Manuel Fernández y González - La vieja verde
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Algunos asquerosos mechones de cabellos canos, de un blanco sucio, se veian en su parte superior.
Entonces aquella mujer parecia horrible.
Yo me crispé, sentí frio.
Junto á la peluca habia dos grandes reenchidos redondos.
Sobre un sillon otros dos mayores.
Eran el seno y las caderas.
Despues de haberse puesto la gorra de dormir, aquella arpía se llevó la mano á la boca.
Se sacó de ella una caja completa, que puso sobre el velador.
Sólo los ojos eran los mismos.
Grandes, negros, resplandecientes, poderosos, jóvenes, pero por su misma hermosura determinaban con las fealdades un contraste horrible.
Don Bruno no habia exagerado.
Podia asegurarse que doña Emerenciana estaba en sus sesenta años.
Yo me retiré espantado, de mi acechadero.
Cuando me bajé de la silla, me encontré delante de mí una preciosa rubia de diez y ocho ó veinte años.
Era Micaela, la doncella de aquel horrible vestiglo.
Una compensacion.
La muchacha se puso un dedo en la boca, como imponiéndome silencio, y me dijo que la siguiera.
Yo la seguí.
CAPITULO IV
En que doy al lector algunos datos acerca de mí mismo
Para mí era completamente desconocida Micaela.
Y sin embargo, habia un no se qué en la manera con que me miraba, que parecia indicarme que éramos antiguos conocidos.
Era una chica alta, esbelta, rubia y resplandeciente de juventud y, al parecer, de pureza.
Pero resuelta y viva, y de todo punto espiritual.
Su traje de casa era elegante.
Más que una criada, parecia una señorita.
Me llevó á su cuarto.
Su mueblaje se reducia á una cama de hierro modesta, pero cómoda, á una mesa de noche, á una pequeña mesa de pino y á dos sillas.
En un rincon habia un baul.
Sobre la mesa algunos libros, al parecer novelas, y un tintero.
Sobre la mesa pendia de la pared un espejo ordinario.
En otra pared, y tambien colgados, se veian algunos trajes.
Micaela continuaba mirándome como se mira á un antiguo conocido.
Más aún.
A un conocido que nos debe algo que estamos resueltos á reclamarle.
– ¡Oh amigo mio, – me dijo, – las montañas son las que no se encuentran! ¿Con que no ha quedado usted ya para otra cosa que para vivir de viejas verdes?
– ¿Qué me importa á mí cuando para desengrasar de la vieja conozco á una jóven como tú?
– ¿Qué es eso de tú? No tenemos la menor confianza, ni estamos en el baile de la Infantil: un poco más de respeto, caballero, á una, señorita decente.
– ¡Ah! – exclamé, – nos hemos conocido en el baile; ¿y cuándo?
– Nos hablamos hace ocho noches y usted no ha vuelto. ¿Y mi brazalete?
– ¡Ah! ¡El dominó azul y blanco! – exclamé. – ¡y sin careta!
Yo habia contraido una pasion furiosa por aquel dominó inflexible que no habia consentido en mostrarme el semblante.
Al que yo venia tratando desde hacia algun tiempo ya en este baile, ya en el otro.
El de la deliciosa garganta.
El del precioso seno virginal.
La chica más extraña del mundo.
Decia que me adoraba y no consentia en quitarse la careta.
No me permitia la más leve licencia.
Era necesario valsar con ella, pero decentemente.
No me habia dado una sola cita.
Y sin embargo, sus ojos ardian, me devoraban.
Yo estaba loco por ella.
Ella se me escurria siempre.
Se me perdia antes del fin del baile.
Desaparecia.
Tenia para esto una habilidad infinita.
Yo estaba desesperado.
Resuelto á una enormidad.
Pero hay fatalidades.
Un mes antes… estaba yo empeñado en un gravísimo compromiso.
Habia dado de puntapiés á un quidan .
Le habia dislocado una pierna.
Nos llevaron, á mí á la prevencion, á él á la Casa de Socorro.
Comparecimos en juicio de faltas.
Me sentenciaron las costas y me aplastaron con una multa de cien reales.
Yo no sabia lo que era guita , desde hacia un siglo.
Se me dió un respiro.
Se me pidieron, las señas de mi domicilio.
Se me advirtió que si dentro de tres dias no arreglaba mi cuenta con la justicia, se echaria mano de mi bella persona y se me aposentaria de balde, y con la manutencion, en el aristocrático hotel del Saladero.
La cuestion era grave.
¿De dónde sacar los ciento y tantos reales que habian hecho caer sobre mi mal genio y mis puños?
Quien quiera saber lo difíciles que son ocho duros, que los necesite.
Ninguno de mis amigos valia tres pesetas.
Tenia yo una cocinera.
Expliquémonos; no era que yo tenia una cocinera, sino que una cocinera me tenia á mí.
Más claro…
Pero no hay necesidad de hablar más claro.
Se podria hacer un turbio.
Me amaba, en fin, una vizcaina que cuidaba del estómago de un canónigo y que cuidaba mucho más de hacerme cómodos sus cincuenta y dos años.
Era vistosa como doña Emerenciana.
Como doña Emerenciana, tenia que hacer inventario, cuando se acostaba, de las prendas más bellas que aparecian en su persona.
Y aún aventajaba á doña Emerenciana, porque tenia un ojo postizo.
Esta señora se habia mostrado espléndida conmigo en más de una ocasion.
Del café á ver una racion de teatro, despues de la racion de teatro una racion de amor.
Despues vuelta al café, una merienda, y al despedirnos cuatro ó seis pesetillas.
Y hasta pasados ocho ó diez dias.
No era una gran cosa, bajo el punto de vista utilitario, porque gastaba de mí más que yo aprovechaba de ella; pero, en fin, ménos dá una piedra.
– ¡Oh desgracia!
– Cuando entraba yo lleno de esperanzas en la casa del canónigo donde se me recibia como un antiguo conocido, no ménos que como sobrino de Rosita, que así se llamaba la cocinera, me encontré con que ésta derretia sus mantecas hablando con el mayor gusto del mundo con un músico de ingenieros.
¡Horror!
Aquel infame me miró de una manera sesgada, conoció en mí un rival.
Me faltó de una manera indecente.
Me llamó… no importa qué.
Se rió Rosita.
Yo la solté un revés, que hizo saltar su ojo postizo.
Arrebaté el machete al músico.
Le desnudé de una paliza.
Acudió el mayordomo.
Le eché la peluca al aire.
Se alborotó la vecindad.
Me escurrí, escapé.
Doblé la esquina.
Me fuí á las Américas viejas.
Vendí en dos pesetas el machete.
Esto era algo.
Se salia del dia.
Pero tambien se salia de Rosita, ó más bien, no se podia ya volver á pegar la hebra con Rosita.
El rompimiento habia sido decisivo.
Sobre todo contundente.
Habia que temer un nuevo juicio de faltas.
En fin, aquello era una ruina, la fin del mundo.
Iba llegando el plazo fatal.
Es cierto que yo podia ocultarme, pero amo extraordinariamente la libertad.
Podia cambiar de poblacion.
Pero Madrid me enamora.
En Madrid, mal que bien se vive.
El que no vive en Madrid no tiene habilidad de ningun género.
En Madrid abundan los medios de vivir.
Que lo digan sino todos los excelentísimos que han rodado por todas las inmundicias, y muchos de los cuales han empezado por limpiabotas.
Pues que les tosan hoy.
Son don fulano, don fulano y don fulano, conde, duque y marqués, y en fin, es inútil, todo el mundo los conoce.
Yo espero ser como la mayor parte de ellos, salidos de la bohemia.
Y cátate aquí á don Periquito hecho fraile.
El que en Madrid no es una gran persona, es porque es una persona muy pequeña.
Ni siquiera persona.
Un tonto.
Un guillado .
Una cualquier cosa.
O un desgraciado de esos que si van á coger una esquina, la esquina se les escapa.
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