Dave sintió que le hervía la sangre. Lanzó un gruñido, aporreando las puertas. La mujer levantó la vista, asustada. Pareció muy sorprendida de ver a Dave, y le gritó algo al conductor.
El hombre del volante dio un bandazo. Dave se vio zarandeado a un lado y se sujetó a duras penas en el hueco de los tiradores. Cuando el coche dio una nueva sacudida, Dave alargó la mano y se aferró a las luces que había encima de las puertas. Acto seguido se dio impulso y subió al techo de la ambulancia. El viento soplaba con fuerza y la superficie era resbaladiza, así que se tumbó y avanzó a rastras. El coche dejó de dar bandazos y redujo la velocidad. Oyó que alguien gritaba en el interior.
Siguió avanzando.
– ¡Lo hemos perdido! -gritó Dolly mirando por la ventanilla trasera.
– ¿Qué era eso?
– ¡Parecía un mono!
– ¡No es un mono, es mi amigo! -protestó Jamie, forcejeando para soltarse-. Va al colegio conmigo.
Al niño se le cayó la gorra y en ese momento Dolly vio que tenía el pelo castaño.
– ¿Cómo te llamas? -le preguntó.
– Jamie. Jamie Kendall.
– Oh, no.
– ¡Por Dios! -exclamó Vasco, sin soltar el volante-. ¿Te has equivocado de crío?
– ¡Dijo que se llamaba Jamie!
– Te has equivocado de crío. Por Dios bendito, eres imbécil, Dolly. Esto es un secuestro.
– No es culpa mía…
– ¿Y de quién si no?
– Tú también viste al crío.
– Yo no vi…
– Tú también estabas mirando.
– Por Dios, cállate ya, dejemos de discutir. Tenemos que devolverlo.
– ¿Qué quieres decir?
– Que tenemos que dejarlo donde lo encontramos. Esto un puto secuestro.
Vasco soltó un taco y un grito de frustración.
Dave estaba en el techo de la ambulancia, encajado entre el puente de luces y la cubierta combada del vehículo. Se asomó rápidamente por el lado del conductor y vio un enorme retrovisor donde se reflejaba un hombre feo de perilla negra que conducía y gritaba. Sabía que ese hombre le iba a hacer daño a Jamie. Estaba enseñando los dientes en señal de enojo.
Dave avanzó, apoyó su peso en el retrovisor lateral e introdujo el brazo a través de la ventanilla abierta. Sus robustos dedos atraparon la nariz del hombre barbudo, que se puso a chillar y etiró la cabeza hacia atrás. Los dedos de Dave resbalaron, pero arremetió contra él y le mordió la oreja, sin soltarla. El hombre gritaba fuera de sí. Dave notó que estaba rabioso, pero su propia rabia lo desbordaba. Tiró con fuerza y sintió que la oreja del tipo se desprendía con un chorro de sangre caliente. El hombre aulló de dolor, y dio un volantazo.
La ambulancia dio un bandazo, las ruedas de la izquierda se despegaron del suelo, el vehículo fue inclinándose lentamente y acabó volcado sobre el lateral derecho. Se oyó un ensordecedor estruendo metálico. Dave intentó no perder el equilibrio durante el vuelco, pero se soltó con el impacto. Sus pies golpearon el rostro del hombre de la perilla y una de sus zapatillas fue a parar directamente a su boca. El vehículo fue deslizándose sobre el lateral hasta que se detuvo. El hombre apretaba los dientes y tosía. La mujer gritaba desde dentro. Dave retiró el pie, pero la zapatilla quedó encajada en la boca del hombre barbudo. La sangre manaba con profusión de su oreja.
Se quitó la otra zapatilla de un tirón, corrió hacia la parte trasera de la ambulancia y abrió las puertas como pudo. El hombre de la bata blanca estaba tumbado de lado y sangraba por la boca. Jamie había quedado atrapado debajo de este y no paraba de chillar, así que Dave sacó al hombre de la bata blanca a rastras y lo dejó caer en el asfalto. A continuación entró y cogió a Jamie, se lo cargó a la espalda y salió corriendo en dirección a casa.
– ¿Estás herido? -preguntó Jamie.
Dave todavía llevaba la oreja en la boca. La escupió en la mano.
– No.
– I Qué llevas en la mano?
Dave abrió el puño.
– Es una oreja.
– ¡Ah! ¡Qué asco!
– Le muerdí la oreja. Era malo. Te hació daño.
– ¡Qué asco!
A poca distancia, vieron a todo el mundo en el jardín de casa. Henry, Lynn y también a los nuevos. Dave dejó a Jamie en el suelo y corrió hacia sus padres con la esperanza de que su madre, Lynn, lo consolara, pero ella en esos momentos solo tenía ojos para Jamie y eso lo hizo sentir mal. Tiró la oreja al suelo. Todo el mundo iba y venía a su alrededor, pero nadie lo tocaba, nadie le pasó los dedos por el pelo.
Se sentía cada vez más desolado.
Hasta que vio el coche negro de líneas rectas que se abalanzaba como un bólido sobre ellos. Era enorme, muy alto y entró directo en el jardín.
La sala del tribunal de Oxnard era pequeña y dentro hacía tan:o frío que Bob Koch creyó que acabaría cogiendo una neumon'a. De todos modos, aunque no hiciera frío tampoco se habría;entido mucho mejor. La resaca le había dejado una desagradable sensación en el estómago. El juez era un tipo de aspecto juvenil, de unos cuarenta años, y también parecía resacoso. Aunjue tal vez no fuera eso. Koch se aclaró la garganta.
– Señoría, vengo en representación de Alexandra Burnet, que 10 ha podido estar aquí hoy en persona.
– Este tribunal había ordenado su comparecencia -repuso:1 juez-. En persona.
– Soy consciente de ello, señoría, pero en estos momentos la persigue un cazarrecompensas, a ella y a su hijo, con la intención le extraer tejido de sus cuerpos y, por tanto, se ha dado a la fuga)ara evitarlo.
– ¿Qué cazarrecompensas? -preguntó el juez-. ¿Por qué íay un cazarrecompensas implicado en este asunto?
– Eso es exactamente lo que nos gustaría saber, señoría -apuntó Bob Koch.
El juez se volvió.
– ¿Señor Rodríguez?
– Señoría, no existe tal cazarrecompensas per se -aseguró Rodríguez, levantándose.
– Bueno, pues entonces ¿qué hay?
– Un captor de fugitivos profesional.
– ¿Con qué autorización?
– No está autorizado per se. En este caso está llevando a cabo una detención, señoría.
– ¿La detención de quién?
– De la señora Burnet y su hijo.
– ¿Sobre qué fundamentos?
– Posesión de bienes robados, señoría.
– Para llevar a cabo una detención, el ejecutor de esta ha de haber sido testigo de cómo esa persona se apoderaba del bien robado.
– Sí, señoría.
– ¿De qué ha sido testigo?
– De la posesión del bien en cuestión, señoría.
– ¿Se refiere a la línea celular Burnet? -intentó aclarar el juez.
– Sí, señoría. Tal como se ha demostrado ante este tribunal, esa línea celular pertenece a la UCLA, que a su vez concedió un permiso de explotación a BioGen, en Westview. Varias resoluciones anteriores han avalado el derecho a esa propiedad.
– Entonces, ¿cómo pueden haberla robado?
– Señoría, tenemos pruebas de que el señor Burnet conspiró para eliminar las líneas celulares en posesión de BioGen. Sin embargo, sea cierto o no, BioGen tiene derecho a restablecer las líneas celulares que le pertenecen.
– Las puede obtener del señor Burnet.
– Sí, señoría, eso se supone. Puesto que el tribunal ha dictaminado que las células del señor Burnet pertenecen a BioGen, pueden extraérselas en cualquier momento. Que la propiedad se halle en el cuerpo del señor Burnet o no, no es pertinente. BioGen es dueña de las células.
– ¿Está negando el derecho del señor Burnet a la integridad de su cuerpo? -preguntó el juez, enarcando una ceja.
– Con todos mis respetos, señoría, no existe tal derecho. Supongamos que alguien sustrae el anillo de diamantes de su esposa y se lo traga. El anillo sigue siendo de su propiedad.
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