Bernard Werber - Las Hormigas

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El arma secreta aparece en forma de cráneos de hormigas rojas ensartados en una planta oscura.

Unos días antes, las hormigas enanas habían descubierto el cadáver de una exploradora de la Federación. Su cuerpo había estallado bajo la presión de un hongo parásito, la alternaria. Las investigadoras enanas analizaron el fenómeno y vieron que ese hongo parásito producía esporas volátiles. Éstas se pegan a las corazas, las corroen, penetran en el animal y luego se inflan hasta hacer que su caparazón explote.

¡Un arma espléndida!

Y de una seguridad en su utilización garantizada. Porque si bien las esporas se adhieren a la quitina de las rojas, no actúan en absoluto sobre la quitina de las enanas. Y eso sencillamente porque estas últimas, las frioleras, han adquirido el hábito de untarse baba de caracol, y esta sustancia tiene un efecto protector contra la alternarla.

Las belokanianas han inventado el tanque, pero las shigaepuyanas han descubierto la guerra bacteriológica.

Un batallón de infantería se lanza al ataque llevando trescientos cráneos de hormigas rojas infectadas, recuperadas tras la primera batalla de La-chola-kan.

Las lanzan en pleno centro de la formación enemiga. Las rompegranos y sus portadoras estornudan con el polvo mortal. Cuando ven que sus corazas se deshacen, enloquecen. Las portadoras abandonan su carga. Las rompegranos, impotentes, son presas del pánico y se vuelven con violencia contra otras rompegranos.

Hacia las 10 h, un brusco enfriamiento atmosférico separa a las beligerantes. No se puede luchar entre corrientes de aire helado. Las tropas enanas aprovechan la oportunidad para retirarse. Los tanques de las hormigas rojas suben penosamente la pendiente.

En ambos campos se cuentan los heridos y se considera la amplitud de las pérdidas. El balance provisional es abrumador. Sería bueno cambiar la suerte de la batalla.

Las belokanianas han reconocido las esporas de alternaría. Deciden sacrificar a todas las soldados afectadas por el hongo, para evitarles futuros sufrimientos.

Unas espías llegan a la carrera: hay un medio para protegerse de ese arma bacteriológica: hay que untarse baba de caracol. Dicho y hecho. Se sacrifica a tres de esos moluscos (cada vez más escasos en la región) y todo el mundo se previene contra el contagio.

Contacto antenar. Las estrategas rojas consideran que no se puede atacar sólo con los tanques. En el nuevo dispositivo, los tanques ocuparán el centro; pero ciento veinte legiones de infantería ordinaria y sesenta legiones de infantería extranjera se desplegarán en sus flancos.

Se recupera la moral.

HORMIGAS DE ARGENTINA. Las hormigas de Argentina (Iridomyrmex humilis) llegaron a Francia en 1920. Fueron transportadas con toda verosimilitud en planteles de laureles rosa destinados a ornamentar las carreteras de la Costa Azul.

Se señala por primera vez su existencia en 1866, en Buenos Aires (de ahí el nombre que se les dio) En 1891 aparecen en Estados Unidos, en Nueva Orleáns.

Ocultas en la paja de los establos de unos caballos argentinos exportados, llegan a continuación a África del Sur en 1908, a Chile en 1910, a Australia en 1917 y a Francia en 1920.

Esta especie se caracteriza, no sólo por su tamaño ínfimo, que la convierte en un pigmeo por comparación con otras hormigas, sino también por una inteligencia y una agresividad bélica que son aún sus principales características.

Apenas establecidas en el sur de Francia, las hormigas de Argentina declararon la guerra a todas las especies autóctonas… ¡y vencieron!

En 1960, franquearon los Pirineos y llegaron hasta Barcelona. En 1967, cruzaron los Alpes y llegaron hasta Roma. Luego, a partir de los años setenta, las Iridomyrmex empezaron a remontarse hacia el norte. Se cree que cruzaron el Loira aprovechando una sequía estival a finales de los años noventa. Estos invasores, cuyas estrategias de combate no tienen nada que envidiar a las de un César o un Napoleón, se encontraron ante dos especies un poco más coriáceas: las hormigas rojas (al sur y el este de la región parisina) y las hormigas faraón (al norte y al oeste de París)

EDMOND WELLS

Enciclopedia del saber relativo y absoluto.

La batalla de las Amapolas no se ha ganado. Shi-gae-pu decide, a las 10.13 h, enviar refuerzos. Doscientas cuarenta legiones del ejército de reserva irán a reunirse con las supervivientes de la primera carga. Se les explica el golpe de los «tanques» Las antenas se unen en CA. Ha de haber algún medio para acabar con esas extrañas máquinas…

Hacia las 10.30 h. una obrera hace una sugerencia: Las hormigas rompegranos tienen la movilidad que les dan las seis obreras que las llevan. Basta cortarles esas «patas vivientes »

Y aparece otra idea:

El punto débil de sus máquinas es la dificultad con que dan media vuelta. Se puede utilizar esta desventaja. Sólo hay que formar en cuadros compactos. Cuando las máquinas carguen, nos apartamos para dejarlas pasar sin resistencia. Luego, cuando aún las arrastre el impulso, las atacamos por detrás. No les dará tiempo de volverse.

Y una tercera:

La sincronización del movimiento de las patas se consigue, como hemos visto, mediante contacto antenar. Basta cortar las antenas de las rompegranos para que ya no puedan dirigir a sus portadoras.

Se aceptan las tres ideas. Y las enanas empiezan a preparar su nuevo plan de batalla.

SUFRIMIENTO. ¿Son capaces de sufrir las hormigas? A priori, no. No tienen un sistema nervioso adaptado a este uso. Y si no hay nervio, no hay mensaje de dolor. Eso podría explicar que fragmentos de hormigas sigan «viviendo» a veces mucho tiempo independientemente del resto del cuerpo.

La ausencia de dolor hace que se plantee un nuevo mundo de ciencia ficción. Sin «dolor» no hay miedo, quizá ni siquiera conciencia de sí. Durante mucho tiempo los entomólogos se han inclinado por esta teoría: las hormigas no sufren, y de ahí parte la cohesión de su sociedad. Eso lo explica todo, y no explica nada. Y esta idea tiene otra ventaja: nos evita el escrúpulo de matarlas.

A mí un animal que no sintiese dolor… me daría mucho miedo.

Pero esta idea es falsa. Ya que la hormiga decapitada emite un olor particular. El olor del dolor. Así pues, algo ocurre. La hormiga no tiene un flujo nervioso eléctrico, pero tiene un flujo químico. Sabe cuándo le falta un trozo de su cuerpo, y sufre. Sufre a su manera, que es seguramente muy diferente de la nuestra, pero sufre.

EDMOND WELLS

Enciclopedia del saber relativo y absoluto.

La lucha se reanuda a las 11.47 h. Una línea larga y compacta de soldados enanas sube lentamente al asalto de la colina de las Ampolas.

Los tanques aparecen entre las flores. A una señal, se lanzan por la pendiente abajo. Las legiones de las hormigas rojas y de sus mercenarias van a sus flancos, dispuestas a acabar el trabajo de los mastodontes.

Los dos ejércitos están ya sólo a cien cabezas de distancia… Cincuenta… Veinte… ¡Diez! Apenas la primera rompegranos establece contacto ocurre algo absolutamente inesperado. La densa línea de las shigaepuyanas se abre de repente en amplias franjas. Las soldados forman en cuadros. Cada tanque ve cómo su adversario se evapora y ante si sólo encuentra un pasillo desierto. Ninguno de ellos tiene el reflejo de zigzaguear para atacar a las enanas. Las mandíbulas se cierran en el vacío, las treinta y seis patas corren estúpidamente.

Se extiende un efluvio acre;

¡Cortadles las patas!

Unas enanas saltan de inmediato sobre los tanques y matan a las portadoras. Se retiran luego con rapidez para que no las aplaste la masa de rompegranos al caer.

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