Ildefonso Falcones - La mano de Fátima

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»Existía una costumbre por la que a todo morisco que se acogiese a señorío le eran perdonados los delitos que pudiera haber cometido. Ganaban todos: los moriscos se establecían pacíficamente en tierras de las Alpujarras y el rey obtenía trabajadores que pagaban impuestos mucho más elevados que si las tierras se hallaran en manos de cristianos. Pero ese acuerdo en nada beneficiaba a la Cancillería Real.

Hamid cogió una pasa del cuenco, que aún estaba sobre la manta.

—¿No quieres una? —le ofreció.

Hernando se impacientaba. No, no quería una pasa... ¡Quería que contestara, que continuara hablando! Pero, por no contrariarle, alargó la mano y masticó en silencio junto a él.

—Bien —prosiguió Hamid—, los escribanos, bajo la excusa de perseguir a los monfíes, formaron partidas de soldados que en realidad no eran más que criados o parientes suyos... con las mejores pagas que hayan existido nunca en el ejército del rey. ¡Cobraban más que los tudescos de los tercios de Flandes! Ninguno de esos pretenciosos recomendados tenía arrestos para enfrentarse a un solo monfí, por lo que en lugar de luchar a espada contra los bandidos, lo hicieron con papeles contra los moriscos de paz. Aquellos que tenían causas pendientes debían pagar por ellas: muchos de los nuestros tuvieron que huir de sus hogares y unirse a los monfíes. Pero la avaricia de los funcionarios no se quedó ahí: empezaron a investigar todos los títulos de propiedad de las tierras de los moriscos, y aquellos que no podían acreditarla con escrituras eran obligados a pagar al rey o abandonar sus tierras. Muchos no pudimos hacerlo...

—¿Tú no poseías esos títulos? —inquirió Hernando al comprobar que el alfaquí se detenía en su explicación.

—No —respondió éste, con aire pesaroso—. Desciendo de la dinastía nazarí, la última que reinó en Granada. Mi familia —Hamid adoptó un tono de orgullo que sobrecogió a Hernando— fue de las más nobles y principales de Granada, y un mísero escribano cristiano me privó de mis tierras y riquezas.

Hernando se estremeció. Hamid se detuvo, sumergido en tan dolorosos recuerdos. Un momento después se sobrepuso y continuó con su relato, como si por una vez quisiera oír en voz alta la historia de su desgracia.

— Como recompensa a la capitulación de Bu Abdillah, que los cristianos llamaban Boabdil, ante los españoles, éstos le concedieron en feudo las Alpujarras, donde se retiró junto a su corte. Entre los miembros de esa corte se hallaba su primo, mi padre, un reconocido alfaquí. Pero aquellos reyes aviesos no se contentaron con eso: sin que Boabdil lo supiera, a sus espaldas, volvieron a comprar a través de un apoderado las tierras que poco antes le habían entregado y le expulsaron de ellas. Casi todos los nobles y grandes señores musulmanes abandonaron España con el «Rey Chico»; salvo mi padre, que decidió quedarse aquí, con su gente, con aquellos que necesitaban los consejos que como alfaquí les proporcionaba. Luego, el cardenal Cisneros, en contra de las capitulaciones de Granada que garantizaban a los mudéjares la convivencia pacífica en su propia religión, convenció a los reyes de que expulsase a todos aquellos mudéjares que no se convirtieran al cristianismo. Casi todos tuvieron que convertirse. ¡No querían abandonar sus tierras, en las que nacieron y criaron a sus hijos! Asperjaron con agua bendita a centenares de nosotros a la vez. Muchos salieron de las iglesias alegando que no les había tocado ni una gota y que por lo tanto seguían siendo musulmanes. Cuando yo nací, hace cincuenta años... —Hernando dio un respingo—. ¿Me creías mayor? —El muchacho agachó la cabeza—. Hay cosas que nos hacen envejecer más que el transcurso de los años... Bien, en aquellos días, vivíamos tranquilamente en unas tierras verbalmente cedidas por Boabdil; nadie discutió nuestras propiedades hasta que el ejército de funcionarios y leguleyos se puso en marcha. Entonces...

Hamid calló.

—Te lo quitaron todo —terminó la frase Hernando, con voz rasgada.

—Casi todo. —El alfaquí tomó otra uva pasa del cuenco. Hernando se inclinó hacia él—. Casi todo —repitió, esta vez con la pasa a medio masticar—. Pero no pudieron despojarnos de nuestra fe, que era lo que más deseaban. Y tampoco me quitaron...

Hamid se levantó con dificultad y se dirigió a una de las paredes de la choza. Allí, con el pie derecho escarbó en el suelo de tierra de la vivienda hasta topar con un tablón alargado. Tiró de uno de sus extremos y se agachó para recoger un objeto envuelto en tela. Hernando no necesitó que le dijera qué era: su forma curva y alargada lo revelaba.

Hamid desenvolvió el alfanje con delicadeza y se lo mostró al muchacho.

— Esto. Tampoco me quitaron esto. Mientras alguaciles, escribanos y secretarios se llevaban trajes de seda, piedras preciosas, animales y grano, logré esconder el bien más preciado de mi familia. Esta espada estuvo en manos del Profeta, ¡la paz y las bendiciones de Dios sean con Él! — afirmó solemnemente—. Según mi padre, el suyo le contó que fue una de las muchas que recibió Muhammad en pago del rescate de los idólatras coraixíes que hizo cautivos en la toma de La Meca.

De la vaina de oro colgaban pedazos de metal con inscripciones en árabe. Hernando volvió a estremecerse y sus ojos chispearon como los de un niño. ¡Una espada propiedad del Profeta! Hamid desenfundó la hoja que brilló en el interior de la choza.

—Estarás —afirmó dirigiéndose a la espada— en la recuperación de la ciudad que nunca debió perderse. Serás testigo de que nuestras profecías se cumplen y de que en al-Andalus volverán a reinar los creyentes.

4

Juviles, viernes, 24 de diciembre de 1568

Los rumores que corrían por el pueblo desde hacía dos días se confirmaron con las palabras de una partida de monfíes que lo cruzaron camino de Ugíjar.

—Todas las gentes de guerra de las Alpujarras deben reunirse en Ugíjar —ordenaron desde sus caballos a los habitantes de Juviles—. El levantamiento se ha iniciado. ¡Recuperaremos nuestras tierras! ¡Granada volverá a ser musulmana!

Pese al secreto con que los granadinos del Albaicín trataban de llevar la revuelta, la consigna de que «a fin de año habrá nuevo mundo» corrió por las sierras, y monfíes y alpujarreños no esperaron al día de Año Nuevo. Un grupo de monfíes asaltó y dio cruel muerte a varios funcionarios que cruzaban las Alpujarras de camino a Granada para celebrar la Navidad, y que, como era costumbre en ellos, se habían dedicado a robar indiscriminada e impunemente a su paso por pueblos y alquerías. Otros monfíes se atrevieron con un pequeño destacamento de soldados y, por fin, los moriscos del pueblo de Cádiar se sublevaron en masa, saquearon la iglesia y las casas de los cristianos y los mataron salvajemente a todos.

Tras el paso de los monfíes, mientras los cristianos se encerraban en sus casas, el pueblo de Juviles se sumió en la agitación: los hombres se armaron con dagas, puñales y hasta alguna vieja espada o un inútil arcabuz que habían conseguido esconder celosamente a los alguaciles cristianos; las mujeres recuperaron los velos y los coloreados vestidos de seda, lino o lana, bordados en oro o plata, y salieron a la calle con las manos y los pies tatuados con alheña y ataviadas con aquellas vestiduras tan diferentes de las cristianas. Algunas con marlotas hasta la cintura, otras con largas almalafas terminadas en pico por la espalda; debajo, túnicas orladas; en las piernas, bombachos plisados en las pantorrillas y medias gruesas y arrugadas en los muslos, enrolladas desde los tobillos hasta las rodillas, donde se unían a los bombachos. Calzaban zuecos con correas o zapatillas. Todo el pueblo era un estallido de color: verdes, azules, amarillos... Había mujeres engalanadas por todas partes, pero siempre, sin excepción, con la cabeza cubierta: algunas sólo ocultaban el cabello; la mayoría, todo el rostro.

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