Adolfo Casares - El Sueño de los Héroes
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Valerga inquirió con voz adusta:
– ¿Se puede saber con qué derecho usted me pide que sea razonable?
– El caballo se me va a morir, señor -argumentó el cochero-. Cuando entra en ese trotón, es la señal de que ya no da más.
– Su obligación es llevarnos a destino. Por algo usted bajó la bandera, y el taxímetro, cada triqui traca, nos computa diez centavos.
– Llame al vigilante, si quiere. Ni por usted ni por nadie voy a matar a mi caballo.
– Y si yo lo mato a usted, ¿el caballo va a llamar a las pompas fúnebres? Mejor es que le diga a su caballo que trote. Este parlamento empieza a comprometerme la paciencia.
La discusión había continuado en el mismo tono. Por fin, el cochero se resignó a rozar con el látigo a su caballo y éste a seguir trotando. Muy pronto, sin embargo, el caballo tropezó, lanzó un quejido como de humano y quedó tendido en el suelo. Con una sacudida violenta, el coche se detuvo. Todos bajaron. Rodearon al caballo.
– Ay -exclamó el cochero-. No se levanta más.
– ¿Cómo no se va a levantar? -preguntó en tono animoso el doctor. El cochero parecía no oírlo. Miraba fijamente a su caballo. Por fin, dijo:
– No, no se levanta. Está perdido. ¡Ay, mi pobre Noventa !
– Yo me voy -declaró Massantonio. Se movía continuamente y debía de estar muy próximo a un ataque de nervios.
– No moleste -le ordenó Valerga. El peluquero insistió, casi llorando.
– Pero, señor, yo tengo que irme. ¿Qué cara va a poner la señora cuando me vea llegar a la mañana? Yo me voy.
Valerga le dijo:
– Usted se queda.
– Estás perdido, mi pobre caballo, estás perdido -repetía, desconsolado, el cochero. Parecía incapaz de tomar una resolución, de hacer nada por su caballo. Lo miraba patéticamente y movía la cabeza.
– Si este hombre dice que está perdido, opino que se le dé por muerto -argumentó Antúnez, con gravedad.
– Y después ¿qué? ¿Nos vamos a babuchas del cochero? -preguntó Pegoraro.
– Esa es otra cuestión -protestó Antúnez-. Cada cosa a su tiempo. Ahora hablo del caballo apodado el Noventa . Opino que habría que despenarlo, de un balazo.
Antúnez tenía en la mano un revólver. Él miró los ojos del caballo tendido en el suelo. Por ese dolor, por esa tristeza, manifestaba su participación en la vida. Era horrible que ahí estuvieran hablando de matarlo.
– Le abono dos pesos por el cadáver -Antúnez le decía al cochero, que lo escuchaba alelado-. Se lo compro para mi viejito, el pobre es medio soñador. Tiene la ilusión de montar un día una comandita para desarmar animales muertos y venderlos al detalle: el cuero por un lado, la grasa por otro, si usted me entiende. Con el hueso y la sangre prepararíamos con el viejito un abono de primera. Usted no me creerá, pero en materia de abonos…
Valerga lo interrumpió:
– ¿Por qué van a sacrificar un caballo en buen estado de conservación? Lo mejor es ayudarlo a levantarse.
– Si no -preguntó Pegoraro-, ¿quién nos lleva en asiento y lo más orondos a destino?
– Todo es inútil -repitió el cochero-. El Noventa se muere.
Él dijo:
– Habría qué desprenderlo de las varas.
Con gran dificultad lo desprendieron. Luego empujaron hacia atrás el coche. El doctor recogió las riendas y le ordenó a él que tomara el látigo. «¡Ahora!», gritó el doctor y dio un tirón; él, con el látigo, trató de animar al caballo. El doctor empezó a impacientarse. Cada tirón de riendas era más brutal que el anterior.
– Y a vos, ¿qué te pasa? -le preguntó el doctor, mirándolo con indignación-. ¿No sabés manejar el látigo o le tenés lástima al caballo?
Los tirones habían lastimado la boca del animal. Rotas por el freno, las comisuras de la boca sangraban. Un abismo de calma inconmovible parecía reflejarse en la tristeza de los ojos. De ningún modo él usaría el látigo contra el caballo. «Si es necesario -pensó- lo usaré contra el doctor». El cochero empezó a llorar.
– Ni por sesenta pesos -gimió- conseguiré un caballo como éste.
– Vamos a ver -le preguntó Valerga-, ¿qué saca llorando? Hago lo que puedo, pero le aconsejo que no me canse.
– Yo me voy -dijo Massantonio.
Valerga se dirigió a los muchachos:
– Yo tiro de las riendas y ustedes lo levantan a pulso. Él dejó el látigo en el suelo y se dispuso a ayudar.
– Esto no es boca ni nada -comentó Valerga-. Es una masa de carne. Si tiro, la deshago.
Valerga tironeó, los demás empujaron y, entre todos, incorporaron al caballo. Lo rodearon gritando: «¡Hurra!», «¡Viva el Noventa!», «¡Viva Platense!», dándose palmadas y saltando de alegría.
Valerga le habló al cochero.
– Ve, amigo: no había qué llorar tan pronto.
– Voy a atarlo al coche -declaró Pegoraro. Maidana se interpuso.
– No seas bruto -dijo-. El pobre caballo está medio muerto. Dejálo siquiera que resuelle.
– Qué dejarlo ni qué dejarlo -protestó Antúnez, esgrimiendo el revólver-. No vamos a pasar la noche al raso.
De buen humor, Pegoraro comentó:
– A lo mejor quiere que lo atemos a él.
Empujó el coche hacia el caballo, Antúnez, con la mano libre, trató de ayudarlo: tomó las riendas y dio un tirón. El caballo volvió a caerse.
Valerga recogió el látigo que estaba en el suelo; se lo mostró a Antúnez.
– Debería cruzarte la cara con esto -le dijo-. Sos una basura. La última basura.
Le arrancó las riendas de la mano y se volvió hacia el cochero. Le habló con voz tranquila:
– Francamente, maestro, me parece que su caballo quiere reírse de nosotros. Yo le voy a sacar las mañas.
Con la mano izquierda tironeó hacia arriba y con la derecha descargó sobre el animal un terrible latigazo; después otro y otro. El caballo se quejó roncamente; estremeciéndose todo, intentó levantarse; lo consiguió a medias, tembló, se desplomó de nuevo.
– Por piedad, señor, por piedad -exclamó el cochero.
Los ojos del caballo parecían desorbitarse en un frenesí de pavor. Valerga volvió a levantar el látigo, pero él se había acercado a Antúnez y, antes de que el látigo bajara, le arrebató el revólver, apoyó el caño en el testuz del caballo y, con los ojos bien abiertos, disparó.
XLIV
Gauna, recostado en la puerta del rancho, mirando el amanecer que, más allá de la quema, surgía de la ciudad, se preguntó si eran ésos los olvidados y mágicos episodios de 1927, que ahora, después de tres años de evocación imperfecta, sigilosa, ferviente, salió a recuperar. Como en un reflejado laberinto, en el carnaval de 1930 había hallado tres hechos del otro carnaval; ¿debía llegar hasta la culminación de la aventura, hasta el origen de su oscuro fulgor, para descifrar el misterio, para descubrir su abominable sordidez?
Qué desgracia, pensó. Qué desgracia haber pasado tres años queriendo revivir esos momentos como quien trata de revivir un sueño maravilloso; en su caso, un sueño que no era un sueño sino la secreta epopeya de su vida. Y cuando pudo rescatar de la oscuridad parte de esa gloria, ¿qué vio? El incidente del violinista, el incidente del chico, el incidente del caballo. Las crueldades más abyectas. ¿Cómo el simple olvido pudo convertirlas en algo precioso y nostálgico?
¿Por qué había congeniado con los muchachos? ¿Por qué había admirado a Valerga? Pensar que para salir con esa gente dejó a Clara… Cerró los ojos, apretó los puños. Tenía que vengarse de las bajezas en que lo habían complicado. Tenía que decirle a Valerga cuánto lo despreciaba.
Miró el infinito azul del cielo. Las claridades y las nubes de la inventiva arquitectura del amanecer habían desaparecido. Empezaba la mañana. Gauna se pasó una mano por la frente. Estaba húmeda y fría. Sintió un gran cansancio. Entendió, de un modo rápido y confuso, que no debía vengarse, que no debía pelear. Quiso estar lejos. Quiso olvidarse de esa gente, como de una pesadilla. Inmediatamente regresaría junto a Clara.
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