Thomas Harris - Hannibal
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Krendler colgó el auricular con el alivio pintado en el rostro.
El descubrimiento en el granero de la Colt 45 registrada a nombre del difunto John Brigham, y propiedad actual de Clarice Starling, como todo el mundo sabía, puso al Bureau en una situación realmente incómoda.
Starling figuraba como desaparecida, pero el caso no se estaba investigando como secuestro, pues no quedaba nadie vivo para confirmar que la habían raptado contra su voluntad. Ni siquiera se trataba de una agente que se hubiera ausentado del servicio activo. Starling era una agente suspendido cuyo paradero se desconocía. Se hizo circular un boletín con la matrícula y el número de identificación de su vehículo, pero no se hizo especial hincapié en la identidad del propietario.
Un secuestro exige de las fuerzas del orden muchos más esfuerzos que un caso de persona desaparecida. La clasificación puso tan rabiosa a Mapp que escribió una carta de renuncia al Bureau; después lo pensó mejor y consideró preferible esperar y trabajar desde dentro.
Se dio cuenta de que iba una y otra vez a la parte de Starling en la casa para buscarla.
Mapp examinó el archivo VICAP de Lecter y los expedientes del Centro Nacional de Información sobre el Crimen y los encontró enloquecedoramente insustanciales, con adiciones puramente triviales: la policia italiana había conseguido por fin localizar el ordenador de Lecter; al parecer, los carabinieri habían estado jugando a Super Mario en su sala de descanso. Para cuando los investigadores pulsaron la primera tecla, la máquina se había purgado a sí misma.
Mapp importunaba a cualquiera con influencia en el Bureau que se le pusiera a tiro desde que Starling había desaparecido.
Sus repetidas llamadas a casa de Jack Crawford no habían obtenido respuesta. Llamó a la Unidad de Ciencias del Comportamiento y le dijeron que Crawford seguía ingresado en el Memorial Jefferson Hospital con fuertes dolores en el pecho. No quiso llamarlo allí. En el Bureau, él era el último ángel de la guarda que le quedaba a Starling.
CAPÍTULO 94
Starling había perdido la noción del tiempo. Por encima de los días y las noches estaban las conversaciones. Se oía hablar a sí misma durante mucho tiempo, y también escuchaba.
A veces reía al escuchar sus propias confidencias, revelaciones sin malicia que antaño la hubieran mortificado. Las cosas que contó al doctor Lecter la sorprendían a menudo, y en algunos casos hubieran resultado desagradables para una sensibilidad normal; pero fueron auténticas en todo momento. Y el doctor Lecter también hablaba. En voz baja y uniforme. Expresaba interés y aliento, en ningún caso sorpresa ni censura.
Le habló de su niñez, de Mischa.
Algunas veces miraban juntos un mismo objeto brillante para iniciar sus conversaciones, casi siempre con una sola fuente de luz en la habitación. En cada sesión cambiaban de objeto brillante.
Ese día empezaron mirando el único reflejo en la pared de la tetera, pero conforme avanzaba el diálogo el doctor Lecter presintió que se acercaban a una galería inexplorada de la mente de su compañera. Tal vez oía a seres sobrenaturales luchando al otro lado de un muro. Sustituyó la tetera con la hebilla de plata de un cinturón.
– Era de mi padre -dijo Starling dando una palmada como si fuera una niña.
– Sí -le confirmó el doctor Lecter-. Clarice, ¿te gustaría hablar con tu padre? Tu padre está aquí. ¿Te gustaría hablar con él?
– ¡Mi padre está aquí! ¡Estupendo! ¡Sí!
El doctor Lecter puso las manos en los lados de la cabeza de Starling, sobre sus lóbulos temporales, capaces de proporcionarle todo lo que pudiera necesitar de su padre. Luego la miró profundamente a los ojos.
– Sé que prefieres hablar con él en privado. Ahora me iré. Sigue mirando la hebilla, y dentro de unos minutos lo oirás llamar a la puerta. ¿De acuerdo?
– ¡Sí! ¡Fantástico!
– Bien. Sólo tienes que esperar unos minutos.
La insignificante punzada de una aguja finísima, que ni siquiera hizo bajar la vista a Starling, y el doctor Lecter abandonó la habitación.
Ella se quedó mirando la hebilla hasta que oyó la llamada en la puerta, dos firmes golpes de nudillos, tras los cuales su padre apareció en el umbral tal como lo recordaba, alto, con el sombrero en las manos y el pelo húmedo y recién peinado, como cuando se sentaba a la mesa para cenar.
– ¡Hola, cariño! ¿A qué hora se cena en esta casa?
No la había abrazado desde hacía veinticinco años, los que habían transcurrido desde su muerte, pero cuando la recibió en su pecho los botones de perla de su camisa le produjeron la misma sensación de antaño, percibió los mismos olores a jabón fuerte y tabaco, volvió a sentir los latidos del enorme corazón de su padre.
– ¿Cómo estás, pequeña? ¿Qué te pasa, corazón? ¿Es que te has caído?
Era igual que cuando la levantó del suelo del patio después de que ella se hubiera empeñado en cabalgar una cabra.
– Lo estabas haciendo muy bien hasta que la muy traidora ha dado ese respingo. Vamos a la cocina, a ver lo que encontramos.
Dos cosas en la mesa de la diminuta cocina de su infancia, un envoltorio de celofán de SNO BALLS y una bolsa de naranjas.
El padre de Starling abrió su navaja Barlow con la punta desmochada y peló un par de naranjas haciendo que la piel formara un largo rizo sobre el hule. Se sentaron en sillas con respaldo de travesaños; él dividió las naranjas en cuatro y fue comiéndose un gajo y dándole otro a Starling. Ella escupía las semillas en la mano y las dejaba en la falda. Sentado seguía pareciendo muy alto, como John Brigham.
Su padre masticaba más por un lado que por otro, y uno de sus incisivos tenía una funda de metal blanco como era moda en la práctica de los odontólogos militares de los años cuarenta. Brillaba cuando se reía. Se comieron las dos naranjas y un SNO BALL cada uno, y se contaron unos cuantos chistes de los de «Llaman a la puerta y…». Starling había olvidado la maravillosa sensación del dulce y blando relleno bajo el coco. La cocina desapareció y se pusieron a hablar como dos adultos.
– ¿Cómo van las cosas, cariño?
– Tengo muchos problemas en el trabajo.
– Ya lo sé. Son todos esos burócratas, corazón. No ha habido nunca un hatajo de sinvergüenzas más… grande. Nunca le has disparado a nadie por capricho.
– Ya lo sé. Pero hay otra cosa.
– No mentiste sobre lo que pasó…
– No, padre.
– Salvaste al niño.
– No sufrió el menor daño.
– Me sentí muy orgulloso.
– Gracias, padre.
– Cariño, tengo que irme. Ya hablaremos.
– ¿No puedes quedarte?
Posó la mano en la cabeza de Starling.
– Nunca podemos quedarnos, hija. Nadie puede quedarse donde le gustaría.
La besó en la frente y salió de la habitación. Podía ver el agujero de bala en el sombrero mientras él le decía adiós con la mano, alto en el vano de la puerta.
CAPITULO 95
Era evidente que Starling quería a su padre tanto como se pueda querer a otra persona, y no hubiera vacilado en enfrentarse a cualquiera que intentara mancillar su recuerdo. No obstante, en conversación con el doctor Lecter, bajo la influencia de una potente droga hipnótica, le contó lo siguiente:
– A pesar de todo, me cabrea lo que hizo. Quiero decir: ¿qué pintaba él detrás de un puto drugstore en mitad de la noche? ¿Por qué tuvo que toparse con aquellos dos yonquis que lo mataron? Vació su vieja escopeta y se quedó indefenso. Ellos no valían una mierda, pero pudieron con él. No sabía lo que estaba haciendo. Nunca aprendió nada.
Le hubiera gustado abofetear a alguien mientras lo decía.
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