Adolfo Casares - El Sueño de los Héroes
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Bebieron otra vuelta de ginebra y luego salieron del café. El doctor anunció en tono ambiguo:
– Ahora vamos a la quinta.
Antúnez le dio un codazo a Maidana. Los dos se rieron; Pegoraro también. Con una mirada severa, Valerga los obligó a sofocar la risa. De lejos advirtieron la gritería y el resplandor de Rivadavia. Se cruzaron con un grupo de dos señoritas, vestidas de manolas, y un joven, de pirata.
– Ufa -exclamó el joven-. Qué suerte que salimos.
– Este año el corso estaba odioso -comentó una de las señoritas-. No podía una dar un paso sin que el primer guarango…
– Se fijaron, che -la interrumpió la otra-, yo creo que me quería comer con los ojos.
– Y yo, les juro, con el calor temí que me diera un sofocón -aseguró el joven.
– No diga -murmuró Valerga.
Vendedores ambulantes ofrecían antifaces, narices, caretas, serpentinas, cajas de pomos; subrepticiamente, muchachos del barrio ofrecían, a precios razonables, pomos usados, llenados de nuevo (con agua de las cunetas, se afirmaba). Otros vendedores ofrecían fruta fresca o fruta abrillantada, helados Laponia , roscas de maicena, tortas y maní. Se abrieron paso entre la gente, para mirar el corso. Cuando consideraban las evoluciones de unos angelotes que pasaban en un carro alegórico, una muchacha pelirroja, desde un vasto doble-faetón de alquiler, atinó, con una bombita roja, en un ojo del doctor. Éste, visiblemente resentido, pretendió arrojarle un pomo, arrebatado, en el calor de las circunstancias, a un lloroso niño caracterizado de gaucho; pero Gauna logró contenerlo. Después del incidente, los muchachos y el doctor avanzaron con lentitud entre la muchedumbre, mirando y hablando con agresividad a las muchachas, entrando en almacenes, bebiendo cañas y ginebras. Luego, en un taxi, continuaron el interminable desfile, distribuyendo requiebros e insultos. Cuando llegaron a la altura del siete mil doscientos, Valerga ordenó:
– Sujete, chofer. No aguanto más.
Gauna pagó.
Entraron en otro almacén y, después de un rato, por una callecita arbolada, probablemente Lafuente, desviaron hacia el sur. En el silencio del barrio solitario retumbaban sus gritos de borrachos.
A la izquierda, contra un cielo de luna y de nubes, una fábrica se prolongaba en pálidos muros y en altas chimeneas. De pronto, en lugar de muros, Gauna vio barrancas abruptas, con matas de pasto en la cima, con algún pino y con alguna cruz. El aire estaba cargado de un sofocante olor a humo dulce. Ya no había iluminación; un último farol solitario resplandecía contra las barrancas. Siguieron caminando. Los nubarrones habían ocultado la luna. Ahora, hacia la izquierda, creyó adivinar una llanura tenebrosa; hacia la derecha, ondulaciones y valles. Unas luces redondas aparecían y desaparecían en la llanura de la izquierda. De la profundidad de la noche, un par de esas luces avanzaba con celeridad. Inesperadamente, Gauna advirtió, casi inmediata, enorme, la cabeza de un caballo. Tal vez por la profusión de monstruosas máscaras que había visto esa noche, la apacible cara del animal lo sobresaltó como algo diabólico. Comprendió; hacia la izquierda se extendía un potrero; las luces redondas eran ojos de caballos. Después le flaquearon las piernas, creyó que iba a desmayarse. Tuvo un recuerdo y vertiginosamente lo olvidó, como al despertar uno memoriza y olvida un sueño. Cuando pudo recuperar ese recuerdo, lo formuló en la pregunta:
– ¿Qué pasó esta misma noche, el año 27, con un caballo?
– Dale -contestó el doctor-. Hace un rato era un chico.
Todos reían.
Pegoraro comentó:
– Emilito es muy veleta.
Gauna levantó los ojos y vio en el cielo una exhalación. Pidió volver junto a Clara.
Siguiendo a Valerga, salieron del camino, se internaron por las ondulaciones y por los valles -tal le parecieron- de la derecha. Avanzaba con dificultad, porque el terreno cedía bajo sus pies; era seco y blando.
– Qué olor feo -exclamó-. No puedo respirar.
Toda la zona parecía cubierta por ese repugnante olor a humo dulce.
– Tan delicado, Gauna -comentó Antúnez, remedando una voz afeminada y alta.
Gauna lo oyó de muy lejos. Un sudor frío le empapó la frente; la vista se le nubló. Cuando volvió en sí, estaba apoyado en un brazo del doctor. Éste le dijo con voz amistosa:
– Vamos, Emilito. Falta poco.
Echaron a andar. Muy pronto oyeron un ladrido. Una manada de perros vagos los rodeaba, ladrando y gimiendo. Como en sueños, vio a una mujer andrajosa: la mujer que los había recibido en la quinta, en 1927. Ahora Valerga discutía con ella; la tomaba de un brazo, la apartaba, los hacía pasar. El cuarto era pequeño y sórdido. Gauna vio en un rincón una piel de oveja. Se dejó caer encima. Se durmió.
XLII
Cuando despertó, el cuarto estaba a oscuras. Gauna oyó la respiración de personas dormidas. Se tapó los oídos, cerró los ojos. Recayó en el mismo sueño que estaba soñando cuando despertó: con su cuchillito enfrentaba una rueda de hombres, semiocultos en un entrecruzado dibujo de sombras; poco a poco, a la luz de la luna, los identificó: eran el doctor y los muchachos. Volvió a despertar. Abrió mucho los ojos en la oscuridad: ¿por qué estaba peleando, por qué, en el sueño, lo abrasaba un tan vivo encono contra el doctor? Ya no oía la respiración de los que dormían; todo él, tensamente, buscaba un recuerdo. Lo había recuperado en un sueño y al despertar lo perdió. Volvería a recuperarlo. Sí, era el incidente del chico. En el sueño había ocurrido de nuevo ese incidente del carnaval del 27. Ahora Gauna lo recordaba con nitidez.
No había un chico, sino dos chicos. Uno, de tres o cuatro años, vestido de pierrot, que apareció de pronto junto a la mesa, llorando en silencio, y otro, un poco mayor, de una mesa vecina. El doctor contaba una de sus historias, cuando apareció el primer chico y se detuvo a su lado.
– ¿Qué te pasa, recluta? -le preguntó el doctor, con irritación.
El chico siguió llorando. El doctor advirtió la presencia del otro chico; lo llamó; le dijo unas palabras al oído y le dio un billete de cincuenta centavos. Este otro chico, sin duda obedeciendo una orden, dio un puntapié al pierrot, después corrió a guarecerse a su mesa. El pierrot se golpeó la boca contra el mármol de la mesa, volvió a erguirse, se limpió la sangre de los labios, siguió llorando en silencio. Gauna lo interrogó: el chico estaba perdido, quería volver con sus padres.
Levantándose, el doctor anunció:
– Un minuto, muchachos.
Tomó en sus brazos al chico y salió del café. Regresó muy pronto. Exclamó «listo» y explicó, restregándose las manos, que había despachado al chico en el primer tranvía que pasó, un tranvía lleno de máscaras. Agregó, suspirando:
– Vieran el susto que tenía el pobre recluta.
Éste era el incidente del chico. Ésta era la primera aventura, y acaso un ejemplo, de lo que en el recuerdo había quedado como la epopeya de su vida, las tres noches heroicas del 27. Ahora Gauna quería recordar lo que había pasado con un caballo. «Íbamos en una victoria», se dijo, y trató de imaginar la escena. Cerró los ojos, se apretó la frente con una mano. «Es inútil -pensó- ya no podré recordar nada». El encanto se había roto; él se había convertido en un espectador de sus procesos mentales, que se habían detenido… O no, no se habían detenido, pero no obedecían a su voluntad. Veía una escena, solamente una escena, de otra historia, no de la historia del caballo. Una mujer muy pintada, envuelta en un batón celeste, que dejaba entrever una camisa con puntillas negras y con un corazón bordado, sentada junto a una mesita de mimbre, examinaba las manos de un desconocido y exclamaba: «Puntos blancos en las uñas. Hoy emprendedor, mañana sin ánimo». Se oía una música: el Claro de luna , le dijeron.
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