Manuel Fernández y González - La vieja verde

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Don Bruno tenia á lo ménos setenta años; pero estaba avellanado y parecia fuerte; sobre todo, arrojado y audaz.

Llamó.

Doña Emerenciana pidió riñones.

Pidió para mí lo mismo.

Doña Rufa tres huevos pasados por agua.

Don Bruno un entre cótte con muchas patatas.

Además dos botellas de vino de Valdepeñas de las lacradas .

Terminados estos platos se sirvió merluza frita para todos.

Despues queso de Gruyére .

Luego café con leche y copa.

Una verdadera cena de Baltasar.

Durante la cena se habló de cosas indiferentes.

Del último drama que alborotaba.

A don Bruno le parecia inmoral.

Doña Emerenciana decia que solamente era un poco vivo.

Doña Rufa tragaba y callaba.

Don Bruno vaciaba una botella y pedia en seguida otra.

De improviso sentí posarse una mano sobre mi muslo.

Aquella mano se acercó con disimulo á la mia.

Aquella preciosa mano me dió una moneda, que por el tacto conocí era de cien reales.

Ya comprendí.

Cuando mi tia llamó al mozo, dí á éste el doblon.

– No, no, de ninguna manera, – me dijo por señas doña Emerenciana; – tú eres muy generoso; no debemos quitar á don Bruno el placer de obsequiarnos.

Don Bruno entonces llevó torpemente la mano debajo de las mesas, la sacó, dió al mozo otro doblon de á cien reales, y el mozo me devolvió el mio.

Yo hice admirablemente, y con gran gusto, mi papel; sonreí lo más candorosamente del mundo á mi tia y á nuestro amigo , y me guardé el doblon.

A don Bruno le sobró de la cuenta un duro, que se guardó gentilmente.

Despues salimos, era la una de la madrugada.

Las señoras salieron las primeras; nos quedamos don Bruno y yo á la puerta algo á retaguardia.

– Oye, tú, sordo, – me dijo rápidamente al oido; – somos dos para el negocio; tú llevas la mejor parte; pero si no partes conmigo la vaca, te reviento.

– Ya hablaremos, – le dije con un acento indefinible.

– Vaya, don Bruno, – le dijo doña Emerenciana, – muchas gracias por el ratito y por el obsequio; usted seria muy amable si acompañara á doña Rufa; ya sabe usted que vivimos en barrios diametralmente opuestos.

– Con mucho gusto, señora, – dijo don Bruno; – sabe usted que yo no he nacido más que para servirla en cuanto mande: beso á usted los piés; mis cumplimientos á su sobrino; hasta mañana; ¿pero dónde?

– En Puerto-Rico.

– Pues en Puerto-Rico me tiene usted á las once en punto; adios.

– Adios.

Y se llevó á doña Rufa.

Doña Emerenciana se agarró á mi brazo.

– ¡Ah, hijo mio! – dijo, – al fin nos hemos quitado de encima esa calamidad; es mi sombra, mi castigo, mi sanguijuela.

– Yo le reventaré. – la dije.

– ¡Para que yo me equivocara! – exclamó, – vamos cuanto antes á casa, tenemos que hablar mucho; pára ese coche que pasa.

Hice parar el carruaje.

Entramos.

Doña Emerenciana dió las señas al cochero.

Yo iba en mis glorias.

Habia encontrado una Niove; aquella Niove se habia enamorado de mí.

No podia desear más.

Pero como me habia sentado en el coche demasiado ceñido á ella, me dijo:

– ¡Eh, cuidado, caballerito, no se equivoque usted, que puede perderlo todo!

Estas palabras, de la manera tan rotunda con que fueron pronunciadas, me pusieron en respeto.

Doña Emerenciana se mantuvo reservada.

– Llegamos al fin.

Bajamos.

Doña Emerenciana pagó al cochero.

El sereno habia acudido y habia abierto.

Subimos alumbrados por el sereno hasta el cuarto principal.

Abrió una hermosa muchacha.

– Acuéstate, Micaela, – la dijo doña Emerenciana.

La muchacha me miró con atencion.

Nos dió las buenas noches.

Se fué.

Doña Emerenciana se entró conmigo en un gabinete que estaba alumbrado por una lámpara puesta sobre una chimenea encendida.

CAPITULO III

Lo que va de la verdad á la mentira

Doña Emerenciana se quitó el abrigo, dejándome ver por completo la gallardía de su persona.

Se sentó en una butaca junto á la chimenea, y me dijo:

– Echa leña.

Me mandaba como á un criado.

El acento era imperativo.

Habia cambiado por completo.

Y como si me hubiera podido caber alguna duda, mientras yo echaba de la caja maqueada que servia de leñera algunos trozos de encina á la chimenea, añadió:

– Te tomo á mi servicio.

– Muy bien, señora; pero querria que usted me dijese las razones que tiene para tratarme de este modo.

– La razon sencillísima de que eres un tunante; de que estás á la cuarta pregunta y de que eres valiente, ó por lo ménos, de buen estómago y madrugon.

– Muchas gracias, cariño, – la respondí: – obligado.

Y me dirigí resueltamente á ella.

– ¡Eh! ¿Qué confianzas son esas? – me dijo.

– Usted perdone, señora, – respondí retrocediendo.

– Siéntate y escúchame; vamos á concluir muy pronto; tengo sueño; estoy además enamorada y necesito recogerme para pensar en el que amo, para soñar con él.

– ¡Pues el chasco que me he llevado es menudo! – dije yo.

– ¿Qué quieres hijo? todos los dias son dias de aprender. ¿Has comprendido tú á don Bruno?

– Perfectamente. Usted le tiene miedo y él abusa.

– Me ha estropeado ya tres amores y no me atrevo á amar á nadie de miedo de que don Bruno me lo espante.

– Pues yo me encargo.

– Lo creo bien.

– Mañana reviento á ese tio.

– No tanto, hijo, no tanto; dale una vuelta; él no ha creido lo del sobrino; yo he procurado evitar un escándalo; él te dijo algo al salir.

– Que partiéramos la vaca, y yo voy á echarle el toro.

– Bien hecho; yo te nombro mi mayordomo.

– Muchas gracias, señora.

– Róbame cuanto quieras, pero sírveme bien.

– Una palabra, señora.

– ¿Qué?

– ¿Se ofenderá usted si la digo que estoy chiflado por usted desde que la ví?

– Tú tambien me gustas mucho, mucho, muchísimo, pero no estás en circunstancias.

– Yo soy de buena familia.

– Me gusta el otro más que tú.

– ¿Y quién es el otro?

– Ya le conocerás.

– Vamos claros; ¿para cuántas cosas voy á servir en esta casa?

– Para todo.

– Eso es muy vago.

– Tengo sueño, buenas noches; puedes dormir en una butaca, otras veces habrás dormido peor.

Y se fué por una puerta de escape.

La cerró por dentro.

La otra puerta del gabinete, que daba al salon, habia quedado abierta.

Yo no sabia qué pensar de la aventura en que me encontraba metido.

En fin, yo iba ganando.

Pero me habia enamorado de doña Emerenciana.

De los hoyitos de sus mejillas, de su boca tan graciosa y tan fresca.

Noté que la puerta de escape, que no era muy alta, tenia por ajustar mal en su parte superior, una rendija, un movimiento de las maderas.

Fuí poco delicado.

Me propuse sorprender el misterio del dormitorio de aquella buena hembra, que de tal manera me habia cogido la voluntad, y que tan complaciente á veces, tan reservada otras, se habia mostrado conmigo.

El gabinete estaba alfombrado.

Esto me permitia andar sin producir ruido.

Me acerqué silenciosamente á la puerta del gabinete.

Coloqué sin ruido la silla, subí en ella y miré.

¡Oh, carísimo lector, ó si se quiere, querida lectora!

Ví..

Aquella magnífica cabellera negra, rizada, sedosa, habia cambiado de lugar.

Estaba sobre un velador.

Doña Emerenciana arreglaba su gorra de dormir.

Su cabeza amelonada estaba completamente calva.

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