El padre de Alex los miraba estupefacto.
– ¿Están de broma?
– Ni mucho menos, señor Burnet. Es una práctica legítima, v el estado ejercerá su derecho.
– Entonces, ¿cuál es el propósito de esta reunión? -preguntó Alex.
– Nos ha parecido conveniente informarles de la situación, por si prefieren renunciar a seguir litigando.
– ¿Nos está proponiendo que dejemos el caso? -aventuró Alex.
– Es lo que yo le aconsejaría a su padre si fuera mi cliente -respondió Rodríguez.
– Claro, si se acaba el litigio, el estado se ahorra muchos gastos.
– El estado y todo el mundo -respondió Rodríguez.
– Así que lo que me propone es un acuerdo para que abandonemos el caso, ¿no?
– Ni mucho menos, señorita Burnet. Me temo que me ha entendido mal. Esto no es ninguna negociación. Solo hemos venido a exponerles nuestra postura para que puedan tomar la decisión más apropiada por su propio interés.
El padre de Alex se aclaró la garganta.
– Lo que nos están diciendo es que piensan quedarse con mis células a toda costa. Las han vendido por tres mil millones de dólares y piensan quedarse con todo el dinero sea como sea.
– Dicho así suena muy crudo, pero no se equivoca -admitió Rodríguez.
La reunión tocó a su fin. Rodriguez y los miembros de su equipo les dieron las gracias por el tiempo que les habían dedicado, se despidieron y salieron de la sala. Alex le hizo una señal de asentimiento a su padre y luego siguió a los demás abogados. A través del cristal, Frank Burnet vio que seguían hablando.
– Menudos cabrones -exclamó-. ¿En qué mundo vivimos?
– Eso mismo me pregunto yo -dijo alguien detrás de él.
Burnet se dio media vuelta.
Un joven que llevaba gafas con montura de carey se encontraba sentado en el extremo opuesto de la sala. Burnet lo recordaba bien. Había entrado durante la reunión con un termo de café y tazas y lo había depositado todo en una mesita aparte. Luego se había sentado en el rincón y allí había permanecido hasta que terminó la sesión. Burnet supuso que se trataba de un empleado recién incorporado a la plantilla; sin embargo, el joven hablaba con total seguridad.
– Reconózcalo de una vez, señor Burnet -dijo-, lo han estafado. Resulta que sus células son muy raras y valiosas. Son eficaces fabricantes de citocinas, unas moléculas químicas que combaten el cáncer. Esa es la verdadera razón por la cual superó la enfermedad. El hecho es que sus células fabrican citocinas como churros, con mayor eficacia que cualquier proceso comercial. Por eso sus células valen tanto dinero. Los médicos de la UCLA no han producido ni inventado nada, no han realizado ninguna modificación genética. Se han limitado a coger sus células, cultivarlas en una placa y vendérselo todo a BioGen. Y a usted, amigo mío, lo han estafado.
– ¿Quién es usted? -quiso saber Burnet.
– No albergue ninguna esperanza de que se haga justicia porque los tribunales son todos unos incompetentes -prosiguió el joven-. No se dan cuenta de la rapidez con que la realidad cambia, no comprenden que ya formamos parte de un mundo completamente nuevo. No están al día de las nuevas cuestiones. Puesto que sus conocimientos sobre tecnología son nulos, no saben qué procedimientos se utilizan o si se utiliza alguno. En su caso no se utilizó ningún procedimiento: a usted le robaron las células y luego las vendieron, simple y llanamente. Y al tribunal le ha parecido la mar de bien.
Burnet exhaló un hondo suspiro.
– No obstante, aún es posible que los ladrones se lleven su merecido.
– ¿Qué quiere decir?
– Que como la UCLA no ha modificado sus células, otra empresa podría hacerse con ellas, realizar pequeñas modificaciones genéticas y venderlas como un producto nuevo.
– Pero si ya las tiene BioGen…
– Es cierto. Pero las líneas celulares son muy delicadas, pueden ocurrirles cosas.
– ¿Adonde quiere ir a parar?
– Los cultivos son vulnerables a los hongos, a las infecciones bacterianas, a la contaminación e incluso a la mutación. Pueden estropearse por muchos motivos.
– Seguro que BioGen ha tomado precauciones.
– Claro que sí; sin embargo, a veces toda precaución resulta insuficiente -sugirió el hombre.
– ¿Quién es usted? -insistió Burnet.
Miró a través de las paredes de cristal de la sala de reuniones. Fuera, en la gran oficina, la gente iba y venía. Se preguntó dónde se habría metido su hija.
– No soy nadie -respondió el joven-. No me conoce.
– ¿Tiene una tarjeta de visita?
El hombre negó con la cabeza.
– No estoy aquí, señor Burnet.
Burnet frunció el entrecejo.
– ¿Y mi hija?
– No tiene ni idea, no he hablado nunca con ella. Esto es entre usted y yo.
– Pero lo que me propone es ilegal.
– Yo no le propongo nada porque usted y yo no hemos hablado nunca -dijo el hombre-. Solo vamos a imaginarnos lo que podría pasar.
– Muy bien.
– Legalmente, no puede vender sus células puesto que el tribunal ha decidido que no le pertenecen, son de BioGen. Sin embargo, sus células pueden obtenerse de otras maneras. En el curso de su vida le han extraído sangre muchas veces y en muchos lugares distintos. Hace cuarenta años estuvo en Vietnam y el ejército le extrajo sangre. Hace veinte años lo operaron de la rodilla en un hospital de San Diego, donde le extrajeron sangre y también se quedaron con un trozo de cartílago. A lo largo de los años ha acudido a varios médicos. Le han hecho análisis de sangre y los laboratorios se han quedado con las muestras. Como ve, no resulta difícil encontrar sangre suya. Puede obtenerse a partir de bases de datos a las que cualquiera puede acceder. Lo digo por si, por ejemplo, a otra empresa le interesara utilizar sus células.
– ¿Qué pasaría entonces con BioGen?
El joven se encogió de hombros.
– La biotecnología entraña dificultades. Estamos constantemente expuestos a la contaminación. Si en los laboratorios de la compañía ocurre algo malo, no es culpa suya, ¿verdad?
– Pero ¿cómo…?
– No tengo ni idea. Pueden ocurrir muchas cosas.
Se hizo un breve silencio.
– ¿Por qué iba a hacerlo? -preguntó Burnet.
– Recibirá cien millones de dólares.
– ¿A cambio de qué?
– De la biopsia por punción de seis órganos.
– Pensaba que era muy fácil obtener sangre mía.
– En teoría, sí. Si hubiera un litigio, podría alegarlo. Sin embargo, en la práctica las empresas prefieren células frescas.
– No sé qué decir.
– No se preocupe. Piénselo, señor Burnet. -El joven se puso en pie y se colocó bien las gafas sobre el caballete de la nariz-. Lo han estafado, pero no por eso tiene que tirar la toalla.
Extraído de la revista Alumni News de Beaumont College
ENCARNIZADO DEBATE EN TORNO A LAS CÉLULAS MADRE.
Tratamientos efectivos «a décadas vista» El profesor McKeown sorprende a la audiencia.
Max Thaler.
EL afamado biólogo Kevin McKeown sorprendió a la numerosa audiencia de Beaumont Hall al considerar la investigación con células madre «un fraude brutal».
«Lo que les han contado no es más que un mito cuya finalidad es asegurar fondos a los investigadores a costa de dar falsas esperanzas a los enfermos graves -afirmó el profesor-. Vamos a ceñirnos a la verdad.»
Según explicó el profesor, las células madre se llaman así porque tienen la capacidad de transformarse en otras células. Las hay de dos clases. Las células madre adultas se encuentran por todo el organismo: en los músculos, en el cerebro, en el tejido hepático, etcétera. Estas pueden generar nuevas células, pero solo del tejido en el cual se encuentran. Son muy importantes porque el cuerpo humano renueva todas las células cada siete años.
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