Michael Crichton - Next

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El autor de Estado de miedo nos sumerge en los aspectos más sombríos de la investigación genética, la especulación farmacéutica y las consecuencias morales de esta nueva realidad. El investigador Henry Kendall mezcla ADN humano y de chimpacé y produce un híbrido extraordinariamente evolucionado al que rescatará del laboratorio y hará pasar como un humano. Tráfico de genes, animales `de diseño`, encarnizadas guerras de patentes: un futuro turbador que ya está aquí.

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Rodríguez empezaba a congestionarse.

– Señoría, esto es un intento de embrollar lo que debería ser un caso muy sencillo -intervino-. Recomendaría que…

– Es sencillo -convino Bob-. A menos que BioGen llegue a un acuerdo de explotación con Duke, no pueden usar la enzima producida por el gen de Duke. La enzima y su producto no son de su propiedad.

– Pero esto es…

– BioGen posee una célula, señoría -insistió Bob-, pero no todos los genes de esa célula.

El juez volvió a consultar la hora.

– Tengo que someter este caso a la deliberación de expertos -concluyó-. Mañana les anunciaré mi decisión.

– Pero señoría…

– Gracias, caballeros. Las exposiciones han concluido.

– Pero señoría, una mujer y su hijo están siendo perseguidos…

– Les aseguro que lo comprendo, pero también tengo que comprender la ley. Los veré mañana, abogados.

C087.

Los Kendall se pusieron a gritar cuando vieron que el Hummer se abalanzaba sobre ellos, pero Vasco Borden, gruñendo de dolor entre dientes y con una mano apretada contra el vendaje de la oreja ensangrentada, sabía lo que se hacía. Subió el coche a la acera, entró en el jardín y pisó el freno delante de la puerta de entrada para impedir el acceso a la vivienda. A continuación, Dolly y él se apearon de un salto, apresaron al Jamie de Alex, empujaron a la confundida madre del niño al suelo, volvieron a subir al Hummer de un salto y se alejaron sin perder tiempo mientras los demás contemplaban la escena estupefactos, sin saber qué hacer.

– ¡Así es la vida, guapa! -le gritó Vasco-. Si no estás dentro de casa, eres mío.

Enfiló la calle a toda velocidad.

– Hemos perdido la ambulancia, así que pasemos al plan B. -Miró atrás-. Dolly, cariño, pon en marcha la sala de operaciones. Diles que estaremos allí en veinte minutos. Una hora y listos.

Henry Kendall no daba crédito. Había sido testigo de un secuestro en su propio jardín y no había hecho nada para impedirlo. Su hijo sollozaba aferrado a su madre y Dave había dejado caer la oreja de alguien al suelo. La madre del otro niño estaba pidiendo a gritos que alguien llamara a la policía mientras se ponía en pie, pero ya no había rastro del Hummer, el vehículo había enfilado la calle y había desaparecido al doblar la esquina.

Se sentía inseguro e impotente, como si hubiera hecho algo malo, y le incomodaba la presencia de la amiga de Lynn, así que entró en la casa y se sentó delante del ordenador, en la silla que ocupaba cinco minutos antes, cuando Dave había empezado a chillar.

Todavía tenía abierta la página de TrackTech en la que había introducido los nombres y los números de serie, aunque solo los de Dave y Jamie, aún le faltaba el otro Jamie. Se sintió culpable y lo hizo en ese momento.

Apareció una página en blanco con un mapa de cualquier parte y una casilla donde había que introducir la unidad que buscaba. La primera que introdujo fue la de Jamie Burnet. Si el sensor estaba operativo, tenía que desplazarse por la calle, pero el punto azul no se movía, estaba estático. La dirección que aparecía era el número 348 de Marbury Madison Drive, es decir, su propia casa.

Miró en el salón y vio las zapatillas deportivas blancas de Jamie en un rincón, junto a la pequeña mochila. Ni siquiera había vuelto a calzarse.

A continuación, introdujo el número de sensor de su hijo. El mismo resultado: el punto azul aparecía en su casa. En ese momento su hijo entró por la puerta y el punto se desplazó.

– Papá, ¿qué haces? La policía está fuera y quiere hablar con todos.

– Muy bien, enseguida salgo.

– Su madre está muy preocupada, papá.

– Ya voy.

– Está llorando. No sé qué dijo mamá de un tejido.

– Enseguida estaré con vosotros.

Henry introdujo el tercer número de serie, el de Dave, sin perder tiempo. La pantalla se puso en blanco. Al cabo de unos instantes estudió con atención el mapa que se recomponía y donde empezaban a dibujarse las carreteras que conducían al norte de la ciudad, hacia el área de Torrey Pines.

El punto azul se movía.

«Norte, carretera de Torrey Pines, ENE, 90 km/h.»

A continuación, el punto torció hacia Gaylord Road, hacia el interior.

Ignoraba cómo, pero el sensor estaba en el Hummer. O bien se le había caído de la zapatilla o se la habían llevado, pero el sensor estaba ahí y funcionaba.

– Jamie, ve a buscar a Alex. Dile que tengo que verla un momento.

– Pero papá…

– Hazlo, y no le digas nada a la policía.

Alex miró fijamente la pantalla.

– Voy a encontrar a ese hijo de puta y voy a volarle la cabeza. Quien toque a mi hijo es hombre muerto -musitó con voz fría y desapasionada.

A Henry lo recorrió un escalofrío. Lo decía en serio.

– ¿Adonde se dirige? -preguntó Alex.

– Hacia el interior, ha dejado la costa, pero puede que solo sea para tratar de evitar el tráfico de Del Mar. Puede que regrese a la costa. Lo sabremos enseguida.

– ¿Está muy lejos?

– A unos diez minutos.

– Vamos. Tú llévate eso -le indicó, señalando el ordenador con un gesto de cabeza-, yo cogeré la escopeta.

Henry miró por la ventana. Había tres coches patrulla con las luces encendidas aparcados junto al bordillo y seis agentes en el jardín delantero.

– No va a ser fácil.

– Sí, sí que lo va a ser. Tengo el coche aparcado en la esquina.

– Han dicho que quieren hablar conmigo.

– Invéntate una excusa. Te espero en el coche.

Henry les dijo que Dave necesita que lo viera un médico y que tenía que llevárselo al hospital. Les aseguró que su esposa, Lynn, lo había visto todo y que ella podría explicarles lo que había sucedido. Les prometió una declaración completa a su vuelta, pero ahora tenía que llevarse a Dave al hospital.

Dave tenía las manos manchadas de sangre, así que lo creyeron, pero Lynn lo miró extrañada.

– Volveré en cuanto pueda -dijo a su mujer.

Rodeó la casa por detrás y atajó por la propiedad colindante. Dave lo siguió.

– ¿Adonde vamos? -preguntó Dave.

– A buscar a ese tipo. Al de la perilla.

– Le hació daño a Jamie.

– Sí, ya lo sé.

– Yo también le hací daño.

– Sí, lo sé.

– Se le salieron las orejas.

– Aja.

– Luego será la nariz.

– Dave, hay que ser comedido.

– ¿Qué es comer dido? -preguntó Dave.

Era demasiado complicado para explicárselo. El Toyota blanco de Alex estaba aparcado enfrente. Subieron al coche; él delante, Dave detrás.

– ¿Qué es esto? -quiso saber Dave, señalando el asiento de al lado.

– No lo toques, Dave -le advirtió Alex-. Es una escopeta.

Alex encendió el motor y se pusieron en marcha.

Llamó a Bob Koch con la vana esperanza de que tuviera buenas noticias.

– Las tengo -aseguró Bob-, aunque ojalá fueran mejores.

– ¿Lo han desestimado?

– Lo han pospuesto hasta mañana.

– ¿Intentaste…?

– Sí, lo intenté. Al hombre le viene un poco grande. Los jueces de Oxnard no están acostumbrados a estos temas, seguramente por eso presentaron aquí la demanda.

– ¿Así que hasta mañana?

– Sí.

– Gracias.

Alex colgó. No tenía sentido contarle qué iba a hacer. Ni siquiera estaba segura de que fuera a hacerlo, aunque creía que sí.

Henry iba en el asiento del acompañante, mirando el ordenador. La conexión desde el coche se perdía a veces durante un minuto o dos y le empezó a preocupar que la acabaran perdiendo del todo. Le echó un vistazo a Dave, que iba descalzo.

– ¿Dónde están tus zapatillas?

– Las perdí.

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