Adolfo Casares - El Sueño de los Héroes

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El Sueño de los Héroes: краткое содержание, описание и аннотация

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Las preocupaciones y los temas característicos de los relatos de Adolfo Bioy Casares se dan cita nuevamente en EL SUEÑO DE LOS HÉROES, novela en la que lo fantástico irrumpe en la trivialidad cotidiana de una pandilla de amigos que, durante tres días el carnaval de 1927, recorren los suburbios de Buenos Aires en busca de aventuras y diversiones.

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Mientras tanto, el del sombrero en la nuca decía algo; decía:

– Pero, en fin, no sólo buen nombre ganamos por esas tierras de Dios, porque mire que en los cabarets de Francia y de la California abunda el argentino de cabeza planchada que vive de presentarle a usted cada mujer que, francamente, ni que lo tomara por ciego.

– ¿Y eso qué tiene qué ver con la otra banda? -preguntó el que estaba acodado en la mesa.

– ¿Cómo qué tiene qué ver? Si todos se llaman Julio y son uruguayos.

– Ahora va a resultar que ni para tratar con mujeres servimos los criollos -comentó el doctor; levantando la voz, ordenó-: A ver, mocito, sírvales algo a estos señores, para que nos expliquen por qué somos tan infelices. Ellos han de saber.

Los hombres pidieron guindado.

– Uruguayo, che, porque los de aquí no valen gran cosa -dijo el rubio, dirigiéndose al mozo.

– Es bebida liviana -acotó Pegoraro.

– Propia de mujeres -añadió Antúnez.

– Al señor éste lo conocemos por el Largo o el Pasaje Barolo -dijo rápidamente Maidana, señalando a Antúnez-. Mide más de un metro ochenta. ¿Ustedes creen que si lo buscan con lupa, en todo Montevideo, van a encontrar un edificio parecido al Pasaje Barolo ? Yo no sé, porque nunca estuve, ni falta me hace.

El doctor explicó a Gauna en voz baja:

– Los muchachos son como cuzcos, como cuzcos ladradores, que te preparan la caza o más bien te la echan a perder. Verás, en cualquier momento, empiezan a tirarles migas o terrones de azúcar.

No ocurrió esto. No hubo tiempo. Inesperadamente, el del sombrero en la nuca dijo:

– Buenas noches, señores. Muchas gracias.

También dijo «muchas gracias» el rubio. Los dos salieron tranquilamente. El doctor se levantó para seguirlos.

– Déjelos, doctor -intercedió Gauna-. Déjelos que se vayan. Hace un rato estaba deseando que los peleara. Ahora no.

El doctor esperó que acabara de hablar; después dio un paso en dirección a la puerta. Persuasivamente, Gauna lo tomó de un brazo. El doctor miró con odio la mano que lo tocaba.

– Por favor -dijo Gauna-. Si usted sale, doctor, los mata. El carnaval dura hasta mañana. No interrumpamos el holgorio por esos perfectos desconocidos. Yo se lo pido y no olvide que usted es mi convidado.

– Además -aventuró Antúnez, deseoso de evitar situaciones desagradables-, todo pasó entre criollos. Si hubieran sido extranjeros, no podríamos perdonar la ofensa.

– ¿Y a vos quién te ha preguntado algo? -le gritó, furioso, el doctor. Reconocido, Gauna pensó que a él Valerga lo trataba con deferencia.

XLVII

Bajaron por Osvaldo Cruz hacia Montes de Oca. El establecimiento que visitaron en 1927 era actualmente una casa de familia. Maidana dijo:

– ¿Cómo serán las señoritas que viven aquí?

– Serán como todas -contestó Antúnez.

– Con la diferencia -comentó Pegoraro.

– Yo no veo qué tiene de particular -aseguró Antúnez.

– Para divertirlas -continuó Maidana- los muchachos del barrio harán toda clase de alusiones.

Entraron en varios almacenes. El doctor parecía ofendido con Gauna. Éste lo miraba con un afecto renovado, en que había algo de filial. El resentimiento de Valerga casi lo conmovió, pero no lo preocupaba demasiado; le importaba la reconciliación, el impulso de amistad que él ahora sentía. No eran las fatigas de la confusa jornada, ni las muchas copas, lo que lo llevaba a olvidar y a preferir los enconos de la mañana; eran, sin duda, lo que sintió en el bar de la plaza Díaz Vélez, cuando el diálogo de esos desconocidos había perturbado y vejado, por así decirlo, muchas de sus más cariñosas creencias y cuando Valerga, fiel a sí mismo o a la idea que de él había tenido Gauna en los primeros tiempos, se levantó como una torre de coraje.

Por Montes de Oca buscaron algún hotel para pasar la noche. Casi entraron en el de Guimaraes y Moreyra , pero como vieron que abajo había una cochería, siguieron de largo.

– Lo mejor -opinó Valerga- será que veamos al rengo Araujo.

El rengo Araujo era el propietario, o más bien, el sereno, de un corralón de materiales de construcción de la calle Lamadrid. Los muchachos quedaron maravillados. Ladeando la cabeza, comentaban el caso increíble. Pegoraro hacía notar:

– Un hombre de Saavedra, como el doctor, ¡con una red de conocidos en los parajes más remotos y hasta en barrios considerablemente apartados, por no decir periféricos!

– Tan adherido a Saavedra como el propio parque -añadió Antúnez.

– No me parece extraordinario -aventuró Maidana-. Nosotros también somos de Saavedra y aquí nos tienen.

– No seas bárbaro, che, son otras épocas -lo reconvino Pegoraro.

– Éste -dijo Antúnez indicando a Maidana-, con el prurito de restar méritos, no respeta a nadie.

Pegoraro alcanzó al doctor, que iba adelante, con Gauna, y le preguntó:

– ¿Cómo se las arregla, doctor, para tener tantos conocidos?

– Aparcero -contestó Valerga, con una suerte de triste orgullo-, cuando todos ustedes hayan vivido lo que yo, verán que si no fueron siempre los grandes trompetas, habrán cosechado por este mundo de Dios una caterva de amigos, porque de algún modo hay que llamarlos, que en la hora de necesidad no le negarán asilo para la noche, aunque más no sea en este corralón infestado de ratas.

Mientras el doctor llamaba a la puerta, Gauna pensaba: «Si fuera otro, como castigo del destino, por haber dicho esa frase, le negaría la entrada; pero el doctor es el tipo de persona a quien eso nunca ocurre». Por cierto que no le ocurrió. Del otro lado de la tapia, Araujo se acercaba, interminablemente al parecer, rengueando y protestando. Abrió por fin la puerta y en medio de los saludos apenas insinuó un movimiento de retroceso y de alarma cuando advirtió, en la sombra, a los muchachos. El doctor se apoyó en la puerta, acaso para impedir que el amigo cerrara, y habló con voz tranquila:

– No se me asuste, don Araujo. Hoy no venimos para asaltarlo. Los caballeros, aquí, salieron a favorecer las fiestas y ¿qué me dice?, tuvieron la gentileza de pedirle a este viejo que los acompañara. Bueno, la noche se nos vino encima y yo pensé: Antes de ir a dar a un hotel, más vale acordarse del rengo.

– En lo que hizo perfectamente -declaró el rengo, ya calmado-. En lo que hizo perfectamente.

El doctor continuó:

– A nuestra edad, no hay levante, amigo Araujo. Si usted sale con gente joven, el que tiene picardía lo toma por un maestro de paseo con los alumnos; si en cambio sale con los de su edad, es cosa de ir al banco de la plaza a tomar el sol y hablar a gritos. Yo creo que no nos queda más que sentarnos a matear solos, hasta que venga el señor de las pompas.

Rengueando y tosiendo, Araujo opinó que para ellos dos el destino reservaba mejores esparcimientos y muchos años de vida. Hablaron de cómo pasarían la noche.

– Gran lujo no puedo ofrecerles -continuó el rengo-. Para el doctor, el sofá corto del escritorio. De veras me temo que no lo encuentre de su entera comodidad; pero nada mejor hay en la casa. En mis buenos tiempos lo he practicado: me echaba, de tarde en tarde, a ensayar un sueñito y al día siguiente era de ver: salía más encorvado que el viejo de la joroba. Yo malicio que los reumatismos no provienen, como pretenden algunos, de la situación poco saludable del mueble, sino de aplastarse la cabeza contra el respaldo. A los señores les daré unas bolsas limpitas. Rebúsquense algún lugar aparente y échense nomás, como si estuvieran en su casa.

Gauna estaba muy cansado. Guardó un confuso recuerdo de haber andado a tientas en la oscuridad, entre formas blancas. Muy pronto debió de echarse a dormir.

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