Mario Llosa - Travesuras de la niña mala

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¿Cuál es el verdadero rostro del amor?
Ricardo ve cumplido, a una edad muy temprana, el sueño que en su Lima natal alimentó desde que tenía uso de razón: vivir en París. Pero el rencuentro con un amor de adolescencia lo cambiará todo. La joven, inconformista, aventurera, pragmática e inquieta, lo arrastrará fuera del pequeño mundo de sus ambiciones.
Testigos de épocas convulsas y florecientes en ciudades como Londres, París, Tokio o Madrid, que aquí son mucho más que escenarios, ambos personajes verán sus vidas entrelazarse sin llegar a coincidir del todo. Sin embargo, esta danza de encuentros y desencuentros hará crecer la intensidad del relato página a página hasta propiciar una verdadera fusión del lector con el universo emocional de los protagonistas.
Creando una admirable tensión entre lo cómico y lo trágico, Mario Vargas Llosa juega con la realidad y la ficción para liberar una historia en la que el amor se nos muestra indefinible, dueño de mil caras, como la niña mala. Pasión y distancia, azar y destino, dolor y disfrute… ¿Cuál es el verdadero rostro del amor?

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No les conté a Elena y Simón la llamada ni la cita y pasé esas cuarenta y ocho horas en estado sonambúlico, entre espasmos de lucidez y una niebla mental que se levantaba de tanto en tanto para que pudiera entregarme a una sesión de masoquismo con insultos: imbécil, cretino, te mereces todo lo que te pasa, te ha pasado y te va a pasar.

El día de la cita fue uno de esos días grises y mojados de fines del otoño parisino, en los que ya casi no quedan hojas en los árboles ni luz en el cielo, el mal humor de la gente aumenta con el mal tiempo y se ve a hombres y mujeres por la calle emboscados en sus abrigos, bufandas, guantes y paraguas, apurados y repletos de odio contra el mundo. Al salir de la Unesco busqué un taxi, pero, como llovía y no había esperanza de encontrarlo, opté por el metro. Bajé en la estación de Saint Germain y desde la puerta de La Rhumerie la vi, sentada en la terraza, ante una taza de té y una botellita de Perrier. Al verme, se puso de pie y me alcanzó las mejillas:

– ¿Podemos darnos la accolade o tampoco?

El local estaba cubierto con la gente típica del barrio: turistas, playboys con cadenas en el cuello y coquetos chalecos y casacas, muchachas de audaces escotes y minifaldas, algunas maquilladas como para una función de gala. Pedí un grog. Estuvimos callados, mirándonos con cierta incomodidad, sin saber qué decir.

La transformación de Kuriko era notable. No sólo parecía haber perdido diez kilos -estaba convertida en un esqueletito de mujer- sino envejecido diez años desde la inolvidable noche de Tokio. Vestía con la modestia y el descuido con que sólo recordaba haberla visto aquella remota mañana en que la recogí en el aeropuerto de Orly por encargo de Paúl. Llevaba un sacón raído que podía ser de hombre y un pantalón de franela descolorido, del que emergían unos zapatones gastados y sin lustre. Estaba despeinada y, en sus dedos delgadísimos, las uñas aparecían mal cortadas, sin limar, como si se las hubiera mordido. Los huesos de la frente, de los pómulos, del mentón, sobresalían, estirando la piel, muy pálida y con los visajes verdosos acentuados. Sus ojos habían perdido la luz y había en ellos algo asustadizo, que recordaba a ciertos animalitos tímidos. No tenía un solo adorno ni el menor maquillaje.

– Qué trabajo me ha costado llegar a verte -dijo, por fin. Estiró la mano, me tocó el brazo e intentó una de esas sonrisas coquetas de antaño que esta vez no le salió bien-. Por lo menos, dime si se te ha pasado ya la furia y me odias un poquito menos.

– De eso, no vamos a hablar -le respondí-. Ni ahora ni nunca. ¿Para qué me has llamado tantas veces?

– Me diste media hora: ¿no? -dijo ella, soltándome el brazo y enderezándose-. Tenemos tiempo. Cuéntame de ti. ¿Te va bien? ¿Tienes una amante? ¿Siempre te ganas la vida haciendo lo mismo?

– Pichiruchi hasta la muerte -me reí yo, sin ganas, pero ella seguía muy seria, examinándome.

– Con los años, te has vuelto susceptible, Ricardo. Antes, el rencor no te hubiera durado tanto tiempo -en sus ojitos, un segundo, titiló la antigua luz-. ¿Dices siempre huachaferías a las mujeres o ya no?

– ¿Desde cuándo estás en París? ¿Qué haces aquí? ¿Trabajando para el gángster japonés?

Negó con la cabeza. Me pareció que iba a reírse, pero, más bien, se le endureció la expresión y le temblaron esos labios gruesos que seguían destacando nítidamente en su cara, aunque ahora parecían también algo mustios, como toda ella.

– Fukuda me largó, hace más de un año. Por eso me vine a París.

– Ahora comprendo por qué estás en ese estado calamitoso -ironicé-. Nunca me hubiera imaginado verte así, tan deshecha.

– Estuve bastante peor -reconoció ella, con aspereza-. En algún momento, creí que me iba a morir. Las dos últimas veces que intenté hablar contigo, fue por eso. Para que, por lo menos, fueras tú quien me enterrara. Quería pedirte que me hicieras cremar. Me horroriza la idea de que los gusanos se coman mi cadáver. En fin, ya pasó.

Hablaba con tranquilidad, aunque dejando entrever en sus palabras una furia contenida. No parecía hacer un número de autocompasión, para impresionarme, o lo hacía con soberbia destreza. Más bien, describir un estado de cosas con objetividad, a distancia, como un policía o un notario.

– ¿Intentaste suicidarte cuando el gran amor de tu vida te dejó?

Negó con la cabeza y encogió los hombros:

– Siempre me dijo que un día se cansaría de mí y me largaría. Estaba preparada. Él no hablaba por hablar. Pero, el momento en que lo hizo no fue el mejor, ni tampoco las razones que me dio para despedirme.

Le tembló la voz y la boca se le deformó en una mueca de odio. Los ojos se le llenaron de chispas. ¿Era todo eso una farsa más, para conmoverme?

– Si ese tema te incomoda, hablemos de otra cosa -le dije-. ¿Qué haces en París, de qué vives? ¿El gángster te dio por lo menos una indemnización que te permita pasar un tiempo sin apuros?

– Estuve presa en Lagos, un par de meses que me parecieron un siglo -dijo ella, como si yo, de pronto, hubiera dejado de estar allí-. La ciudad más horrible, más fea, y la gente más malvada del mundo. Nunca se te ocurra ir a Lagos. Cuando por fin pude salir de la cárcel, Fukuda me prohibió volver a Tokio. «Estás quemada, Kuriko.» Quemada en los dos sentidos de la palabra, quería decir. Porque estaba ya fichada por la policía internacional. Y quemada, porque, probablemente, los negros de Nigeria me habían contagiado el sida. Me cortó el teléfono, sin más, después de decirme que no debía verlo, ni escribirle, ni llamarlo, nunca jamás. Me largó así; como a una perra sarnosa. Ni siquiera me pagó el pasaje a París. El es un hombre frío y práctico, que sabe lo que le conviene. Yo ya no le convenía. El es lo más opuesto a ti que hay en el mundo. Por eso, Fukuda es rico y poderoso y tú eres y serás siempre un pichiruchi.

– Gracias. Después de todo, lo que has dicho es un elogio.

¿Era verdad todo eso? ¿U otra de esas fabulosas mentiras que jalonaban todas las etapas de su vida? Se había recompuesto. Sostenía su taza de té con las dos manos, bebiendo a sorbitos, soplando el líquido. Era penoso verla tan arruinada, tan mal vestida, con tantos años encima.

– ¿Es cierto semejante dramón? ¿No es otro de tus cuentos? ¿Estuviste presa, de verdad?

– Presa y, encima, violada por la policía de Lagos -precisó ella, clavándome los ojos como si yo fuera el culpable de su desgracia-. Unos negros cuyo inglés no se entendía, porque hablaban Pidgin English. Eso decía David que era mi inglés, cuando quería insultarme: Pidgin English, Pero, no me pegaron e! sida. Sólo ladillas y un chancro. Horrible palabra, ¿no? ¿L;›. habías oído alguna vez? A lo mejor tú ni sabes lo que es eso, santito. Chancro, úlceras infecciosas. Algo asqueroso, pero no grave, si se cura a tiempo con antibióticos. Sólo que, en la maldita Lagos a mí me curaron mal y la infección casi me mata. Creí que me iba a morir. Por eso te llamé. Ahora, felizmente, ya estoy bien.

Lo que contaba podía ser cierto o falso, pero no era pose la ira inconmensurable que impregnaba todo lo que decía. Aunque, con ella, siempre era posible la representación. ¿Una formidable pantomima? Me sentía desconcertado, confuso. Esperaba cualquier cosa de esta entrevista, menos semejante historia.

– Siento que hayas pasado por ese infierno -dije por fin, por decir algo, porque, ¿qué se puede decir ante una revelación semejante?-. Si es verdad lo que me cuentas. Ya ves, me ocurre una cosa tremenda contigo. Me has contado tantos cuentos en la vida, que ya me resulta difícil creerte nada.

– No importa que no me creas -dijo, cogiéndome otra vez del brazo y esforzándose por mostrarse cordial-. Ya sé que sigues ofendido, que nunca me vas a perdonar lo de Tokio. No importa. No quiero que me compadezcas. No quiero plata, tampoco. Lo que quiero, en realidad, es llamarte de vez en cuando y que, de tanto en tanto, nos tomemos un café juntos, como ahora. Nada más.

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