Armando Palacio Valdés - El origen del pensamiento

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Presentación se había vuelto de espaldas por completo. Su rostro y todo su cuerpo reflejaban agitación violentísima que se traducía en muecas y contorsiones y se exhalaba también en frases incoherentes pronunciadas en voz baja, que ni Carlota ni Mario llegaban a comprender. La causa de tal estado espasmódico no podía ser otra que la influencia magnética de la mirada del violinista pesando continuamente sobre su cogote.

Carlota la contemplaba con sonrisa benévola y le decía por lo bajo:

–¡Calma, niña, calma!

–¡Sí, sí, calma!… ¡Que te pasase a ti lo que a mí me está pasando!—exclamaba con coraje, esforzándose en apagar la voz.

–Buenas noches, Carlotita—dijo en aquel momento Timoteo, tratando de dar a su voz gangosa acento picaresco.—No se las he dado antes porque la veía a usted muy entretenida.

–Abre el paraguas, Carlota—dijo Presentación por lo bajo.

Pero no tan bajo que no llegase como un rumor a los oídos del joven. Éste, sin percibir las palabras, comprendió su tristísimo sentido y quedó avergonzado y confuso.

–Buenas noches, Presentacioncita—dijo entonces abriendo la boca desmesuradamente para sonreír.

–Buenas noches—respondió la joven sin volver la cabeza, mirando con fijeza al frente.

–Hoy la he visto a usted en un comercio de la calle de la Montera—profirió el artista abriendo la boca un poco más.

–Puede ser—repuso Presentación sin dejar de mirar al frente.

–Estaba usted comprando unas enaguas.

–¡Enaguas!—replicó la joven con el acento más despreciativo que pudo hallar.—¡Vamos, debe usted tener los ojos en el cogote para confundir enaguas con chambras!

Timoteo quedó anonadado. Apenas pudo murmurar algunas frases de excusa.

Y he aquí por qué el violín se quejaba tan amargamente hacía poco tiempo, por qué arrastraba las notas de un modo tan lamentable. Presentía el infortunado que las chambras jamás deben confundirse con las enaguas.

D.ª Carolina acudió generosamente al socorro de aquella desgracia.

–Los hombres no entienden nada de nuestra ropa, muchacha, y además, mirando por los cristales del escaparate no es fácil distinguir lo que se compra.

Timoteo le dirigió una mirada de carnero moribundo agradeciendo el cable de salvación. Pero convencido de que era inútil luchar contra un temporal tan deshecho, renunció a agarrarse a él.

D.ª Carolina era del mismo corte y figura que su hija Presentación, esto es, delgada, nerviosa y con unos ojillos vivos y penetrantes que los años habían hundido y rodeado de un círculo oscuro y fruncido.

–¡Hija, ten un poco de educación!—añadió por lo bajo ásperamente, tratando al mismo tiempo de alargar la mano con disimulo para darle un pellizco corroborante.

Presentación separó las piernas instantáneamente y soltó una carcajada que puso más nerviosa y más arrebatada a su mamá. Vivían ambas en constante guerra. Sus genios eran igualmente vivos. Pero así y todo, no podían prescindir la una de la otra y formaban dentro de la casa un partido. Presentación era la preferida de su madre, como Carlota de su padre.

–Oiga usted, Timoteo—dijo de pronto la niña volviéndose hacia el violinista con ojos risueños.—¿Qué era lo que usted tocaba hace poco?

–¿Lo último?… Un stornello titulado Día de sol .

–¡Qué bonito es!

–¿Le gusta a usted?—preguntó dilatando su boca para sonreír de tal modo que dejó estupefactos a los circunstantes a pesar de hallarse acostumbrados a los prodigios que la naturaleza solía obrar en su fisonomía.

–¡Muchísimo! Es precioso… precioso…

–¿Quiere usted oírlo otra vez?

–¡Ya lo creo!

–Pues lo tocaré, lo tocaré, Presentacioncita—dijo el artista lleno de condescendencia, rebosando de orgullo.

–El caso es—manifestó la maligna joven con tristeza—que nos vamos a ir pronto.

–Eso no importa. Voy a tocarlo en seguida… Verá usted.

Y se fue a buscar al pianista. Éste no parecía por ningún lado. Timoteo daba vueltas como loco por todos los rincones del café.

–Vamos—decía en tanto Presentación a su hermana,—el Día de sol nos librará de la lluvia.

–¡Pobre chico! ¿Qué culpa tiene él de que se le escape la saliva?—repuso aquélla sonriendo.

–¡Anda! ¿Y qué culpa tengo yo?—exclamó enfurecida la otra.

Mario rió la ocurrencia, irritado contra el violinista que le había impedido extraviarse por la floresta. Romadonga la amenazó con el dedo.

–¡Niña! ¡niña!

–¿Qué le duele a usted, D. Laureano?

–A mí nada. A Timoteo es a quien le arden las orejas… Diga usted, ¿cómo no han estado ustedes esta tarde en la Castellana?

–Eso cuénteselo usted a mamá.

–¿A mi, niña?—exclamó vivamente doña Carolina.—¿Qué estás ahí diciendo? ¿No sabes que tienes padre?—Y volviéndose hacía Romadonga:—Pantaleón no ha querido que hoy fuésemos a paseo, sin duda temiendo a la humedad por lo mucho que ha llovido estos días.

–Eso es… No lo he juzgado conveniente—corroboró D. Pantaleón dirigiendo una mirada tímida a su mujer.

Presentación hizo un mohín de desdén y se volvió hacia Mario y Carlota. Pero juzgando que era ya tiempo de dejarlos abandonados a sí propios, entabló conversación con una señora que se refrescaba con grosella en la mesa inmediata.

–¿Qué es eso, D.ª Rafaela, no lee usted hoy La Correspondencia ?

–Ya la he leído, querida… No trae más que esquelas de defunción.

–¿Pues y la noticia del matrimonio de la infanta?

–No sé nada. Ya sabe usted que yo no leo más que los anuncios.

No era una señora en la acepción que se da usualmente a la palabra, ni tampoco una mujer del pueblo. Participaba de ambas clases. No gastaba sombrero ni mantilla, pero el mantón alfombrado que cubría sus hombros era riquísimo; el vestido, de seda pura; en los dedos y en las muñecas sortijas y brazaletes de valor y en las orejas dos orlas de brillantes con zafiro en el medio; todo lo cual pregonaba que, si D.ª Rafaela no vestía de señora, no era seguramente por falta de dinero.

Nadie lo ponía en duda, D.ª Rafaela poseía en la calle de Hortaleza un comercio de antigüedades que en otro tiempo había sido prendería y aún lo era cuando le venía bien. Unas veces predominaban los objetos antiguos, otras los viejos. Como complemento indispensable de tal negocio, D.ª Rafaela prestaba con usura. Hallaríase entre los cincuenta y sesenta años. Gruesa, morena, de facciones abultadas y con un extenso lunar de pelos largos, cerdosos, en la mejilla derecha, cerca de la boca. Vivía sola con una sobrina a quien dejaba cerrada en casa mientras acudía invariablemente todas las noches a tomar un vaso de grosella y a leer la cuarta plana de La Correspondencia . Era campechana, servicial y sencilla hasta la simpleza, pero en sus negocios de prendera y prestamista mostrábase inflexible y astuta como pocas.

–Acérquese un poquito si ha concluido de tomar su grosella.

D.ª Rafaela trasladó su silla cerca de la joven y en seguida se pusieron a departir amigablemente en voz baja. Claro está que el tema de su plática fue el acontecimiento de la noche, la presentación de Mario a la familia de Sánchez.

–Al fin parece que eso lleva buen camino. Me alegro mucho… mucho. No deje de decírselo a su mamá, y que sea para bien. Es un chico muy decente, y si tira a su padre… ya ve usted… Por supuesto que Carlota, por lo guapa y bonachona, merecía un infante de Ingalaterra… Pero, hijita, los tiempos no están para andar a escobazos con los hombres. Así se lo digo muchas veces a la gazmoñita de mi sobrina, que hace melindres al vidriero de la esquina… Ahora, si usted me pregunta mi sentir, le diré que el que más me gusta de esa cuadrilla que se sienta en el rincón es aquel muchacho rubio que llaman Godofredo. No es que tenga que decir ni pensar nada malo de éste. Al contrario, me parece bastante formal y simpático; guapo no lo es… ¿para qué más de la verdad?… pero el otro… el otro es una alhaja, un bendito… ¡Si le viese usted, como yo le veo muchos días, comulgar en San Antón!… Vamos, que enternece hallar un chico tan humilde y devoto ahora en que a todos les da por despreciar las cosas santas y decir mil borricadas y escandalizar a las personas honradas. A veces se pasa media hora y más de rodillas delante del altar de la Virgen… Hijita, ¡qué feliz será su madre! Y la mujer que le lleve bien puede decir que no tiene que envidiar a ninguna duquesa.

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