Adolfo Casares - El Sueño de los Héroes
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Como era previsible, no regresó. Apeló de nuevo al fácil encono -repitiéndose «que sepan estos miserables lo que pienso de ellos»-; pero muy pronto se aburrió de esa actitud enérgica, lo invadió la indolencia y con una suerte de júbilo sutil y secreto se abandonó a lo que el destino quisiera. Para mí tengo que Gauna comprendió que si dejaba la aventura a mitad de camino, le quedaría un descontento hasta el día de la muerte. Reclinado contra el marco, en la puerta del rancho, dejando que el tiempo pasara, figurándose a sí mismo como un hábil tahúr que, sin premura, poco a poco, observa sus naipes y porque no se impacienta sabe que es imbatible, procuró meditar sobre los hechos del carnaval del 27 y más bien estuvo distraído con lo que sentía en el presente y con su halagadora imagen del jugador. Sin embargo, porque el pensamiento camina por recónditos círculos y atajos, en medio de esa vaguedad, Gauna se encontró descubriendo quién era el violinista ciego que él aterró misteriosamente (según le pareció entonces) en el patio de la casa de Barracas, el día que Clara le contó la salida con Baumgarten: era el mismo hombre que el doctor había agredido en la calle Godoy Cruz. El ciego se asustó porque le reconoció la voz; antes de que Valerga lo agrediera, él había pedido, como después en Barracas, que tocara otro valsecito. En cuanto a la amargura que ahora sentía, no había misterio: la destilaba la memoria de lo que para Gauna era aquel inexplicable desvío de Clara.
El perro bayo volvió a acercarse. Gauna dio un paso para acariciarlo: el paso retumbó dolorosamente en su cabeza, como una piedra arrojada en el agua inmóvil de un lago. Más tarde fueron saliendo del rancho los muchachos y el doctor, con los ojos entrecerrados y con expresión dolorosa, como si la blancura del día los lastimara. La mañana transcurrió en ociosidad. Alguien consiguió una botella de ginebra; echados a la sombra de un carro, la compartieron. A Gauna le molestaba el punzante y dulce olor de la quema; a los otros no, y amistosamente se burlaron de Gauna, porque éste se mostraba delicado. Mientras dormitaban, alrededor de sus fatigadas y doloridas cabezas volaban las moscas verdes. A la tardecita llegó, a caballo, el dueño del rancho. Vestía traje de ciudad, con agarraderas de ciclista en la parte baja del pantalón. Lo seguían cuatro o cinco hombres a pie, en mangas de camiseta y con bombachas: sus peones. El patrón era un hombre robusto, de cincuenta y tantos años; con la amplia y risueña cara rasurada, con una sonrisa franca en la que se insinuaba, a veces, un interés o una ternura sospechosos de hipocresía. Llevaba el pelo rapado en la nuca y en los lados; los cortos brazos, el abdomen, las piernas, eran gruesos. Al saludar al doctor, el hombre inclinó todo el busto y pareció, con los rígidos brazos colgando, un muñeco con bisagras en el cuerpo. En la recolección de basuras, trabajaba por su cuenta; su renglón eran los productos medicinales y había llegado a ser una suerte de empresario, con una cuadrilla de peones que, diseminados por la quema, buscaban para él. A Valerga lo saludó con una cordialidad no exenta de pompa; a los muchachos casi los ignoró.
– ¿Cómo va el trabajo, don Ponciano? -preguntó el doctor.
– Y, mi amigo, este oficio es como los demás. Tiene, una vez en la historia, su temporadita de auge y luego se le asientan para siempre las temporadas de tono encalmado, de pura miseria, con el perdón de la palabra. Pero yo no me quejo. La espina, si usted me sigue, propiamente la espina, el punto negro es el personal. Yo les pago como a reyes, a según las cotizaciones de esta quema, se entiende, y a según la rejunta es la paga. Pero me dan cada dolor de cabeza, que no hay antidoloroso argentino que valga. Créame cuando le juro que yo vegeto en un ay. Con el estimo que yo tengo por la decencia y por todo lo que es leal y bonito, se me tientan a juntar lo que no les corresponde, invadiendo la jurisdicción del colega, que se me viene como si le hubiera dado el enojo, con el cuchillo rabón en la mano. Imagínese usted un caballero, que vive de juntar oro y que si recoge una lengüetada de aceite de castor, pongo el caso, lo achuro por principio, ¿con qué buenos ojos verá a mi peonada, sonriéndole como potentados, con doble fila de postizos de oro?
El doctor debía de sentir mucho afecto por su amigo, ya que sin levantar protesta lo dejó hablar hasta el cansancio. Los muchachos quedaron admirados ante esa prueba de tolerancia y haciéndose cruces afirmaron que nunca habían visto al doctor tan pacífico y tan bien dispuesto como en el presente carnaval. Después hubo una breve discusión entre el doctor y el amigo, en la que el primero volvió a hacer gala de su falta de actitud; la causa era que el amigo los invitaba a todos a comer con él y que el doctor, por buena educación, no aceptaba. Muy pronto llegó la señora que la noche anterior los había recibido con tan mal ánimo, trayendo la carne. Mientras la asaban -Gauna miraba las bolitas de plomo que se deslizaban por el cacharro que había sobre las brasas-, el dueño del rancho recibía las bolsas que le entregaban los peones y las pagaba. La comida -churrascos resecos como suela, galletas marineras, cerveza- se prolongó hasta muy tarde. Lo principal, no hay para qué decirlo, era la cordialidad y la falta de apuro. El patrón los invitó a un baile de «alta fantasía», que daban esa noche en un chalet de la avenida Cruz.
– El elemento -explicó el patrón- es de primer agua. El anfitrión, que es un magnate, sabe vivir, entiende la vida, si usted me sigue, y recluta a las mujeres de Villa Soldati y de Villa Crespo. Yo tengo carta franca: puedo invitar a quien se me antoja, porque a mí me aprecia que es una barbaridad. Es un hombre interesante de conocer, que se ha formado a sí mismo, con sus propias manos, juntando algodones, que es el renglón que rinde y así lo vale. ¿Para qué agregarle que se trata de un extranjero, de uno de esos ahorrativos con el ojo puesto en el centavo?
El doctor afirmó que él y los muchachos no podrían concurrir al baile, porque esa noche debían seguir para Barracas; el amigo se ofreció a hablar con el encargado del carro; explicó:
– Nunca andamos de mucho acuerdo, nosotros, los de la iniciativa privada, con estos vagos y holgazanes que viven del presupuesto y que llevan, si usted me entiende, la chapita oficial taponada en la frente. Pero yo la voy bien con todos y si ustedes van al baile esta noche, mañana, cuando el hombre salga a su recorrido, los llevará en el carro, así que viajarán lo más cómodos. De conseguirles el transporte para mañana, estoy seguro en un noventa y cinco por ciento.
Ni siquiera con la promesa del carro, Valerga y Gauna aceptaron quedarse; pero todo se arregló bien. Al rato apareció el encargado del carro, trayendo, con las riendas puestas como cabestro, dos caballos moros.
– Tengo que atar -dijo a don Ponciano.
Los carros debían salir para limpiar un poco la ciudad de las serpentinas de la tarde. Don Ponciano le preguntó:
– ¿Podría acercar a estos amigos?
– Voy a la avenida Montes de Oca -contestó el encargado-. Si les queda bien, conforme.
– Nos queda -respondió el doctor.
XLV
Cuando el hombre hubo atado el carro, el doctor y los muchachos se despidieron de don Ponciano. Subieron, el doctor y el carrero, al pescante; Gauna y los muchachos, a la caja.
Siguieron la avenida Cruz, después doblaron a la derecha por la Avenida La Plata, donde los corsos empezaban a reanimarse; en Almafuerte, Gauna vio una tapia con una Santa Rita; pensó que era más fácil imaginar la muerte que el tiempo que el mundo continuaría sin él; bajaron por Famatina, y por la avenida Alcorta llegaron a un oscuro barrio de usinas y de gasómetros; en la avenida Sáenz, algunos grupos de máscaras, ínfimos y ruidosos, recordaban que era carnaval; tomaron Perdriel y en la pendiente de Brandsen pasaron entre muros, verjas y melancólicos jardines, con eucaliptos y casuarinas.
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