Michael Crichton - Next
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– Sí-admitió el juez-, pero podría requerírseme que esperara con paciencia a recuperarlo.
– Sí, señoría, pero suponga que por alguna razón el anillo queda encajado en el intestino. ¿No tendría usted derecho a recuperarlo? Por descontado así sería, no se le puede negar. Sigue siendo su propiedad esté donde esté. Quien se lo trague, asume el riesgo de que usted desee recuperarlo.
Koch pensó que había llegado el momento de mover ficha.
– Señoría, si no recuerdo mal las clases de biología del instituto -intervino-, cualquier cosa que uno se trague está tan dentro del cuerpo como podría estarlo en el agujero de una rosquilla. El anillo está fuera del cuerpo.
– Señoría… -empezó a farfullar Rodríguez.
– Señoría -se adelantó Koch alzando la voz-, confío en que todos estamos de acuerdo en que no hablamos de anillos de diamantes robados. Estamos hablando de células que residen dentro del organismo humano. La idea de que esas células puedan pertenecer a otra persona, aun cuando el tribunal de apelación haya confirmado la resolución de un jurado, nos conduce a conclusiones tan absurdas como la que aquí nos concierne. Si BioGen ya no posee las células del señor Burnet es porque las ha perdido por culpa de su imprudencia y no tiene derecho a reclamar más. Si usted pierde su anillo de diamantes, no puede volver a la mina y exigir un repuesto.
– La analogía es inexacta -objetó Rodríguez.
– Señoría, todas las analogías son inexactas.
– En este caso pediría al tribunal que se ciñera al tema en cuestión y que tuviera en cuenta las conclusiones previas del tribunal que son relevantes para el caso. El tribunal ha dictaminado que BioGen es dueña de esas células. Procedían del señor Burnet, pero son propiedad de BioGen. Alegamos que tenemos derecho a recuperar esas células en cualquier momento.
– Señoría, ese argumento entra en conflicto directo con la Decimotercera Enmienda acerca de la abolición de la esclavitud. Puede que BioGen sea dueña de las células del señor Burnet, pero no es dueña del señor Burnet. No pueden ser sus dueños.
– Nunca hemos aducido que el señor Burnet nos pertenezca, solo sus células. Y eso es lo único que pedimos -concluyó Rodríguez.
– Sin embargo, en la práctica lo que se desprende de su reclamación es que son dueños efectivos del señor Burnet, puesto que exigen el libre acceso a su cuerpo en cualquier momento.
El juez parecía cansado.
– Caballeros, me hago cargo de la complejidad del caso, pero ¿qué tiene todo eso que ver con la señora Burnet y su hijo?
Bob Koch retrocedió un paso pensando que era mejor que Rodríguez se las apañara solo con ese tema. La conclusión a la que le estaba pidiendo al tribunal que llegara era inconcebible.
– Señoría, si el tribunal acepta que las células del señor Burnet son propiedad de mi cliente, como así creo que debe ser, entonces las citadas células son propiedad de mi cliente allí donde se encuentren. Por ejemplo, si el señor Burnet donó sangre a un banco de sangre, el material donado contendría células que nos pertenecen. Podríamos reclamar la propiedad de esas células y exigir que las extrajeran de la sangre donada, puesto que el señor Burnet no está legitimado jurídicamente para donar esas células a nadie más. Son nuestras.
»Del mismo modo, las células que nos pertenecen, idénticas, también se encuentran en la descendencia del señor Burnet. Por tanto, también somos dueños de esas células y tenemos derecho a extraerlas.
– ¿Y el cazarrecompensas?
– El captor de fugitivos está realizando una detención fundamentándose en lo siguiente: dado que los descendientes del señor Burnet se pasean con nuestra propiedad, por definición están manifiestamente en posesión de bienes robados y, por tanto, son susceptibles de detención.
El juez suspiró.
– Señoría -se apresuró a añadir Rodríguez-, puede que esta conclusión sorprenda al tribunal por ilógica, pero la realidad es que nos encontramos en una nueva era y lo que ahora se nos antoja insólito dejará de parecérnoslo dentro de unos años. Un gran porcentaje del genoma humano tiene dueño. La información genética de varios organismos causantes de enfermedades tiene dueño. La idea de que dichos elementos biológicos se encuentren en manos privadas solo es extraña porque es nueva, pero el tribunal debe fallar de acuerdo con las conclusiones anteriores. Las células Burnet son nuestras.
– Pero en el caso de los descendientes, se trata de copias -repuso el juez.
– Sí, señoría, pero ese no es el caso. Si soy dueño de una fórmula para hacer algo y alguien fotocopia esa fórmula en una hoja de papel y se la da a otro, sigue siendo de mi propiedad. La fórmula es mía por mucho que la copien o quién la copie y, por tanto, tengo derecho a recuperar la copia.
El juez se volvió hacia Bob Koch.
– ¿Señor Koch?
– Señoría, el señor Rodriguez le ha pedido que sea inflexible a la hora de dictar sentencia. Lo mismo le pido yo. Tribunales anteriores sostuvieron que una vez que las células del señor Burnet estuvieron fuera de su cuerpo, dejaron de pertenecerle. No dijeron que el señor Burnet fuera una mina de oro andante que BioGen pudiera expoliar a voluntad una y otra vez. Y desde luego en ningún momento se mencionó que BioGen tuviera derecho a extraer físicamente esas células sin importar a quién pertenecieran. Esa exigencia va mucho más allá de cualquier interpretación sobre la conclusión previa del tribunal. En realidad se trata de una nueva reclamación derivada de sus propias conjeturas, por lo que pedimos al tribunal que exija a BioGen la retirada del cazarrecompensas.
– No entiendo en qué se ha fundamentado BioGen para actuar por cuenta propia, señor Rodriguez -dijo el juez-. Lo considero apresurado e injustificado. Podrían haber esperado a que la señora Burnet hubiera comparecido ante este tribunal.
– Por desgracia, señoría, no es posible. La situación empresarial de mi cliente es crítica. Como ya he dicho, creemos que somos víctimas de una conspiración para privarnos de lo que es nuestro. Sin entrar en detalles, es urgente que repongamos las células de inmediato. Si el tribunal dictamina un aplazamiento, podríamos perder importantes garantías empresariales, tales que nuestra compañía tendría que cerrar. Solo intentamos obtener una solución oportuna a un problema urgente.
Bob sabía que el juez empezaba a ceder. Toda esa mierda sobre el momento crítico por el que pasaba la empresa estaba surtiendo efecto, el hombre no quería ser el responsable del cierre de una compañía de biotecnología californiana. El juez hizo girar la silla, consultó la hora en el reloj de la pared y se volvió hacia los abogados.
Bob tenía que recuperar las riendas y tenía que hacerlo cuanto antes.
– Señoría, existe una cuestión añadida que podría afectar a su decisión. Me gustaría informarle de la siguiente declaración jurada del Centro Médico de la Universidad de Duke con fecha de hoy. -Le tendió una copia a Rodríguez-. Resumiré el contenido para su señoría y explicaré en qué afecta al caso que nos concierne.
Según la declaración, la línea celular Burnet era capaz de producir grandes cantidades de una sustancia química llamada citotóxico TLA 7D, un potente anticarcinógeno, la sustancia química que hacía valiosa la línea celular para BioGen.
– Sin embargo, la Oficina de Patentes concedió una patente para el gen TLA 4A la semana pasada. Es un gen promotor que codifica una enzima que separa un grupo hidroxilo del centro de una proteína 4B asociada al linfocito T citotóxico. Esta proteína es la precursora del citotóxico TLA 7D, que se forma cuando el grupo hidroxilo se retira. A menos que el grupo hidroxilo se separe, la proteína no tiene actividad biológica, de modo que el gen que controla la producción del producto de BioGen pertenece a la Universidad de Duke, quienes manifiestan dicha propiedad en el documento que ahora se encuentra en sus manos.
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