– No os mováis, si no queréis ver muerta a esta niña -gritó en cuanto Ibor y algunos guerreros avanzaron hacia él.
Orla gritó, angustiada:
– Es vuestra sobrina, Laisre. ¡Mi hija! ¡Es de vuestra propia sangre!
– Atrás -advirtió el jefe-. Pienso abandonar esta ráth indemne. No creáis que dudaré en usar el puñal. Esa arpía de Cashel os dirá que estaba dispuesto a sacrificar a mi pueblo para satisfacer mi ambición, y no dudaré siquiera en sacrificar incluso a esta niña indolente, sea o no de mi propia sangre.
Marga se dirigió hacia él, gritando de alegría:
– Yo iré con vos, Laisre.
Laisre la miró con una sonrisa cínica.
– Ahora no puedo permitir que vos y mi rehén me retraséis. He de viajar rápido. Arregláoslas sola hasta que vuelva a Gleann Geis con el ejército victorioso de Mael Dúin.
La joven retrocedió, como si la hubieran abofeteado.
– Pero… me prometisteis… después de todo lo que hemos pasado… Después de todo lo que he hecho por vos.
Su voz se deshizo en un titubeo al darse cuenta del rechazo.
– Las circunstancias cambian las situaciones -respondió el jefe con indiferencia, sin apartar la vista de los guerreros de Ibor-. Dejad paso. Si alguien intenta seguirme, la niña morirá.
Orla estaba casi histérica. Colla intentaba consolarla.
Fidelma miró fijamente al jefe de Gleann Geis y comprendió que estaba desquiciado por completo.
También comprendió que soltaría a Esnad en cuanto le dieran un caballo veloz y franqueara las puertas de la ráth. Ni su propia sobrina significaba nada para él, aparte de un medio para obtener lo que codiciaba. El poder era su dios. El poder era una peste destructora que contaminaba cuanto tocaba.
– Lo hará -advirtió Fidelma a Ibor, que seguía avanzando muy despacio-. No intentéis detenerle.
Ibor se detuvo, reconociendo que tenía razón; bajó la espada y ordenó a sus hombres que hicieran lo mismo.
Los guerreros de Ibor se detuvieron y lo miraron con impotencia, a la espera de instrucciones, pero Ibor apoyó la punta de la espada en el suelo, a sus pies, y soltó un suspiro.
Laisre sonrió con un gesto triunfante.
– Me alegro de que seáis tan sensata, Fidelma de Cashel. Marga, abridme la puerta. ¡Rápido!
Marga todavía estaba inmóvil, como si no pudiera creer que Laisre, su amante hasta hacía tan poco, la hubiera abandonado.
– ¡Moveos! -bramó Laisre con rabia-. ¡Haced lo que os ordeno!
Orla dirigió una mirada empañada en lágrimas a la boticaria y le suplicó:
– Por el bien de mi hija, Marga. Abridle la puerta.
La oronda Cruinn tomó la iniciativa.
– Yo le abriré la puerta, señora -se ofreció.
Laisre miró a la robusta mujer.
– Hacedlo, pues. ¡Deprisa!
La hostalera, con una expresión severa, se dirigió hacia la puerta. Al llegar, se dio la vuelta con rapidez.
De pronto, Laisre abrió la boca. Contrajo el rostro y, al aflojar la mano, separó el puñal de la garganta de Esnad. Al sentir que la fuerza que la retenía mermaba, la niña se apartó de él y, entre sollozos, corrió a los brazos de su madre. El jefe de Gleann Geis quedó de pie, balanceándose unos momentos. Alrededor del cuello apareció un hilo rojo que recordaba un collar. Al final, los dedos inertes soltaron el puñal, y Laisre cayó de bruces sobre el suelo de la sala consistorial. La sangre salía a borbotones de la arteria escindida, derramándose en el suelo de madera.
Marga se echó a llorar con sollozos largos y trémulos.
– Iba a traicionarme… -susurraba con incredulidad.
– Lo sé. Lo sé -dijo Cruinn, dirigiéndole una mirada comprensiva.
Todavía estaba en la puerta, tras el cuerpo de Laisre. Tenía un gran cuchillo en la mano, manchado con la sangre del jefe.
Ibor corrió hasta Laisre, se inclinó sobre el cuerpo y comprobó el pulso en vano, pues era evidente que el jefe estaba muerto. Miró a Fidelma y sacudió la cabeza. A continuación, se incorporó despacio y tomó el cuchillo que Cruinn sostenía sin fuerza en la mano.
La mujer se acercó a Marga, la cogió del brazo y la acompañó a su lugar.
Colla rodeaba con el brazo a Orla, la cual abrazaba a su vez a Esnad con fuerza. La niña temblaba, conmocionada por lo sucedido.
Sólo Murgal parecía dueño de sí. Miró a Fidelma con emoción contenida.
– Teníais razón: aquí hay mucha barbarie. ¿También él fue responsable de la muerte de Dianach…?
– De forma indirecta -confirmó Fidelma-. El hermano Dianach sabía que Laisre estaba implicado en la conspiración con su maestro, Solin de Armagh. Claro está, Dianach también estaba involucrado, pero consideraba que la causa de Solin era justa, y no era consciente de lo corrupto que era. Dianach era un simple sirviente. En muchos sentidos, era un joven ingenuo. Laisre acudió a Dianach cuando me encarcelaron. Sabía que yo era inocente y que, si se descubría la verdad, la sospecha recaería en él. Orla podía demostrar su inocencia a través de Colla y, tarde o temprano, yo me daría cuenta de lo que había visto. El hecho de que Orla y Laisre fueran gemelos terminaría por hacerme pensar en él. Laisre decidió que debía asegurarse de que me declararan culpable. Por esa razón le dijo a Dianach que comprara las vacas de Nemon para sobornar a Artgal, de modo que mantuviera la declaración contra mí y, así, asegurar su posición.
– Lo hizo para eludir su culpabilidad. Pero, ¿por qué mató a Solin? -preguntó Murgal, que estaba perplejo.
Fidelma movió la cabeza y negó:
– Laisre no mató al hermano Solin. Olvidáis que Solin era su aliado. Sin Solin, la conspiración no saldría adelante.
Murgal estaba totalmente desconcertado.
– Pero, yo creía que…
– No he mentido al decirle a Laisre que yo sabía que él no había matado al hermano Solin. Laisre sólo quería asegurarse de que yo me convertía en el chivo expiatorio, porque sabía quién era el verdadero culpable. El problema surgió cuando vos me pusisteis en libertad; el verdadero asesino pensó entonces erróneamente que Dianach y Artgal se habían convertido de algún modo en una amenaza. Esperó a Dianach y a Artgal en la granja de éste, después de la farsa de mi juicio. El asesino había preparado una bebida envenenada para ellos, a fin de evitar que siguieran hablando. Pero era un veneno de efecto retardado, que dio tiempo al asesino para convencer a Artgal de que huyera del valle con algún pretexto, acaso para huir del castigo. Es decir, el objetivo principal era que Artgal desapareciera. El asesino le sugirió que saliera de Gleann Geis por el sendero que sigue el curso del río, a través de las cuevas, a sabiendas de que, en un momento dado, el veneno actuaría: y Artgal nunca saldría de las cuevas con vida.
– Así que el asesino se quedó a solas con Dianach, a la espera de que el veneno hiciera efecto. La razón por la que el monje debía morir es evidente. Pero, como digo, el veneno era de efecto retardado. Mientras esperaba el fatal efecto de la pócima, vio que Rudgal, Eadulf y yo nos acercábamos a la granja de Artgal, por lo que solamente podía hacer una cosa. Debió de engañar a Dianach, diciéndole que queríamos hacerle daño, y lo invitó a esconderse; el asesino aprovechó la ocasión para cortarle el cuello justo cuando el monje se inclinó para entrar en el cobertizo de la granja.
Murgal seguía su argumentación con mucho interés, asintiendo, mientras ella exponía sus conclusiones sin divagar.
– No veo fisura alguna en vuestro razonamiento. De acuerdo, nos remite a la cuestión de la identidad del asesino. Por lo que decís… sólo puede ser Marga.
Marga era incapaz de reaccionar. Seguía bajo el efecto de la impresión de haber sido rechazada por Laisre. Fidelma sorprendió a todos los presentes con un ademán negativo.
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