En la sala consistorial volvió a producirse un silencio absoluto mientras los presentes escuchaban aquella trágica historia.
Murgal dijo a Colla sin alzar la voz:
– Ahora sois nuestro jefe electo, Colla. Sois vos quien debéis tomar las decisiones.
Colla dudó. Cruzó miradas con su esposa Orla antes de volverse hacia Fidelma con un gesto inquisitivo.
– ¿Es cierto que ahora soy yo quien debe tomar las decisiones en Gleann Geis? -preguntó, dirigiéndole una mirada significativa a Ibor y a sus guerreros.
– Ahora que se ha resuelto este misterio, Ibor de Muirthemne y sus hombres esperarán vuestras
decisiones -le confirmó Fidelma-. Sois el jefe electo de Gleann Geis.
Ibor empuñó con elegancia la espada para saludar al nuevo jefe.
– Vos tenéis el mando, Colla -dijo.
– En tal caso, Cruinn y su hija deberán ser detenidas hasta que se las juzgue por lo que han hecho: a Marga, por planear la traición de su pueblo en alianza con Laisre; y a Cruinn, por sus despiadados asesinatos. Me habría inclinado a tratar con indulgencia a Cruinn por el carácter pasional de su crimen, si a éste no hubieran sucedido las calculadas muertes del joven Dianach y de Artgal.
Colla cogió a su esposa de la mano.
– Si el Consejo me acepta como jefe de Gleann Geis -añadió-, denunciaré y repudiaré el pacto de Laisre con Mael Dúin de Ailech y renovaré el compromiso de lealtad a Cashel y a sus reyes legítimos.
Ibor de Muirthemne sonreía de satisfacción.
– Excelente. Me honrará llevar a Tara este mensaje. Sechnassuch estará encantado. Pero tened presente que tan sólo hemos ganado una batalla a las ambiciones de Mael Dúin. Los Uí Néill del norte no cejarán en su empeño. Mientras Muman sea el único obstáculo que le impida dominar los cinco reinos, Mael Dúin ingeniará otras maneras de derrocar al gobierno de Cashel. Así pues, avisados quedáis.
Ibor se volvió hacia sus soldados:
– Liberad a los hombres de Gleann Geis y decidles que su nuevo jefe es Colla. Luego saldremos hacia el norte, de regreso a Tara -ordenó; entonces miró a Fidelma-. Ha sido… acaso «un placer» no sería la expresión adecuada; pero ha sido «gratificante» trabajar con vos, Fidelma de Gashel.
– También lo ha sido para mí trabajar con vos, Ibor de Muirthemne.
Ibor volvió a saludar a los presentes enarbolando la espada con dramatismo antes de seguir a los guerreros que salían de la sala consistorial.
Colla señaló entonces a Rudgal, que todavía estaba en el fondo de la sala con las muñecas atadas a la espalda.
– ¿Y qué hacemos con él, Fidelma? ¿Qué cargos presentáis contra Rudgal?
Fidelma sintió una punzada de culpa, pues casi había olvidado al rubio guerrero, aquejado de amor. Se volvió hacia Eadulf para decirle:
– Lo dejo en vuestras manos, Eadulf. Fue vuestra vida la que amenazó.
Eadulf le pidió a Colla que le prestara su cuchillo. Colla lo desenvainó con recelo y se lo dio con la empuñadura por delante. Eadulf llamó entonces a Esnad, que ya parecía haberse recuperado de aquella terrible experiencia.
– Tomad esto, Esnad -le ordenó-, y liberad a Rudgal. Luego lleváoslo de aquí y hablad con él seriamente. Ante todo, tratad de explicarle que yo os importo tanto como vos me importáis a mí.
Esnad se ruborizó un poco al mirar a Eadulf a la cara; luego apartó la vista, avergonzada, y se limitó a inclinar la cabeza y a acercarse a Rudgal con el cuchillo.
Ronan se había hecho cargo de Marga y de su madre, Cruinn, y las acompañaba a la salida. Nemon había salido con Bairsech, que casi mostraba simpatía por su vecina.
Eadulf se dirigió a Fidelma con una mueca de ironía:
– No estaba seguro de cómo ibais a sacarnos del laberinto en el que creía habernos perdido. Creo que me habéis dejado tan estupefacto como a todos los presentes.
Fidelma respondió con un aspaviento, quitándose importancia.
– Exageráis, Eadulf. Sólo parecía complicado porque había dos motivaciones distintas para cada fechoría.
Orla se adelantó, aún con el rostro tenso a causa de la impresión que le había causado la perfidia de su hermano. Hacía lo posible por mantener la compostura y parecía avergonzada al dirigirse a Fidelma.
– Sólo quería pediros perdón por mi actitud cuando pensaba…
Fidelma alzó una mano para pedirle que no siguiera hablando.
– Teníais todos los motivos del mundo para pensar de mí como hicisteis, pues acusar a un inocente siempre es motivo de indignación. Lamento que en el corazón de vuestro hermano no hubiera amor hacia vos o hacia los vuestros.
– Pobre Laisre -dijo la mujer, forzando una sonrisa pensativa-. Sí, incluso ahora puedo decir pobre Laisre. Estaba enfermo. Creo que su profunda locura era únicamente eso, una demencia, como una enfermedad, como un resfriado contra el que no hay remedio posible. Seguía siendo mi hermano; lo conocí antes de que la enfermedad se apoderara de su mente. Lo recordaré tal cual era entonces y olvidaré en qué se convirtió.
Colla se adelantó para tomar del brazo a su esposa y sonrió, contrito, a la dálaigh.
– Nos habéis enseñado muchas cosas, Fidelma de Cashel -comentó en voz baja.
– Espero que algunas os puedan servir para bien.
– ¿Cosas como lo que significan el amor y el perdón cristianos? -intervino Eadulf de manera oportuna-. Ésa sería una buena lección.
Colla rió con regocijo, de forma tan natural e insospechada, que Eadulf hasta se molestó.
– ¡No, no, sajón! Eso es lo último que habría aprendido aquí. ¿No es Mael Dúin de Ailech cristiano? ¿No eran cristianos los soldados que perpetraron la terrible masacre de los treinta y tres jóvenes? ¿No eran cristianos el hermano Solin y el hombre que lo envió, Ultan de Armagh? ¡Ja! El amor cristiano es lo último que ha quedado demostrado aquí -afirmó Colla, que inmediatamente se puso serio-. No, si algo he aprendido es que sólo la perseverancia puede hacer frente a la adversidad.
Con su esposa del brazo, se dirigió a la puerta de la sala consistorial. Al llegar, se detuvo y miró atrás.
– Al llegar a Cashel, decid a vuestro hermano y al obispo de Imleach que Gleann Geis aún no está dispuesto a aceptar una relación más próxima con la nueva Fe. Ya hemos conocido más inquietudes cristianas de las que nos convienen.
Colla y Orla salieron por la puerta sin más.
– ¡Cuánta ingratitud! -rezongó Eadulf, ofendido-. ¿Cómo podéis aceptar tales insultos de estos paganos?
Fidelma sonreía, impasible.
– No se les puede llamar insultos, Eadulf. Un hombre debe hablar según aquello que conoce. Tiene razón. La cristiandad de Mael Dúin, el hermano Solin y, si de veras forma parte de esta fatídica conspiración, la cristiandad de Ultan de Armagh, hacen que una eche de menos la moral de las antiguas creencias de nuestro pueblo.
Eadulf estaba escandalizado. Cuando se disponía a reprenderla, Murgal se aproximó con una expresión grave en el rostro.
– Lo cierto es que tenemos mucho que agradeceros, Fidelma de Cashel. He visto en vos la verdadera valía de una defensora moral de las leyes de los cinco reinos; una valía ejemplar.
– No la consideréis ejemplar, Murgal, pues vos mismo sois un ejemplo de ella. Sois un brehon valiente y honesto. Puede que nos separen las religiones, pero la moralidad a menudo trasciende las diferencias de fe.
– Es para mí alentador que reconozcáis algo así.
Fidelma hizo una sutil reverencia.
– Nos lo enseñan al estudiar la ley antigua. La intolerancia está hecha de la misma pasta que la mentira. Ningún desastre natural se ha cobrado tantas vidas humanas como la intolerancia del hombre para con las creencias de su prójimo.
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