Murgal parpadeó, avergonzado.
– Todos lo vieron -murmuró con incomodidad-. ¿Para qué voy negarlo? Pero no comprendo qué tiene que ver esto con lo demás.
Fidelma se enfrentó a Marga. El rostro de la boticaria era una curiosa amalgama de emociones.
– El hermano Solin no sólo os hizo una proposición lasciva… fue a vuestros aposentos e intentó tomaros por la fuerza.
Marga alzó la barbilla con brusquedad.
– Le tiré vino encima para calmar su ardor. Le di una bofetada. No volvió a molestarme. Yo no lo maté.
– Pero se había propasado con vos -insistió Fidelma sin alzar la voz-. Y por ese motivo el hermano Solin fue asesinado.
Se produjo un súbito silencio en la sala, roto sólo por el sollozo de la boticaria, que intentaba negar aquella afirmación. Todos los presentes miraban a Marga. La rolliza figura de Cruinn avanzó y rodeó a la joven con el brazo.
– ¿Afirmáis que Marga mató a Solin? -exclamó Murgal.
– No -respondió inmediatamente Fidelma-. Lo que he dicho es que el acoso de Solin a Marga fue el hecho que precipitó su muerte.
– ¿Afirmáis también que no fue Orla, sino Marga, a quien visteis en las cuadras? -le interpeló Colla.
Fidelma negó con la cabeza.
– Era alguien que tenía un enorme parecido con Orla, y eso me confundió. Vestía capa y capucha, por lo que sólo vi la parte superior del rostro cuando la luz lo iluminó.
Se volvió hacia Laisre.
– No reparé en el error que había cometido, hasta que vi la parte superior de vuestro rostro anoche, sobre la mampara de madera, Laisre, bajo una iluminación idéntica. Fuisteis vos, Laisre de Gleann Geis, quien salió de las cuadras, no vuestra hermana gemela, Orla.
Laisre se reclinó en la silla como si le hubieran asestado un golpe. Se quedó con la boca abierta, consternado.
Los ojos de Fidelma no expresaron conmiseración alguna al pronunciar la acusación. El jefe de Gleann Geis tragó saliva y, curiosamente, a continuación se encorvó y abrió las manos en un curioso ademán, que bien podía expresar una actitud defensiva, o bien una rendición.
– No negaré que me vierais -confesó con la voz apagada, provocando una perceptible expresión de asombro entre los reunidos-, pero negaré que fuera yo quien matara a Solin de Armagh.
Esperaban que Fidelma insistiera en acusarle, pero se limitó a hacerse a un lado para añadir:
– Sé que no lo matasteis vos. Aunque el hermano Solin hubiera violado a Marga, por quien profesáis amor, hubierais preferido mantenerlo con vida, porque os interesaba, ¿cierto?
Laisre no respondió. Se humedeció los labios secos, observándola con fascinación, del mismo modo que el conejo mira al zorro antes de morir.
– Fuisteis a las cuadras aquella noche porque teníais una cita secreta con el hermano Solin de Armagh, ¿no es así?
– Fui allí a reunirme con él -admitió Laisre con la voz apagada.
– Pero alguien había llegado antes que vos.
– Entré en las cuadras por la puerta lateral. Solin ya estaba en el suelo, apuñalado. Me fui en cuanto vi que agonizaba. Reconozco, por tanto, que me visteis salir de las cuadras.
– El error que cometí fue pensar que vos erais vuestra hermana gemela, porque la capa os ocultaba de tal forma, que lo único que vi fue la parte superior del rostro. No es de extrañar que os enfadarais tanto cuando acusé a Orla. Vuestra ira se debía al temor que sentíais; tenías miedo por vos. Teníais miedo de que, en un momento dado, me percatara de mi error. Vuestro miedo me hizo sospechar de vos, ya que, de inspiraros simpatía, de pronto pasé a inspiraros odio, un cambio muy evidente. Teníais tanto miedo que, cuando supisteis por Rudgal que había nombrado a Eadulf mi brehon, empujasteis un bloque suelto de la almena de la ráth cuando él pasaba por debajo. Gracias a Dios, no lo matasteis.
Eadulf tragó saliva al recordar el incidente.
– ¿Así que fuisteis vos? -preguntó Eadulf, mirando fijamente a Laisre un instante, para luego dirigirse a Fidelma-. Pero, ¿cómo supisteis que era Laisre, si no estuvisteis allí?
– Rudgal os dijo quién pasaba por la almena en aquel momento. En cuanto relacioné a Laisre con las demás partes del rompecabezas, me pareció evidente que hubiera sido él. ¿Negáis que fuerais vos, Laisre?
Laisre guardó silencio.
– Y ahora, ¿querréis contarnos por qué decidisteis reuniros con el hermano Solin aquella noche en las cuadras?
El jefe de Gleann Geis permaneció inmóvil en su asiento, cual figura esculpida en piedra.
– En ese caso lo haré yo -prosiguió Fidelma, al ver que no contestaba-. Ambos eran cómplices de una conspiración, o aliados, si lo preferís. Vos sois la persona de Gleann Geis que se había confabulado con Mael Dúin de Ailech. Vos cogisteis y destruísteis el pergamino con el mensaje de Ailech que os incriminaba. ¿No es así?
Laisre soltó una carcajada, acaso algo forzada.
– ¿Insinuáis que sería capaz de traicionar a mi propio pueblo? ¿Que lo sacrificaría a cambio de poder?
– Eso mismo estoy diciendo. No es necesario que lo neguéis. Ya en la primera reunión del Consejo, cuando supuestamente debíais negociar conmigo, advertí que vos erais quien había pedido a Cashel un enviado religioso. Supe entonces que buena parte de los integrantes del Consejo se habían opuesto a tal decisión, que habíais tomado de una forma bastante arbitraria. Cabía preguntarse por qué un jefe tan aferrado a la antigua Fe y, según han dicho algunos cristianos, como Rudgal, un jefe tan renuente a reconocer la presencia de la Iglesia en Gleann Geis, de pronto era capaz de enfrentarse a los deseos del Consejo enviando tal invitación a Cashel. La respuesta es evidente. Enviasteis la invitación para aseguraros de que un clérigo viniera al valle y viera la matanza ritual. Ninguna otra persona de Gleann Geis tenía la autoridad necesaria para tomar tal decisión -Fidelma miró a Murgal con una sonrisa de satisfacción-. Me confundió el hecho de que fuerais el único que apoyara este proyecto, en contra de la voluntad de Colla, Murgal y de vuestra hermana, y de la de los demás miembros del Consejo. ¿Por qué pusisteis en peligro vuestro cargo al oponeros a la voluntad del Consejo? Porque teníais los ojos puestos en otra clase de poder. Es evidente que Mael Dúin os había prometido algo mejor que el simple cargo de jefe de Gleann Geis.
Colla, Murgal y Orla miraban a Laisre horrorizados al empezar a asimilar la irrevocable lógica de su acusación. El semblante de Laisre adoptó una expresión desafiante, casi de menosprecio.
– ¿Habríais destruido Gleann Geis por ambición? -preguntó Murgal, asombrado-. Negadlo y os creeremos. Sois nuestro jefe.
– Estáis en lo cierto: soy vuestro jefe -afirmó con una voz estentórea, incorporándose de súbito-.
Hagamos nuestro este día. No son muchos, si actuamos juntos. El plan de Mael Dúin triunfará a pesar de esta mujer. Unios a mí, si queréis estar al lado de los vencedores. Declarad a favor de Ailech, en contra de Cashel. Tomad las riendas de vuestro destino.
Colla estaba pálido y miraba a Laisre con tensión e incredulidad.
– Yo tomaré las riendas del único destino que ahora exige el honor -dijo sin levantar la voz-. Ya no sois el jefe de Gleann Geis, y lo único que os queda ahora es la vergüenza por lo que habéis intentado hacer a nuestro pueblo.
Laisre se encolerizó.
– ¡Entonces tendréis que vivir con la vergüenza de haber negado a vuestro legítimo jefe!
Antes de terminar sus palabras, avanzó hacia adelante, sacando un puñal del cinturón. Antes de que nadie pudiera reaccionar, arrancó a Esnad de su silla, la abrazó contra su pecho y le colocó el filo del puñal en la garganta. La joven gritó, pero la presión del acero afilado sofocó el chillido. Un fino hilo de sangre se deslizó sobre la blancura de su cuello. La muchacha parecía asustada, y tenía los ojos abiertos de par en par. Laisre empezó a retroceder hacia la puerta de la sala.
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