Adolfo Casares - El Sueño de los Héroes

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El Sueño de los Héroes: краткое содержание, описание и аннотация

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Las preocupaciones y los temas característicos de los relatos de Adolfo Bioy Casares se dan cita nuevamente en EL SUEÑO DE LOS HÉROES, novela en la que lo fantástico irrumpe en la trivialidad cotidiana de una pandilla de amigos que, durante tres días el carnaval de 1927, recorren los suburbios de Buenos Aires en busca de aventuras y diversiones.

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– No.

– Me casé.

– ¿Y qué tal?

– Muy bien. Y usted ¿qué hace?

– Poco o nada -contestó el Rubio-. Estudio derecho, por obligación. Pienso todo el tiempo.¿Sabe en qué?

– No.

– En mujeres y en automóviles. Por ejemplo, ando por la calle y voy pensando: Hay que cambiar de vereda, esa chica que está enfrente parece linda. O pienso en automóviles. Para serle franco, en este automóvil que me he comprado. ¿No se fijó que ya no me trae Julito en su Lincoln? Me compré este coche hace poco.

Era un automóvil verde. Clara lo elogió y trató de mirarlo con interés.

– Sí, no es feo -continuó el Rubio-. Marca Auburn, 8 cilindros, 115 caballos de fuerza, una velocidad increíble. ¿Ya la aburro? Estoy tan pesado, que mis amigos, por sorteo, eligieron a Charlie, para que me rogara, en nombre de todos, que no siguiera cansando con los Auburn. Clara le preguntó por qué no estudiaba ingeniería.

– ¿Y usted cree que entiendo de mecánica? Ni una palabra. Si se nos descompone el carromato, no espere nada de mí; hay que abandonarlo en la calle. Estoy en la literatura del automóvil; no en la ciencia. Le aseguro que es una literatura pésima.

Llegaron al Armenonville. No sin dificultad, el Rubio encontró lugar para dejar el coche. Clara se puso el antifaz. Entraron.

Cuando entraron en el Armenonville, Clara pensó ¿cómo saber si ha venido, cómo des-cubrirlo entre toda esta gente? La orquesta tocaba Horses, una piecita que ya era vieja. Si ustedes la escuchan, sin duda la encontrarán trivial y machacona. A Clara le impresionó como aciagamente fantástica: desde esa noche no volvería a oírla sin estremecerse.

Comprendió que estaba asustada, que no sería capaz de verlo aunque lo tuviera delante de los ojos. El señor de frac, con el menú en la mano, levemente se inclinaba ante ella y ante el Rubio; lo siguieron, entre las máscaras.

En ese momento, cuando siguieron al ceremonioso hombre de negro, entre máscaras que bailaban, gritaban y tocaban silbatos insistentes e inexpresivos -o expresivos de su pura insistencia-, Clara se preguntó si estaría entrando en una sala mágica, donde la tercera noche del carnaval de 1927 iba a repetirse. "Que no lo encuentre", se dijo. "Que no lo encuentre. Si no lo encuentro, no hay repetición". En realidad, no temía que la hubiera. No le parecía probable que ocurriera un milagro. El hombre de negro los llevó hasta el mostrador del bar.

Con el entrecejo contraído, con voz grave, como si comunicara algo de fundamental interés, el Rubio explicó: "Di una buena propina. Verá que va a conseguirnos la mesa". Clara notó que el Rubio al hablar movía mucho los labios. Por alguna razón misteriosa esto la impresionó. Horas después, cuando cerraba los ojos, se le aparecían unos labios que se movían con repugnante elasticidad y también un juguete que ella tuvo en la infancia; una especie de pelota de goma, una carita blanquísima. Alguien se la había mostrado, diciendo: "Agapito, sacá la lengua". La carita, deformada por la presión de los dedos, emitía una desmesurada lengua roja. El recuerdo de esa cara y el de otra, grande, de payaso, con una enorme boca abierta, que era un juego de sapo, regalado por una de sus tías, cuando ella cumplió cuatro años, le traía siempre una vaga sensación de náuseas.

El Rubio la sacó a bailar. Ella pensaba: "Mejor que no lo encuentre. Si no lo encuentro, no hay repetición". Estaba pensando eso cuando lo vio. En seguida olvidó todo: el Rubio, el baile, lo que estaba pensando. En un arrebato, con el corazón oprimido por la ternura, corrió hacia Gauna. Cuando lo vio sin Valerga y sin los muchachos, creyó que sus previsiones eran descabelladas y que estaban a salvo.

Después dijo que debió sospechar, pero que no pudo; debió comprender que todo ocurría de una manera demasiado agradable y sin esfuerzo, como si obrara un encanta-miento. Pero ella entonces no pudo comprender: o, si comprendió, no pudo sustraerse al influjo. He ahí el secreto horror de lo maravilloso: maravilla. La embriagaron, la envolvieron. Clara trató de resistir, hasta que al fin se abandonó a lo que se le presentaba como la dicha. En algún momento breve, pero muy profundo, fue tan feliz que olvidó la prudencia. Bastó eso para que se deslizara el destino.

Sin que nadie lo ordenara, un mozo les sirvió champagne. Bebieron, mirándose en los ojos. Con tono deliberado y solemne, Emilio dijo:

– Tal vez yo imaginé dos amores. Ahora veo que hubo uno solo en mi vida.

Ella entendió que la había reconocido. Estiró los brazos, le tomó las manos, reclinó la cara sobre el mantel y sollozó de gratitud. Estuvo a punto de quitarse el antifaz, pero recordó el llanto y pensó que primero debía mirarse en el espejo. La sacó a bailar. Entre los brazos de Gauna se sintió aún más dichosa, e infinitamente segura. Sonó entonces un platillo estridente, cambió la música, se volvió más rápida y más agitada, y todos los bailarines, como impulsados por un júbilo diabólico, se tomaron de la mano y corrieron serpenteando en larga fila. Volvió a sonar el platillo, y Clara se encontró en los brazos de un enmascarado y vio a Gauna con otra mujer. Trató de desasirse; el enmascarado la sujetó con firmeza y, mirando hacia arriba, echó una carcajada teatral. Clara vio que Gauna la miraba ansiosamente y le sonreía con triste resignación. El baile los apartó. Oh, los apartó espantosamente.

– Permita, señorita amable, que proceda a las presentaciones -declaró, sin dejar de bailar el charleston, el enmascarado-. Yo soy un escritor, un poeta, un periodista acaso, de una de las veintitantas repúblicas hermanas. ¿Usted sabe cuántas son?

– Yo no -dijo Clara.

– Yo tampoco. Basta saber que son hermanas ¿no es verdad? ¡Y qué hermanas! Una res-plandeciente gargantilla de muchachonas, a cual más joven y a cual más hermosa. Pero sin duda la más hermosa es la que lleva por rostro a Buenos Aires: su patria de usted, señorita. ¿No me va a decir que no es argentina?

– Soy argentina.

– Ya lo adivinaba. Qué ciudad padre, Buenos Aires. He llegado ayer y todavía no acabo de conocerla. Es la París de América, ¿no le parece?

– No conozco París.

– ¿Quién puede decir que la conoce? Yo estudié allí, en la Ciudad Universitaria, tres años casi y usted cree que me atrevo a decir que la conozco? De ningunísima manera. Hay quienes opinan que sólo en Italia puede uno hacer descubrimientos; según ellos, la belleza de París es demasiado construida y ordenada. Pues bien, yo les contesto a esos señores, yo descubrí algo en París. Fue la noche de un sábado, hacia el fin del invierno, cuando yo volvía de cenar con un grupo de amigos, toda gente agradable, a eso de las tres de la madrugada. No a las tres, a las tres y veinte, para ser exacto. Descubrí la Concorde. ¿Qué me dice de la Concorde?

– Nada. No la conozco.

– Debe conocerla, cuanto antes. Pues bien, yo descubrí esa noche la Concorde. Ahí estaba toda la iluminación, con las fuentes funcionando y nadie más que yo la veía. Ahí estaba el festín: los sandwiches y los pasteles sobre la mesa, el champagne a chorros, las velas en el candelabro de plata y los manteles de encaje, los lacayos de librea y de bronce, todo puesto, todo puesto para comensales ausentes. Si yo no paso, la fiesta se pierde.

Cuando la orquesta concluyó, el hombre, como un artista avezado, concluyó el discurso; pero en ese grato momento el propio anhelo de perfección lo perdió, ya que abrió los brazos para que el final fuera más patético. Clara huyó entre la gente.

LIII

Corrió hacia donde creía que estaba la mesa de Gauna. No la encontró. La buscó precipitadamente, porque temía que el enmascarado la siguiera. Cuando vio la orquesta en el otro extremo se sintió desorientada. Luego recapacitó: ahora tocaban un tango, así que no se trataba de la misma orquesta. La de jazz estaba en un extremo del salón; la típica, en el otro. En un momento, Clara se halló casi mareada, muy confusa. Las dos copitas de champagne que bebió con Emilio podían provocar el bienestar de hace un rato y acaso también el momento de abandono y de seguridad; pero no esa turbación. Era evidente que estaba aterrada; si no quería perderlo todo, tenía qué dominarse. Clara se dirigió al bar. Como en un delirio, se veía a sí misma caminando entre máscaras grotescas. No creo que deba atribuirse el desdoblamiento a la vanidad femenina; no creo que sea éste el caso de tantas mujeres, o tal vez haya que decir tantas personas que en medio de una situación terrible sólo piensan en ellas. Se veía desde afuera, porque en cierto modo había quedado afuera de sí misma. Le parecía, en efecto, que no dependía de su arbitrio, sino de otro, más gran-de, que mandaba aquel salón, desde el cielo. A Gauna, a Valerga, a los muchachos, al Rubio, al enmascarado, a todos los habían sustraído de sus voluntades. Nadie lo notaba, salvo ella; por eso veía las cosas, incluso su persona, desde afuera. Pero Clara se dijo que esto era un engaño, ella no estaba afuera; como a los demás, la dirigía el destino.

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