Elizabeth George - El Precio Del Engaño

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Una lánguida ciudad de la costa de Essex se convierte en un hervidero tras el asesinato de un inmigrante de origen asiático. El racismo, siempre latente en situaciones de inestabilidad social, se dispara. Y poco a poco irá aflorando un universo de inmigración ilegal, racismo, celos, honor, violación, relaciones homosexuales y conflictos humanos. En esta novela cobra particular protagonismo la sargento Barbara Havers, ayudante del inspector Linley y opuesta a su superior, al que critica desde sus maneras hasta sus métodos de investigación. Pero ambos tienen algo en común: una extraordinaria agudeza para comprender la complejidad de las motivaciones humanas. Una novela soberbia por su fuerza y profundo realismo social.

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– Me vas a denunciar -dijo Barbara con voz hueca-. Joder, Emily. Me vas a denunciar.

– Ya lo creo.

Emily continuó escribiendo con determinación, la viva demostración de aquellas cualidades que Barbara tanto había admirado. Era competente, eficiente e incansable. Había ascendido con tanta rapidez debido a su fuerza de voluntad para utilizar el poder inherente a su cargo. Fueran cuales fuesen las circunstancias, fuera cual fuese el coste. ¿Qué la había impulsado a concluir que ella sería la única excepción a la regla de oro de Emily?, pensó Barbara.

Quería discutir con la inspectora, pero descubrió que no tenía ganas. Además, la expresión inflexible de Emily le dijo que sería inútil.

– Eres una profesional de primera -dijo por fin-. Haz lo que debas, Emily.

– Es lo que pienso hacer, créeme.

– Jefa.

Un agente se había asomado a la puerta de la inspectora. Sostenía un comprobante telefónico en la mano. Su expresión demostraba preocupación.

– ¿Qué pasa? -preguntó Emily. Su mirada se clavó en el papel que sujetaba-. Hostias, Doug, si el jodido de Ferguson ha…

– No se trata de Ferguson -dijo Doug-. Hemos recibido una llamada de Colchester. Parece que llegó a eso de las ocho y el comprobante fue a parar con los demás a comunicaciones. Lo recibí hace diez minutos.

– ¿Qué pasa con él?

– Acabo de devolver la llamada. Atando cabos sueltos. El otro día fui a Colchester, para comprobar la coartada de Malik, ¿recuerda?

– Continúe, agente.

El hombre se encogió al oír su tono.

– Bien, hoy lo volví a hacer cuando intentábamos encontrar su pista.

Los nervios de Barbara se pusieron en tensión. Leyó «cautela» en las facciones del agente. Daba la impresión de que esperaba una condena a muerte tras concluir sus comentarios.

– No todo el mundo estaba en casa en el barrio de Rakin Khan cuando estuve allí en ambas ocasiones, así que dejé mi tarjeta. Ése era el motivo de la llamada telefónica.

– Doug, no me interesa conocer al minuto tus actividades diarias. Ve al grano o lárgate de mi despacho.

Doug carraspeó.

– Él estaba allí, jefa. Malik estaba allí.

– ¿De qué estás hablando? No pudo estar allí. Yo misma le vi en el mar.

– No me refiero a hoy, sino al viernes por la noche. Malik estaba en Colchester. Como Rakin Khan afirmó desde el primer momento.

– ¿Qué? -Emily tiró el lápiz a un lado-. Y una mierda. ¿Te has vuelto loco?

– Esto -indicó el mensaje- es de un tío llamado Fred Medosch. Es viajante de comercio. Tiene una habitación en la casa que hay frente a la de Khan. No estaba en casa la primera vez que fui. Tampoco estaba en casa cuando estuve hoy, siguiendo la pista de Malik. -El agente hizo una pausa y se removió inquieto-. Pero sí estaba en casa el viernes por la noche, jefa. Vio a Malik. En carne y hueso. A las diez y cuarto. En la casa de Khan, con Khan y otro tío. Rubio, gafas redondas, un poco encorvado de hombros.

– Reuchlein -murmuró Barbara-. Puta mierda.

Vio que Emily había palidecido.

– No es posible -masculló.

Doug parecía abatido.

– Su habitación da a la ventana delantera de la casa de Malik. La ventana del comedor, jefa. Aquella noche hacía calor, así que la ventana estaba abierta. Malik estaba allí. Medosch le describió de pe a pa, hasta la coleta. Intentaba dormir, pero aquellos tíos hablaban a voz en grito. Se asomó para ver qué estaba pasando. Fue entonces cuando le vio. He telefoneado al DIC de Colchester. Van a enseñarle una foto de Malik, para asegurarse, pero pensé que a usted le gustaría saberlo enseguida. Antes de que la oficina de prensa anuncie…, ya sabe.

Emily se apartó de su escritorio.

– Es imposible -dijo-. No pudo… ¿Cómo lo hizo?

Barbara sabía lo que estaba pensando. También era lo primero que a ella le había sorprendido. ¿Cómo pudo Muhannad Malik estar en dos sitios a la vez? La respuesta era obvia: no pudo.

– ¡No! -insistió Emily. Doug se esfumó del despacho. Emily se levantó de la silla y caminó hasta la ventana. Meneó la cabeza-. Maldita sea.

Y Barbara pensó. Pensó en todo lo que le habían dicho, Theo Shaw, Rachel Winfield, Sahlah Malik, Ian Armstrong, Trevor Ruddock. Pensó en todo lo que sabía: que Sahlah estaba embarazada, que a Trevor le habían despedido, que Gerry DeVitt había trabajado en las reformas de la casa de Querashi, que Cliff Hegarty había sido el amante del hombre asesinado. Pensó en las coartadas, en quién tenía y en quién no, en lo que significaba cada una y en cómo encajaba cada una en la estructura del caso. Pensó…

– Por Dios.

Se puso en pie de un salto, se apoderó de su bolso con el mismo movimiento, y apenas notó el dolor que laceraba su pecho. Estaba demasiado concentrada en la idea, súbita y horripilante, pero diáfana, que había acudido a su mente.

– Oh, Dios mío. Por supuesto. Por supuesto.

Emily se volvió hacia ella.

– ¿Qué?.

– Él no lo hizo. Participó en el tráfico de ilegales, pero no cometió el crimen. ¡Em! ¿No ves…?

– No me -vengas con monsergas -replicó Emily-. Si intentas librarte del castigo que mereces por tu falta de disciplina cargando el muerto a alguien que no sea Malik…

– Vete al infierno, Barlow -dijo con impaciencia Barbara-. ¿Quieres al auténtico asesino, o no?

– Estás meando fuera del tiesto, sargento.

– Estupendo. No es ninguna novedad. Pero si quieres cerrar este caso, ven conmigo.

No había ninguna necesidad de darse prisa, de modo que no utilizaron la sirena ni las luces. Mientras subían por Martello Road, desde allí hasta Crescent, donde la casa de Emily estaba sumida en la penumbra, desde Crescent hasta el paseo Superior, rodeando la estación de tren, Barbara explicó. Y Emily se resistió. Y Emily discutió. Y Emily, tirante, expuso los motivos por los que Barbara estaba llegando a una falsa conclusión.

Pero, para Barbara, todo había estado desde el principio presente en su mente: el móvil, los medios, la oportunidad. Habían sido incapaces de verlo, cegadas por sus ideas preconcebidas sobre la clase de mujer que se sometía a matrimonios de conveniencia. Habían pensado que sería dócil. Carecería de opinión propia. Cedería a la voluntad de los demás (empezando por el padre, siguiendo por el marido y terminando por los hermanos mayores, si los tenía), y sería incapaz de pasar a la acción, aunque fuera perentorio.

– Es lo que pensamos cuando se trata de matrimonios de conveniencia, ¿verdad? -preguntó Barbara.

Emily escuchaba con los labios apretados. Estaban en Woodberry Way, y pasaban ante los Fiesta y Carlton aparcados ante las casas destartaladas de uno de los barrios más antiguos de la ciudad.

Barbara continuó. Como su cultura occidental era tan diferente de la oriental, los occidentales consideraban a las mujeres orientales ramas de sauce, arrastradas por cualquier viento que azotara el árbol. Sin embargo, los occidentales nunca pensaban que la rama del sauce era flexible y adaptable. Ya podía soplar el viento, que la rama se movía pero no se desgajaba del árbol.

– Nos fijamos en lo más evidente -dijo Barbara-, porque debíamos trabajar con lo evidente. Era lógico, ¿verdad? Buscamos a los enemigos de Haytham Querashi. Buscamos a la gente resentida con él. Y la encontramos. Trevor Ruddock, al que había despedido.

Theo Shaw, que estaba liado con Sahlah. Ian Armstrong, que recuperó su empleo cuando Querashi murió. Muhannad Malik, el que iba a perder más si Querashi contaba lo que sabía. Pensamos en todo. Un amante homosexual. Un marido celoso. Un chantajista. Todo, examinado bajo un microscopio. Pero no pensamos en lo que significaba para la vida de todos los implicados la desaparición de Haytham Querashi. Pensamos que su asesinato sólo estaba relacionado con él. Se interpuso en el camino de alguien. Sabía algo que no debía. Despidió a alguien. Por lo tanto, debía morir. Nunca pensamos que su asesinato no tuviera nada que ver con su persona. Nunca pensamos que podía ser el medio de conseguir algo que no tenía nada que ver con lo que nosotros, como occidentales, como jodidos occidentales, podíamos aspirar a comprender.

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