tommaso avanzó a lo largo del borde del sobrado; en cuestión de segundos no quedaría ningún lugar donde esconderse.
El doctor Lecter cogió en brazos a Starling y retrocedió rápidamente hasta la portezuela holandesa procurando mantener el elevador entre ellos y Tommaso, que avanzaba con precaución, vigilando sus pisadas por el borde del pajar. El sardo disparó el dardo, que, dirigido al pecho de Lecter, golpeó el hueso de la espinilla de Starling. El doctor Lecter tiró de los cerrojos de la puerta holandesa.
Fiero, frenético, agarró la cadena con las llaves de Mogli, mientras Carlo reptaba hasta la pistola y los cerdos trotaban en desbandada hacia la pitanza que intentaba erguirse. Carlo consiguió disparar la 357 una vez y uno de los animales rodó por el suelo, pero los otros saltaron por encima de su compañero sobre Carlo y Fiero, y sobre el cadáver de Mogli. Otros atravesaron el granero y se perdieron en la noche.
El doctor Lecter, llevando a Starling, estaba detrás de la puerta holandesa cuando los cerdos pasaron como una exhalación.
Resde el pajar, Tommaso podía ver el rostro de su hermano en medio de la piara; al cabo de unos segundos, sólo fue una masa sanguinolenta. Dejó caer el rifle sobre el heno. El doctor Lecter, tieso como un bailarín y sosteniendo en sus brazos a Starling, salió de detrás de la puerta y atravesó descalzo el granero, bordeando el mar de agitados lomos y chorros de sangre. Una pareja de grandes cochinos, uno de ellos la cerda preñada, cuadraron las patas y bajaron las testuces para embestirlo.
Cuando el hombre los miró y no pudieron husmear el miedo, volvieron grupas y regresaron trotando a los sencillos manjares del suelo.
El doctor Lecter no vio refuerzos procedentes de la casa. Una vez bajo los árboles del camino forestal, se paró para arrancarle los dardos a Starling y succionó las dos heridas. La punta clavada en la espinilla se había doblado contra el hueso.
Los cerdos agitaron los matorrales a poca distancia.
Le quitó las botas a Starling y se las puso él. Le apretaban un poco. Dejó la 45 en el tobillo de la mujer para poder alcanzarla sin tener que soltarla.
Diez minutos más tarde, el guarda de la entrada principal levantó la vista del periódico y la dirigió hacia un sonido distante, un ruido de desgarro, como el de un caza con motor de explosión en vuelo rasante. Era un Mustang de cinco litros que atravesaba el paso superior de la interestatal a cinco mil ochocientas revoluciones por minuto.
CAPÍTULO 87
Mason gimoteaba y berreaba para que lo llevaran a su habitación, igual que en el campamento cuando alguno de los chicos o chicas más pequeños se le resistían y conseguían escapar unos cuantos lametones antes de que pudiera aplastarlos bajo su peso.
Margot y Cordell lo subieron a su ala en el ascensor y lo dejaron a buen recaudo en su cama, conectado a las fuentes de alimentación fijas.
Mason estaba tan encolerizado como Margot no recordaba haberlo visto, y las venas hinchadas le latían con fuerza sobre los huesos desnudos de la cara.
– Más vale que le dé algo -dijo Cordell cuando estuvieron en la sala de juegos.
– Aún no. Déjalo que piense un rato. Dame las llaves de tu Honda.
– ¿Por qué?
– Alguien tiene que bajar y ver si hay alguien vivo. ¿Quieres ir tú?
– No, pero…
– Puedo llegar con tu coche hasta la guarnicionería, la furgoneta no cabe por la puerta. Ahora, dame las jodidas llaves.
Margot estaba delante del garaje cuando Tommaso salió corriendo del bosque y atravesó el prado, volviendo la cabeza de vez en cuando. «Piensa, Margot.» Miró su reloj. Las ocho y veinte. «A medianoche llegará el relevo de Cordell. Hay tiempo para hacer venir hombres desde Washington y que lo limpien todo.» Fue al encuentro de Tommaso conduciendo sobre el césped.
– He intentado alcanzar a ellos, un cerdo me golpea. Él… -Tommaso hizo la pantomima de Lecter cargando con Starling- la mujer. Van en el gran coche. Ella tiene due -le enseñó dos dedos- freccette -se señaló la espalda y la pierna-. Freccette. Dardi . Clavadas. Bam -hizo el gesto de disparar.
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