La inspectora meneó la cabeza, sin rendirse.
– Estás improvisando. No son más que conjeturas.
Habían atravesado barrios de clase media que servían de frontera entre el Balford viejo y el nuevo, entre los edificios eduardianos decadentes a los que Agatha Shaw pensaba devolver su antigua gloria, y las casas elegantes, caras y sombreadas por árboles, construidas en estilos arquitectónicos que se inspiraban en el pasado. Había falsas mansiones Tudor, pabellones de caza georgianos, mansiones de verano victorianas, fachadas palladianas [9].
– No -contestó Barbara-. Piensa en nosotras. Piensa en nuestros procesos mentales. Nunca le pedimos una coartada. No se la pedimos a ninguna de ellas. ¿Por qué? Porque son mujeres asiáticas. Porque, en nuestra opinión, dejan que sus hombres las dominen, decidan sus destinos y determinen sus futuros. Para colaborar, cubren sus cuerpos. Cocinan y limpian. Hacen reverencias hasta el suelo. Nunca se quejan. Pensamos que carecen de vida propia. Por lo tanto, carecen de opinión, pensamos. ¿Y si nos equivocamos, Emily?
Emily dobló a la derecha por la Segunda Avenida. Barbara la dirigió hasta la casa. Parecía que las luces de la planta baja estaban encendidas. La familia ya se habría enterado de la fuga de Muhannad. Si un concejal del ayuntamiento no les había comunicado la noticia, lo habrían hecho los medios, asediándoles con llamadas telefónicas, ansiosos por recoger la reacción de los Malik ante la huida de Muhannad.
Emily aparcó, examinó la casa un momento sin hablar.
Después, miró a Barbara.
– No tenemos ni una puta prueba. ¿Cómo te propones hacerlo?
Era una buena pregunta. Barbara pensó en sus ramificaciones. Sobre todo, consideró la pregunta a la luz de las intenciones de la inspectora, que pretendía culparla de la fuga de Muhannad. Tenía dos opciones, tal como veía la situación. Podía dejar que Emily se pegara la gran hostia, o hacer caso omiso de sus preferencias más innobles, de lo que en verdad deseaba. Podía vengarse, o asumir su responsabilidad. Podía correspondería de la misma forma, o cederle el coup que salvaría su carrera. La elección era suya.
Deseaba lo primero, por supuesto. Se moría de ganas por apuntarse a la primera opción. Pero sus años con el inspector Lynley le habían enseñado que un trabajo desastroso puede acabar bien, que se puede salir indemne del desastre.
«Puede aprender mucho trabajando con el inspector Lynley», había dicho en una ocasión el superintendente Webberly.
Nunca habían sido las palabras más ciertas que en aquel momento, cuando le proporcionaron la respuesta a la pregunta de Emily.
– Haremos exactamente lo que tú has dicho, Emily. Improvisaremos. Hasta que el zorro salga de su madriguera.
Akram Malik les abrió la puerta. Daba la impresión de que había envejecido años desde que le había visto en la fábrica. Miró a Barbara, después a Emily.
– Por favor -dijo en tono inexpresivo, pero el dolor que destilaban sus palabras bastaba para comprender sus sentimientos-. No me lo diga, inspectora Barlow. Para mí, ya no puede estar más muerto.
Barbara sintió una oleada de compasión por el hombre.
– Su hijo no ha muerto, señor Malik -contestó Emily-. Por lo que sé, se dirige a Alemania. Intentaremos capturarle. Si podemos, pediremos la extradición. Le juzgaremos e irá a la cárcel. Pero no hemos venido para hablar de Muhannad.
– Entonces…
Se pasó la mano por la cara y examinó el sudor que brillaba en su palma. La noche era tan calurosa como el día. No había ninguna ventana abierta en la casa.
– ¿Podemos entrar? -preguntó Barbara-. Nos gustaría hablar con su familia. Con todos sus miembros.
El hombre retrocedió para dejarlas entrar. Le siguieron hasta la sala de estar. Su mujer estaba trabajando sin demasiado éxito en un bastidor para bordar, que albergaba un complicado dibujo de líneas y curvas, puntos y garabatos, que estaba cosiendo con hilo de oro. Barbara tardó un momento en darse cuenta de que eran palabras árabes para un modelo de bordado similar a los que ya colgaban del techo.
Sahlah también estaba. Tenía un álbum de fotos abierto sobre una mesita auxiliar cubierta con una hoja de cristal. Se dedicaba a sacar fotografías. A su alrededor, sobre la alfombra persa de alegres colores, yacían facsímiles de su hermano, eliminados de las fotografías, como un símbolo de su expulsión del seno familiar. Barbara sintió un escalofrío.
Se acercó a la repisa de la chimenea, donde antes había visto las fotografías de Muhannad, su mujer y sus hijos. La imagen del primogénito y su mujer aún seguía en su sitio, aún no había caído víctima de las tijeras de Sahlah. Barbara la levantó y vio lo que no había observado antes, el lugar donde la pareja había posado para la foto. Estaban en la dársena de Balford, con una cesta de picnic a los pies y las Zodiac de Charlie Spencer alineadas a su espalda.
– Yumn está en casa, ¿verdad, señor Malik? -preguntó-. ¿Podría ir a buscarla? Nos gustaría hablar con todos ustedes.
Los dos ancianos se miraron con aprensión, como si la petición implicara más horrores inminentes. Sahlah fue quien habló, pero dirigió sus palabras a su padre, no a Barbara.
– ¿Quieres que vaya a buscarla, abby-jahn?
Sostenía las tijeras en alto entre sus pechos, la paciencia personificada, mientras esperaba a que su padre le diera instrucciones.
– Perdone -dijo Akram a Barbara-, pero no veo la necesidad de que Yumn pase otro mal trago esta noche. Ahora es viuda; sus hijos no tienen padre. Su mundo se ha derrumbado. Se ha ido a la cama. Si tiene algo que decir a mi nuera, debo pedirle que me lo comunique a mí primero, y yo juzgaré si está preparada para oírlo.
– No pienso hacer eso -replicó Barbara-. Tendrá que ir a buscarla, o la inspectora Barlow y yo tendremos que quedarnos aquí hasta que esté preparada para reunirse con nosotras. Lo siento -añadió, porque sentía compasión por el asiático. Era un hombre atrapado en mitad de una guerra cuyos adversarios eran el deber y la inclinación. Su deber cultural era proteger a las mujeres de su familia. Pero su inclinación de adopción era inglesa: debía hacer lo que era correcto, acceder a una petición razonable de las autoridades.
Ganó la inclinación. Akram suspiró. Cabeceó en dirección a Sahlah. La joven dejó sus tijeras sobre la mesa. Cerró el álbum de fotos. Salió de la sala. Un instante después, oyeron sus pasos en la escalera.
Barbara miró a Emily. La inspectora se comunicó sin palabras. No creas que esto cambia nada entre nosotras, le estaba diciendo Emily. Si me salgo con la mía, estás acabada como policía.
Haz lo que debas, contestó Barbara en silencio. Por primera vez desde su encuentro con Emily Barlow, se sintió libre.
Akram y Wardah esperaron con inquietud. El marido se agachó con rigidez para recoger las fotos mutiladas de Muhannad. Las tiró a la chimenea. La esposa dejó su bordado y clavó la aguja en la tela antes de enlazar las manos sobre el regazo.
Entonces, Yumn bajó la escalera detrás de Sahlah. Oyeron sus protestas, su voz temblorosa.
– ¿Cuánto más deberé soportar en una sola noche? ¿Qué han venido a decirme? Mi Muni no hizo nada. Le han alejado de nosotros porque le odian. Porque nos odian a todos. ¿Quién será el próximo?
– Sólo quieren hablar con nosotros, Yumn -dijo Sahlah, con su voz de cordero degollado.
– Bien, si he de soportar esto, no lo haré sin ayuda. Ve a buscarme un poco de té. Y quiero azúcar de verdad, no esa porquería química. ¿Me has oído? ¿Adonde vas, Sahlah? He dicho que fueras a buscarme un poco de té.
Sahlah entró en la sala de estar, el rostro impasible.
– Te he pedido que… -repitió Yumn-. Soy la mujer de tu hermano. Es tu deber. -Entró en la sala de estar. Concentró su atención en las dos detectives-. ¿Qué más quieren de mí? -preguntó-. ¿Qué más quieren hacerme? Le han expulsado, expulsado, de su familia. ¿Y por qué motivo? Porque están celosas. Los celos las devoran. No tienen hombres, no soportan la idea de que otra mujer tenga uno. Y no cualquier hombre, sino un hombre de verdad, un hombre entre…
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