Michael Crichton - Next

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El autor de Estado de miedo nos sumerge en los aspectos más sombríos de la investigación genética, la especulación farmacéutica y las consecuencias morales de esta nueva realidad. El investigador Henry Kendall mezcla ADN humano y de chimpacé y produce un híbrido extraordinariamente evolucionado al que rescatará del laboratorio y hará pasar como un humano. Tráfico de genes, animales `de diseño`, encarnizadas guerras de patentes: un futuro turbador que ya está aquí.

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– Tráete la PDA.

Ambos atravesaron la puerta de vaivén y penetraron en la zona en la que se encontraban los animales.

El fuerte olor de las ratas, algo dulzón, les resultaba familiar. Había quinientas o seiscientas, todas bien etiquetadas y dispuestas en jaulas apiladas hasta una altura de un metro ochenta a ambos lados del pasillo que recorría la nave.

– ¿A cuáles nos toca administrar hoy la sustancia? -preguntó Tom Weller.

Josh leyó una retahila de cifras. Tom comprobó en su PDA la situación según el orden numérico. Avanzaron por el pasillo hasta dar con las jaulas que se correspondían con los números del día. Eran cinco, y en cada una había una rata. Los animales eran de pelo blanco, estaban más bien gordos y se movían con normalidad.

– Tienen buen aspecto. ¿Es ya la segunda dosis?

– Sí.

– Muy bien, chicas -dijo Josh-. Portaos bien con papá.

Abrió la primera jaula y capturó con rapidez a la rata que contenía. Sujetó al animal y con sus dedos expertos le oprimió el cuello a la vez que se apresuraba a colocar el pequeño cono de plástico sobre el hocico del animal. El aliento de este empañó el cono. Se oyó un pequeño siseo al liberarse el virus. Josh sujetó la mascarilla diez segundos durante los cuales la rata inhaló la sustancia. Luego devolvió el animal a la jaula.

– Una menos.

Tom Weller punteó con el lápiz óptico en la pantalla de la PDA. Luego se dirigió a la siguiente jaula.

El retrovirus había sido diseñado para portar un gen conocido como A C M P D 3 N 7, de la familia de los genes que controlan la aminocarboximuconato paraldehído descarboxilasa. En BioGen lo llamaban el gen de la madurez. Cuando se activaba, el A C M P D 3 N 7, parecía modificar las respuestas de la amígdala y del giro cingulado cerebrales. El resultado era una aceleración del comportamiento madurativo, por lo menos en las ratas. Las crías de sexo femenino, por ejemplo, mostraban indicios muy precoces de conducta maternal, como el hecho de que hicieran rodar los excrementos dentro de la jaula. Además, BioGen contaba con pruebas preliminares de los efectos del gen madurativo en macacos de la India.

El interés por el gen se centraba en su posible vínculo con las enfermedades neurodegenerativas. Una de las corrientes de opinión sostenía que las dolencias neurodegenerativas eran el resultado de trastornos en el desarrollo madurativo del cerebro.

Si eso resultaba ser cierto, si el A C M P D 3 N 7, estaba relacionado con la enfermedad de Alzheimer o con cualquier otra forma de demencia senil, el gen tendría un valor comercial incalculable.

Josh se había desplazado hasta la siguiente jaula y sostenía la mascarilla sobre la rata correspondiente cuando sonó el móvil. Le hizo una señal a Tom para que lo extrajera de su bolsillo.

Weller miró la pantalla.

– Es tu madre -dijo.

– Mierda -exclamó Josh-. Sigue tú con esto un momento, por favor.

– Joshua, ¿qué haces? -Estoy trabajando, mamá. -¿Puedes salir un rato? -La verdad es que no… -Es urgente.

Josh suspiró.

– ¿Qué es lo que ha hecho esta vez, mamá?

– No lo sé -dijo-. Está en la cárcel, en el centro de la ciudad.

– Bueno, le pediremos a Charles que lo saque de allí. -Charles Silverberg era el abogado de la familia.

– Ya lo está haciendo -le explicó su madre-. Aun así, Adam tiene que presentarse ante el tribunal, y alguien tiene que acompañarlo a casa cuando termine la vista.

– Pues yo no puedo. Tengo que trabajar.

– Es tu hermano, Josh.

– Sí, pero ya tiene treinta años -replicó Josh. Hacía demasiado tiempo que aquello duraba. Su hermano Adam era un ejecutivo de inversiones que había pasado por el centro de rehabilitación un montón de veces-. ¿No puede coger un taxi?

– No me parece muy sensato, dadas las circunstancias.

Josh exhaló un suspiro.

– ¿Qué ha hecho, mamá?

– Parece ser que le compró cocaína a una agente de la DEA.

– ¿Otra vez?

– Joshua, ¿piensas ir a buscarlo o no?

Se oyó un largo suspiro.

– Sí, mamá. Ahora voy.

– ¿Ahora mismo?

– Sí, mamá. Ahora mismo.

Colgó y se volvió hacia Weller.

– ¿Te parece bien que dejemos esto para más tarde?

– Claro, no te preocupes -lo tranquilizó Tom-. Tengo unos cuantos informes por redactar.

Joshua se dio media vuelta y empezó a quitarse los guantes mientras salía de la habitación. Guardó el cilindro, las gafas protectoras y la mascarilla de papel en el bolsillo de la bata, desprendió de esta el medidor de radiación y se dirigió al coche a toda prisa.

Durante el trayecto, echó un vistazo al cilindro que sobresalía de la bata, tirada de cualquier manera en el asiento del acompañante. Para cumplir el protocolo, Josh tenía que volver al laboratorio y hacer inhalar el virus a las ratas restantes antes de las cinco de la tarde. El hecho de tener un horario y la obligación de ceñirse a él eran un buen ejemplo de cuan distintos eran Josh y su hermano mayor.

Tiempo atrás, Adam había sido afortunado: atraía todas las miradas, gozaba de cualidades atléticas y de popularidad. Durante la época en que había asistido a la distinguida escuela Westfield, los éxitos se sucedían. Había sido director de la revista de la escuela, capitán del equipo de fútbol, presidente del círculo de debate y ganador de una beca de la National Merit Scholarship Corporation. Josh, en cambio, era un panfilo regordete, bajito y desgarbado. Andaba como un pato, no podía evitarlo, y los zapatos ortopédicos que su madre insistía en que llevara no resultaban de gran ayuda. Las chicas no le hacían ningún caso. Cuando se cruzaba con ellas por los pasillos, las oía reírse. Los años de instituto representaron para Josh una tortura y, en consecuencia, no obtuvo buenos resultados. Adam ingresó en Yale; Josh, en cambio, estuvo apunto de no conseguir siquiera una plaza en Emerson State.

Desde entonces, las cosas habían cambiado mucho.

Hacía un año que a Adam lo habían despedido del Deutsche Bank por culpa de la cantidad de problemas que tenía con las drogas. Mientras tanto, Josh había obtenido un puesto en Bio(jen y, aunque al principio no realizaba ningún trabajo cualificado, la compañía pronto reconoció su esfuerzo y su ingenio y lo ascendió. A la sazón, Josh poseía acciones de la compañía, y si alguno de los proyectos actuales, incluido el del gen de la madurez, resultaba ser un éxito comercial, se haría rico.

Adam, por otra parte…

Josh aparcó frente al juzgado. Adam aguardaba sentado en la escalera, con la mirada fija en el suelo. Llevaba un traje raído y sucísimo y barba de un día. Charles Silverberg se encontraba de pie a su lado, hablando por el móvil.

Josh tocó el claxon. Charles lo saludó con la mano y se dispuso a marcharse. Adam se acercó con paso alicaído y entró en el coche.

– Hola, hermanito. -Cerró la puerta de un fuerte golpe-. Gracias por venir.

– No tiene importancia.

Josh se incorporó a la circulación y miró el reloj. Aún le daba tiempo de acompañar a Adam a casa de su madre y volver al laboratorio antes de las cinco.

– ¿Te he cogido en mal momento? -preguntó Adam.

Eso era lo que más le molestaba de su hermano. No tenía bastante con complicarse él la vida, tenía que complicársela también a los demás. Al parecer, le encantaba.

– Pues para serte franco, sí.

– Lo siento.

– ¿Que lo sientes? Si lo sintieras, dejarías toda esa mierda.

– Eh, tío -protestó Adam-. ¿Yo qué cono sabía? Me tendieron una trampa, hasta Charles lo dice. Esa cabrona me tendió una trampa. Pero Charles dice que va a sacarme pronto.

– Si no consumes, no hay trampa que valga.

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