Adolfo Casares - El Sueño de los Héroes

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El Sueño de los Héroes: краткое содержание, описание и аннотация

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Las preocupaciones y los temas característicos de los relatos de Adolfo Bioy Casares se dan cita nuevamente en EL SUEÑO DE LOS HÉROES, novela en la que lo fantástico irrumpe en la trivialidad cotidiana de una pandilla de amigos que, durante tres días el carnaval de 1927, recorren los suburbios de Buenos Aires en busca de aventuras y diversiones.

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En seguida se halló desorientado. Detrás del lento vaivén de unas cabezas de asno y de halcón, que eran como altísimos cascos, desapareció la máscara. Gauna quiso levantarse, pero el temor de caer y de resultar ridículo entre tanto desconocido lo contuvo. Para darse coraje, bebió unos tragos.

– Voy a tomar otra mesa -declaró-. Tengo que hablar con una señorita de mi relación.

Bromeando le dijeron muchas cosas que no escuchó -que estuviera a mano cuando llegara la cuenta, que les dejara la cartera- y se rieron como si verlo incorporarse fuera un espectáculo cómico. Por un rato olvidó a la máscara. Encontrar una mesa le pareció una tarea difícil y angustiosa. Ya no podía volver con los muchachos y no había dónde sentarse. Muy desdichado, anduvo como pudo, hasta que de pronto, sin creerlo, se halló frente a una mesa vacía. Inmediatamente se dejó caer en una silla. ¿Lo estaban mirando los muchachos? No; desde ahí no los veía, así que tampoco podían verlo a él. Un mozo le preguntó algo; aunque no oyó las palabras, las adivinó y respondió muy contento:

– Champán.

Sin embargo, sus desventuras no habían concluido. No quería esa mesa para estar solo -si me ven solo, murmuró, qué vergüenza-, pero otros la ocuparían en cuanto él la dejara. Si no buscaba a la máscara, tal vez la perdería para siempre.

L

Por lo menos una de las personas que estaban esa noche en la sala del Armenonville compartió con Gauna la impresión de que un milagro ocurría. Para los dos testigos la apreciación del hecho no era, sin embargo, idéntica. Gauna había salido en su busca y cuando ya desesperaba lo había encontrado. La máscara no veía allí la simple, aunque maravillosa, repetición de un estado del alma; veía un prodigio abominable. Pero otra circunstancia, más personal, le ocultó aquel terror y se presentó ante ella como un nuevo prodigio, infinitamente vívido y feliz. En esa última noche de la gran aventura, Gauna y la muchacha son como dos actores que al representar sus partes hubieran pasado de la situación mágica de un drama a un mundo mágico.

Cuando por fin lo descubrió en su lejana mesa -con la frente apoyada entre las manos, tan desamparado, tan serio- la máscara corrió hacia Gauna. (El Rubio, en medio de una multitud de bailarines que lo empujaban, quedó solo, preguntándose si debía esperar ahí, porque le habían dicho "vuelvo en seguida".) La presencia de la máscara libró a Gauna del abatimiento en que lo habían sumido las últimas copas y las andanzas de tres días y tres noches de locura; en cuanto a ella, olvidó la prudencia, olvidó la intención de no beber y se abandonó a la felicidad de ser nuevamente maravillosa para su marido. Con estas palabras se ha dicho que la máscara era Clara.

La de esa noche y la que en 1927 lo deslumbró.

La víspera -estoy hablando del 30, se entiende- don Serafín la había visitado en sueños y le había dicho: "La tercera noche va a repetirse. Cuida de Emilio". Para Clara este anuncio fue la confirmación definitiva y sobrenatural de su terror; pero no el origen. Si todos en el barrio sabían que Gauna había ganado plata en las carreras y que había salido con el doctor y con los muchachos ¿cómo iba ella a ignorarlo? En el barrio sabían eso y sabían más: no faltó quien afirmara que Gauna era "el príncipe heredero del Brujo, estaba suscripto al boletín del Centro Espiritista y que su negro propósito en esa salida era encontrar de nuevo los disparates y las fantasías que vio, o que imaginó ver, en la tercera noche del carnaval del 27".

Por todo esto aquellos días fueron angustiosos para Clara. Luego el ánimo se le templó. Iría al Armenonville a encontrarse con Gauna. Pelearía por él. Tenía confianza en sí misma. Clara era una muchacha valerosa y, en la gente valerosa, la promesa de lucha despierta el coraje. Quedó casi libre de inquietudes; tenía un solo problema y tal vez fuera puramente un problema de conciencia, de esos que ya están resueltos cuando se plantean y que apenas consisten en resignar escrúpulos y prevenciones; el problema de Clara era encontrar quién la acompañara. Hubiera querido ir sola; pero no ignoraba que si llegaba sola al Armenonville corría el peligro de que no la dejaran entrar. Desde luego, Larsen era el acompañante indicado. Era el único a quien no hubiese recusado Gauna; era el único amigo con quien podían contar. Había que tratar de convencerlo; esto no era fácil; con el mayor empeño Clara lo intentó.

Después de cavilar una noche entera, creyó que sus probabilidades eran mejores si le hablaba de improviso, a último momento. No había, pues, que dejarse arrastrar por la impaciencia. En esos días, Larsen estaba curándose los restos de un resfrío. Clara conocía a Larsen y a sus resfríos: pensó que para la noche del lunes estaría repuesto; pero, si le daba tiempo, no dejaría de aprovechar la indisposición para negarse en el acto o, en caso de haber consentido, para recaer oportunamente.

La elocuencia y la estrategia ¿de qué valieron? Larsen movió la cabeza y explicó seria-mente el riesgo de que el catarro, por el momento confinado a un punto debajo de la garganta, se convirtiera, ante la menor provocación, en un verdadero resfrío de nariz.

Desilusionada, Clara sonrió. En la reflexión sobre caracteres como el de Larsen hay un consuelo. Son columnas en medio del cambio y de la corrupción universales; idénticos a sí mismos, fieles a su pequeño egoísmo, cuando uno los busca los encuentra.

No se dio por vencida. No podía explicarle todo: desde la calma de ese atardecer en el barrio, desde la cordura de esa conversación de viejos amigos, la explicación hubiera parecido fantástica. Larsen no manifestó demasiada curiosidad, pero era inteligente y debió comprender que Clara lo necesitaba; debió acceder. Parecería que rehusó para evitarse enojosas complicaciones. Sospecho que lo hizo para evitarse una sola complicación: ir a un lugar como el Armenonville, que lo intimidaba por desconocido y por prestigioso. Algunas personas encontrarán incomprensible esta cobardía; pero nadie debe dudar de la amistad de Larsen por Clara y por Gauna. Hay sentimientos que no precisan de actos que los confirmen y diríase que la amistad es uno de ellos.

Cuando comprendió que era inútil insistir, Clara dejó que Larsen partiera a sus tópicos y a sus fomentos, buscó una antigua libreta (tres días antes la había sacado del fondo del baúl) y llamó por teléfono al Rubio. Yo creo que para esa misión de acompañarla el Rubio era su tapado como se dice en la jerga de las carreras. Por lealtad hacia Gauna, había tratado de que Larsen la acompañara; pero Larsen tenía una desventaja; con él, a pesar de las previsibles copas, Gauna tal vez la hubiera reconocido; con el Rubio, en cambio, ya la había visto en su carácter de misteriosa máscara del 27, y al verlos de nuevo juntos no dudaría en reconocerla como la de entonces. Clara no tenía motivo para sospechar que Gauna alguna vez la hubiera identificado con aquella máscara.

LI

Debió insistir mucho para convencer al Rubio de que no la buscara antes de las once y, cuando esto ocurrió, para que la llevase directamente al Armenonville. A pesar de todo, no hay que juzgarlo con demasiada severidad. Clara lo había llamado: más de uno hubiera (hubiéramos) cometido el mismo error de creer que era para otra cosa. En una oscura y arbolada calle de Belgrano, el muchacho detuvo el automóvil, elogió a Clara, a su belleza y a su vestido de dominó y se lanzó a un último intento. Comprendió por fin que las negativas eran sinceras; procuró no parecer disgustado. Hablaron de los amigos comunes: de Julito, de Enrique, de Charlie.

– ¿Hace mucho que no los ve? -preguntó el Rubio.

– Desde 1927. ¿Sabe una cosa?

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